Poema infeliz

Frente a la linterna se ha negado la palabra que apetecía borrar cuanto antes de los labios de ella, no seas tan fiero.

Además se te ven los ojos más vacíos que ayer, se han caído de tus manos el aspaviento y la inclinación de las cosas y la fuerza motriz que alteraba a los niños.

Yo no voy a seguir hablando de ello, no quiero mentir.

Poema intermitente

La tarde es agria.
Me viene a la boca un sabor despreciable
análogo a aquello que siempre da pena recordar,
la falta de destreza que el deterioro produce
al pasar las horas, como un error
acostumbrado.
No suena más Ben Webster.

La tarde es hoy distinta.
Y es infundio mi nombre, lo mismo se suceden
los instrumentos de coser la médula,
lo mismo se aventuran a apostar contra mí
y me maldicen al llegar a la puerta, ven
y nos morimos.
Nada ya en mis manos.
Si adivinas mi cara, soy el deforme que aborreces,
como el lienzo de C. que no es posible mostrar
a las visitas.
La tarde trae a cuestas su dolor y su peligro.
Aparta de aquí, villano, hijo de puta.

Poema incomprensible 2

ALGUNAS FORMAS DE PEREZA

cómo ir muriendo
hacia adelante como hacen los diluvios
y los cabellos de las muchachas
que se ansían
o por qué retroceder
y dilucidar de lo ya escrito
acariciado y adentrarse
en el patio carente de árboles ruinosos
y allí prestar el oído a la incidencia
o cuándo
en qué momento apresurar el paso
y dar pie a la repetición o al recuerdo
que se añade a nosotros
como un grito

Poema desconcertante

Y QUÉ si en soledad me digo
estar ya condenado
al vértigo y a la carne podrida.
Afuera no llueve aún,
e ignoro hasta cuándo ha de durar
este antifaz del dolor insoslayable,
este dolor que desmerece
con su despaciosa prosodia.
Alguna vez fui el encargado
de lanzar la piedra blanca a la terraza
de alguien que huía de mí.
Ahora no me impaciento
cuando cuentan que todo termina.

Poema tan tan feliz

EL QUE acecha me arroja
su aliento y es la lluvia una mancha
amarillenta a mis pies.
Sin árboles, sin pasos.
Abrazaré a quien me ofrezca
por monedas su deseo,
vomitaré en su boca
lo mismo que el entrometido.
Sin más noche que la tajadura reciente
en su muslo cortado
haré que se arrepienta de mí,
su fiel espejo que mira al otro extremo
por no volverse mío.

Poema del usurpador

DE MUCHACHOS era conveniente
tener miedo a la enfermedad
y ruborizarse por todo.
Asustaba
la insoportable tos del moribundo,
su voz en cálida penumbra
y sus hijos malditos.
Tanta congoja y tanto dolor
para enseñarnos a morir
más despacio que nadie
y sin que nadie lo sepa.
Para colmo allí se encontraban
los buenos amigos y las muchachas
que pretendían ser viles.

Un poema tralará

QUIEN VIENE a verme ahora
trae regalos
con que alegrar el corazón,
mide con parsimonia
las ruedas de mi silla
y declara lo atroz del sufrimiento.
Se contrae su rostro
como una afrenta que olvidar
uno de estos días.
Se marcha muy apesadumbrado
a buscar el oscuro límite frío de la calle.
Me hubiera apetecido retenerlo,
y ofrecerle mi dolor
a cambio de su asombro.
Pero se fue corriendo.

Poema del tarambana

SIEMPRE QUE llega le doy
sus pastillas.
Hay tardes en que parece entender
a posta su destino,
esta angustia con forma de navaja
muy próxima a su cuello.
Otras, no me reconoce.
Su voz es mi voz
y mía su gangrena,
y mías también sus teorías
acerca de la más dulce
de las muertes.
Morderé sus labios después
si no cesa la lluvia.

Poema del pastor de flores

NIÑAS, NIÑAS

Estas niñas que rompen a su paso
el sol de las aceras, apenas
despeinadas y grises, que suben
a los coches fatalmente sospechando
el ultraje dulce y frotan
sus pechos minúsculos en manos
amigas de papá, qué digo,
estas niñas que juran palabrotas
a la puerta de los cines
y luego besuquearán la lengua
nada aborrecible de Stephanie,
tan ajenas ellas a pasiones
efímeras, más tarde la noche
fragmentará su rostro, llevará
sus piernas a un pub de cuero
verde y allí el amor
se pactará como un tratado
de no mucha agresión, no me dejes
con Ben Webster, recíproca
ternura, no es mi último beso.

Poema del irresoluto

Para que el dolor te resulte
familiar y conciso
como una estratagema de tu cuerpo
que vuelve a hacerse amo,
y tan a tu costa siempre, de la noche.
Para que el deseo eternice esta pugna
y en su umbral más blanco
alguien
asomado a tu boca
se confiese amigo del delito,
antiguo confidente de tu voz
que no se sabe.
Para que obtengas tu lástima.
Recuerda
después
que estás encadenado.

Mañana volverás a desearlo

QUERIDA TIERRA MÍA, dijo, y señaló
el último fulgor que abrazaba el saúco,
selló consigo mismo un pacto
de aventura, mirar atrás y sentirse
extraviado en el puente del Ariego.
Es posible contemplar una última vez
la calle arrasada de granizo,
la bella soledad de los hermanos
que hoy todavía juegan con la Sadi.
Mañana el umbral será más polvo
que el recuerdo, desabrido umbral
de la pereza, manos atadas
al amanecer como una súplica.
Mañana volverás a desearlo.

Poema del tembloroso

De alguien que reconoce
el rito de su desesperación.
Callejas que están lejos del mundo,
vano territorio
que no se encuentra en el cuerpo maldito
ni tampoco en las palabras
rotas y extraviadas del poema.
Calles también
para no abarcar jamás la vida,
no sin antes haber sangrado mucho
en el desorden.
Como ella,
que aún no ha sido marcada por la fiebre.
Sobre esa piel se ausenta el visitante
y muy a menudo llora.