Dos poemas de “Laberintos”, de MJ Romero

 

III

Cuando no hay nada peor que los lugares comunes.
Sobrescribir los lugares sombríos ocultos por las piedras.

Lugares historia. Sombras historia. Restos de la ciudad amurallada. Ningún arpón ni espada. Sombras de manos y huellas invisibles. Hombres atravesando las murallas de la ciudad hacia el poniente. Navegar hacia otros navegantes. Poco o nada sabemos de sus mujeres.

Musgo hacia el norte.

 

Decimosexto laberinto

Dentro de nada se cerrará una puerta y dejará un portazo como eco. No está sobre los hombros, casa tejado, ni dentro del esternón refugiándose de las inclemencias y combatiéndome con el tiempo de sus habitantes y sus huecos. Casa tejado de ausencias. Casa raíz ahora bajo mis pies. Me ha trasladado el dolor hacia el pie derecho. La casa sabe que la estoy pisoteando y se duele en mi pie.

*

MJ Romero, “Laberintos”, Eolas ediciones, Col. Aura, León 2018

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Matar el tiempo en El orden olvidado de las palabras 2

 

XXVII

Es tan ocioso el espanto, se entretiene contigo y te obliga a soñar con zozobras de arena y colangitis y las manos extrañas.

Cada segundo día un frasco de azar.

No son cuerpos distintos a otros cuerpos desnudos y sin embargo una sombra extendida les despoja de la queja y les aparta del sueño.

Y el viento descubre el cobijo entrañable de aquella luz calmosa que nos salvó de la muerte.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com/2018/09/es-tan-ocioso-el-espanto.html

Matar el tiempo y Diego Medrano

 

LAS BOFETADAS DEL FRÍO / Diego Medrano

Luis Miguel Rabanal (León, 1957) es un orfebre de la palabra, su poesía completa o reunida bajo el título “Este cuento se ha acabado” (Renacimiento) generó hordas de perseguidores y fanáticos. Sus libros de relatos hablan frecuentemente de la crueldad callada femenina (“Elogio del proxeneta”, “La verdadera historia de Montserrat C.” en un duelo con el sexo opuesto siempre enriquecedor, otro, embriagante. Su tetraplejia por culpa de un accidente doméstico (mucho ha buscado el recurso legal para una muerte digna) no ha frenado una obra literaria al límite, fecunda, brillante, acostumbrada a la alucinación simple y con la luz de vela de lo confesional, ajena al pudor, casi arañazo o susto convulso. Avilés y su territorio desde hace años, tuvo su homenaje por parte de los jóvenes poetas del Club Leteo de León y es voz nueva, clásica, espectral, honda.

El libro que ahora presenta tiene aires de poemas en prosa muy a su aire, presididos por la brevedad y las luces largas de todo mundo oscuro: “Matar el tiempo” (Trea). El libro tiene un entero sabor a frío y frases como puñales, generalmente como introductorias al convite: «Me sabe la saliva a fuego y no son las cuatro», «Su cuerpo asustado y mi cuerpo asustado», «Soy quien no ha llegado aún», «Mi carne no es la carne que aguardabas», «Vas a saber quién soy yo», etc. El libro se inicia con dos aperturas significativas: «La vida transcurre en el ojo gigante del límite» (MJ Romero), «En el frío que lápida los armarios,/ el hielo que ocupa el espacio entre los huesos» (Ana Martínez Castillo). La crueldad, como a Rimbaud, rejuvenece al poeta: poesía de salir de uno mismo y no acobardarse, poesía de conflicto con el otro y no resolver el propio, monstruario donde la prisión es vida y todo se perpetúa en un extraño sudor a adolescencia. Hay versos donde el tiempo se paraliza y los relojes lloran: «A saber quién es el que me observa y descubre mis piernas cortadas con repulsión, con exagerada ternura». La piedad elidida es otra brújula.

Rabanal es un poeta sin artificios: el lenguaje es directo, no se perdona y en cada línea se la juega. Versos abismados, versos sencillos, donde muerte y frío abren camino, marcan rumbo, hay una extraña música a armonía o conciliación: «Llegan de muy lejos los pájaros». Abundan las reflexiones metaliterarias, forzar un lenguaje, llevar al extremo la lengua: «No veo las palabras, no quiero verlas porque me asusta su sinsentido, su vulgaridad o su asombro». Por último, poesía de la memoria y poesía en llamas, de la soledad y despedida, del duelo y el paso del tiempo. En los momentos cumbre, el sexo como cresta de horizonte donde la vida entera se aplaza para ser solo momento exprimido, jugo de presente: «Ven a mis labios para desaparecer conmigo./ Se pacta el secreto en esta habitación lúgubre, te besaría mucho y no encuentro el lugar para hacerlo». La carne habitada de paciencia; el frío de boca a boca ajeno a cualquier horma: «Ella entreabría su sexo con sonrojo, no fuera que las mariposas tuvieran prisa por ser desconcertadas, mientras tú proseguías con tu faena absoluta./ El amor te aferraba las rodillas y abrasaban sus senos».

