Confieso que (no) he vivido (mucho)

Las cavernas las inventó el maligno una tarde de abultados y sonoros ocios: se dijo que de mañana no pasaría la tormenta más dulce, o si no, que tarde o temprano tendría que llegarle a la risa del cobarde su enaltecimiento o su desposesión, que para el caso que nos atañe tampoco va a importar demasiado. Teniendo en cuenta que de la vida solo se salvan algunos tiovivos, las muñecas de azul y dos o tres linternas para poder desaparecer con ellas sin una pizca de cuidado, teniendo en cuenta eso y lo que se calla el archiduque, digo, es lícito aseverar que estamos a disposición de quien quiera venir a rematarnos. Claro que sí, besarse como si fuese, sin nosotros, a terminarse el tiempo.

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Propósitos oscuros

Después de ruborizarse se escuchaba mejor la tibia voz de Dulce Pontes. Transcurren las horas como si el pasado hubiera sido cosa de cobardes, chiquillos que se suben a las ramas sólo para romperse sin ton ni son los ojos. En cambio tú ignoras el pesar, como mínimo el pesar que sucumbe cuando todo ya ha sido olvidado o dicho por alguien que disfruta especialmente mirándote sangrar uno a uno los dedos. A ti te gustaría recordar otro poco más, entretener tus noches con otro frío menos reposado. Sin apenas quererlo nos atravesó el tiempo la garganta sin ninguna cordura, pero con suma exactitud. La muerte fue sencilla, mucho más sencilla de lo que pensábamos allí. Se los llevaban en silencio Cornellana abajo y el mundo seguía y seguía y seguía. Se iban a pudrir dios sabe adónde y tú no estabas para verlos padecer como dementes.

La fiebre oscura 2

Hurtabas tus cosas guardadas en un sótano negro y lamentable. O de aquella nada era cierto. Llevabas en tus manos la muerta mirada de los que te habían precedido en el país sin límites, en la ya destruida huerta del abuelo, incluso en la inútil dispersión de los sentidos rotos. Las catástrofes te pertenecían de súbito pero también el cáncer llegaba a ser posible junto a ti. Parecías ser el niño más triste. Mirabas a un lado de la calle y te atropellaban los coches. Pobre bastardo, hacían contigo en la era un poco de todo: fútbol sin balón y manzanas reinetas. ¡Cómo te amaban los ñuberos así!

Destrozo 327

Se veía venir, te mostrabas así porque era cruel no hacerlo. Se notaba en tus ojos, la necedad era negarlo y constantemente negabas la ofensa. Mira a esa muchacha que cada tarde cruza el mismo puente de Losorrios, mira sus cabellos, te acordarás de ella y no vendrá la nube. Claro está que no todos los días puedes aceptar lo que es conmovedor, la cara de la abuela Rolindes y la triste aventura de haberse olvidado. Se veía venir, por la carretera vieja, la otra infección, la mala, la que de veras te va a hundir con su destrozo y su martillo amable.

El sexo de los ángeles

El coño de la Bernarda se erizaba los lunes al atardecer con una grandeza digna de admiración, o eso decía el subteniente retirado Urdiales cuando acertaba a enlazar algunas palabras después de aquellos bebedizos de las once y treinta y dos. Ahora bien, lo que no acababan de comprender medianamente los recomponedores de huesos de la zona oeste de la villa era que el verdadero coño de la Bernarda gozaba de vida propia, se derretía como cualquier otro coño de la sin par y gloriosa plazuela de San Ginés, giraba sobre sí mismo y daba gusto oírle gruñir: ya vale, ya vale, ya vale, galán. Corrían rumores, sin embargo, de que no quedaría mucho tiempo para continuar con esta paparrucha, tres semanas más a lo sumo y el coño de la Bernarda sería enclaustrado para siempre en un séptimo piso sin ascensor y sin provecho.

La culpa la tiene el charlestón

Mi memoria es un coladero de olvidos y acercarse a la ventana provoca un pudor insufrible. Llueve como la última vez, aquel día de descalabros azules que apenas si recuerdas, aquel día de cinturas cortadas por el tajo selecto del deslomador de serpientes. Hoy no es cabal mi memoria tampoco, ni siquiera me acuerdo del nombre que exacerbó con desgaire nuestra mansedumbre al unísono: el rostro verdadero de la usura y la certeza de haber sido negados al azar como locos que pasan riendo por el borde más abrupto de su vida. El que ha llorado sabe por qué.

Charcos 2

Ya con la herramienta habitual en orden volvió a la faena y se topó con que Silvana rogaba tales agasajos que él mismo no se oponía a regalar y creyó oportuno trasmitir a la chiquilla un aliento diferente, un “tempo” sin el cual nadie podría asegurar que aquello no sería más que un trámite del odio y de la duda. Procedió a encaramarse a su costado. Le propinaba unas palmaditas de control apenas inflamables. La animó a serenar su ansiedad con cólicos nefríticos y bebés descabezados. La penetró en silencio. La penetró en silencio, insisto, con una amplia manoletina que dejó a la afición, inexistente a no ser que contemos a la Jennifer recuperándose con lentitud y a Mari Carmen que volvía a cogerle gusto al fisgoneo, absorta, temeraria. La poesía es una mierda, como todo lo demás, musitó sin ningún reparo el bienhechor, tras lo cual se dispuso a estimular el incidente porque bueno, ya se sabe que terminar sin terminar las preferencias es de revolucionarios y de angostos.

