Hurtabas tus cosas guardadas en un sótano negro y lamentable. O de aquella nada era cierto. Llevabas en tus manos la muerta mirada de los que te habían precedido en el país sin límites, en la ya destruida huerta del abuelo, incluso en la inútil dispersión de los sentidos rotos. Las catástrofes te pertenecían de súbito pero también el cáncer llegaba a ser posible junto a ti. Parecías ser el niño más triste. Mirabas a un lado de la calle y te atropellaban los coches. Pobre bastardo, hacían contigo en la era un poco de todo: fútbol sin balón y manzanas reinetas. ¡Cómo te amaban los ñuberos así!

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