Charcos

Había otro cuerpo que querer al lado, otro cuerpo que hacer pasar por travesura idéntica y en ello se afanó el caballero de la sonrisa triste. Silvana Ortega continuaba muda después de entrever el estado en el que quedó su compañera, tan altiva en otros lances, uy si ella contara. Sólo soy un mero espectador de vuestra intransigencia, predicaba el caritativo entre dientes mientras su función con la señora se limitaba por el momento a escoger de la bandeja ideal de profilácticos uno con sabor a menta y a rocío y a ponérselo de pie. (Nadie quiso mirar por qué Jennifer lloraba).

El amor, bella máscara de arena

El hombre espeluznante, el que cierra los ojos para vivir a solas mejor con su contrario, también hoy fuma de su pipa. A cada paso que da le surgen preguntas como ventanas tristes, él cambia de lugar sus piernas y llueve a deshora y cerca de aquí se desperdicia el escombro indecible. El hombre de nombre escurridizo, el que apura su copa de acíbar porque ha llegado corriendo el resplandor de la noche, lava su rostro con cierto estupor. Hay líquenes azules que tardan en renunciar a su sombra igual que vencejos pero no hagas caso a su voz, se parece a la desolación por su oscuro matiz de pesadumbre, ya sabes. El hombre intranquilo, el que no recuerda haber venido a tu lado, no está.

Cabo de año

Las puertas del reposo se esconden de él igual que lagartijas. En el momento menos pensado surge la desesperación del niño que no termina de comprender el insolente dibujo de la casa. Alguien sueña muy lejos con resguardarse un día del dolor o si no de su asco. Enseñar al enfermo a dar de comer al que no sabe. Odio esas luces, repite el emigrante mientras busca en su cartera de goma el mendrugo de pan y la cajita de grillos. A ver quién es el primero en cortarle las alas sucias al tiempo, decirle palabrotas de frente y masturbarle con clemencia después de cenar. Vestir a los muertos y liberar al desnudo. A veces nos conformamos con clavar en su dedo la punta de un alfiler espantoso.

Concesiones al por mayor

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No es de extrañar que aquella conducta desinteresada en octubre no se corresponda hoy con los efectos del humo en las sillas plegables porque donde ellos exigieron un interés simple a los ciudadanos adormecidos y a oradores de segunda ahora se encuentran con víctimas de temblores y acicates mínimos cuando no vienen dadas las acelgas miserables de la cornucopia, tan complaciente ella en los fregados con Ariel, siempre con Ariel. Ayuda enormemente haberse hecho añicos, dos o tres días antes, los cojones.  Oremus, las guirnaldas.

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Hombre loco en París

 

Las llamas han caído sobre la cabeza compungida de los más temblorosos. Hasta aquí somos capaces de adentrarnos sin ser descubiertos por el vil diseccionador de preguntas. Hay cuartos repletos de aguas heladas que influyen en el carácter de los criminales y de las tribulaciones. No va a haber más remedio que juntar nuestras manos en ese pilón que se asemeja tanto a los jardines opacos cuando llega el pájaro con heridas ridículas. A veces nos golpean con cuerdas añiles, nos comen las uñas los arrendatarios del valle, nos tocan ahí. Bajo la casa, donde los tesoros son firmes condenas que no ayudan mucho al que se pasa la vida gritando, bajo la casa no se mueven los nuevos verdugos. No vale acusar.

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Inmaculada concepción

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Yo sabía y no sabía. Le miraba, admiraba su credencial más manifiesta. Me esforzaba en creer que la felicidad radicaba allí, cerca de mi mano. Aquella fastuosa envergadura. Aquella extrañeza latiendo sin querer. Se afanaba él en busca del ángulo de penetración más asequible. Tardaban las limosnas. Soy toda tuya, le animé en voz alta, abúsame, abúsame, abúsame. Mira que fue hermoso. Se escurría de mis manos y me hacía cosquillas tanto y tanto esperma. Me mojé con su silencio. Creí entonces que la vida no tenía más sentido que ser así de profanada, sin obstinación ninguna. Había sucumbido, me abrió con sus dedos sabios de par en par, me sustrajo lo innombrable. Fui dichosa.

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Ars poetica

Los políticos se empeñan en compensar nuestras necesidades más viles con las incoherencias de sus hijos pequeños. ¿O no? Da igual, jamás nos cansaremos de decirles adiós en los trenes como si se acabaran de buenas a primeras los botes de ajos, las calenturas y las fornicaciones tibias. Incluso, llegado el momento de la verdad, le facilitaríamos amablemente al salteador profesional de caminos las barras de labios para los sabios informes: los políticos no se lavan muy a menudo las ingles, ni se cosen el botón de la camisa nueva, ni siquiera se encaraman al escalón de arriba para dimensionar la preclara catástrofe. Son así de avizores, son así de cencerros.

Diversión celeste

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Con el almirez vamos a estar ocupados cuatro o cinco días a lo sumo, de nada servirá que comparezcas a deshora con la faldita deshilachada a admirar nuestros progresos. Con el almirez ya sabes cómo las gastamos, porque en un tris nos hacemos los locos o nos da por juntarnos con Eliberio y Arselín y pintamos sin condolencia ninguna el borde de los mayores boquetes. Además, qué caramba, tan crudo era el tiempo que ella se vio obligada a pasarlo por la sartén un poco para vivir más deprisa, me parece. Por último creo recordar que con el almirez y el extractor de humos apagado no te dolerá más la cabeza, ni mucho menos las rótulas. Las duchas frías son sanas.
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