*

En su columna “Libertad vigilada” de los diarios EL COMERCIO de Gijón y LA VOZ DE AVILÉS, del 19 de marzo de 2018.

 

— Cortesía de Diego Medrano.
— Cortesía de Diego Medrano.

En la revista ÁLORA, LA BIEN CERCADA

 

LUGARES COMUNES

Tiene que ser él quien nos lo diga.
Habrá pasado un año más por su memoria,
casi un tren expreso que destruye la noche,
y sin embargo es el único que logra guiarnos
por esta encrucijada sin magnolios apenas.
Déjale hablar y que transite
las ciudades fútiles del sur y que regrese si cree
en las antiguas leyendas.
A su modo es lo mismo que tú, tan obcecado
con el presente que lo desfigura, tan pertinaz
con la mansedumbre falsa de los otros que llegan
al umbral perdido y allí arrojan su bostezo.
Ahora es el tiempo de merecer,
sin más ni más, la muerte.

*

Mi contribución para la revista ÁLORA, LA BIEN CERCADA, n.º 34, diciembre de 2017/junio de 2018. Edición coordinada por Isabel Miguel Díez.

Matar el tiempo en Los diarios de Rayuela

 

Al margen del tipo de lectura crítica que de un texto literario se haga, y para no jugar con cartas marcadas, la tarea ha de abordarse siempre analizando la obra por sí misma antes de situarla en un contexto. A este entorno ya habrá tiempo de referirse si así lo considerásemos oportuno para mejorar la comprensión del libro analizado. Comprender ha de ser el segundo de los objetivos a alcanzar, pero no a través de un ejercicio de exégesis, o al menos no siempre. La obra literaria “comprendida” debe situarnos ante la intención del autor: estética, ética o bien una mezcla compensada o descompensada de ambos propósitos. Llegaríamos así a la tercera fase, la del juicio crítico, la valoración de la obra, que para quien no ejerce la crítica profesional o académicamente, como es mi caso, pero se empeña en escudriñar por escrito lo que ha leído en un libro, sólo puede significar una respuesta valorativa de asombro o placer.

En el terreno fronterizo compartido por estas sensaciones se circunscribe la lectura de Matar el tiempo, de Luis Miguel Rabanal. Setenta y cinco textos poéticos en los que el lector (este lector al menos) encuentra un estilo literario personalísimo que el escritor va desarrollando a lo largo de las páginas, de modo que todas ellas se enmarcan en un mismo ambiente (casi surreal) que una vez alcanzado sirve como fondo irrenunciable para la expresión poética pretendida. Ese, cree uno, es el primer rasgo distintivo del libro. Aquello que los formalistas rusos daban en llamar literariedad, y que puede adoptar distintas formas, aquí tiene el aspecto de una libertad formal que desborda costuras métricas o estróficas y que huye en todo momento del significado denotativo del discurso, pero no a través de figuras poéticas compartimentadas (ahora una metáfora, más allá una aliteración, aquí una sinécdoque), sino de la libérrima asociación de palabras aun en contextos sintácticos usuales. Como si el poeta, y aquí me atrevo a la conjetura, trabajase los textos desde la idea o el impulso inicial que los genera, empleando para ello moldes estereotipados, pero con contenidos que se encajan a golpe de evocación, por recuerdo o añoranza, de proximidad, dado que lo que está cerca adquiere, no pocas veces, un protagonismo pertinente en lo que se escribe, y de sentido, el que, como una veta, recorre finalmente el texto y se desvela, a veces, en la coda final que, a modo casi de aforismo, cierra muchas composiciones: “Por doquier palabras.”; “Exacta culpa de la infancia.”; “Vete tú a saber si todo no es hoy execrable.”; “Llegan de muy lejos los pájaros.”; “La casa huye del silencio.”; “Tanta amargura no ha de ser buena, tanta amargura que apetece escupir.”; “Toda la casa huye de mí.”; “Te llamas Casimuerte, y tú lo sabes tan bien”; “Matar el tiempo matar el tiempo matar el tiempo.”; “Olleir no existe, te dijeron algunos.”; “Vivir, mera anécdota de los usurpadores.” Tal manera de afrontar la creación literaria genera ese “asombro” al que aludía. Dejamos de percibir la exacta definición de lo nombrado al desencorsetarse la relación de las palabras a través de asociaciones inesperadas, deslumbrantes: “Muchachos atrevidos que beben luciérnagas en copas de menta, es el hielo de cuando pasan descalzos”. Ese asombro pudiera generar rechazo en el lector partidario de la empatía significativa, pero ofrece un perverso placer a quien se adentra en este libro, o en otros libros o creaciones artísticas no ceñidos a interpretaciones unívocas, con la intención de que la empatía se establezca en lo emocional, en lo sensitivo. Alguna vez dijo Luis Miguel Rabanal acerca de cómo han de leerse sus textos que “el buen lector, que lea, que es lo suyo. Y que se deje llevar y a ver qué pasa”. Esa debe ser la actitud.

No quisiera que esta alusión mía al deslumbramiento en Matar el tiempo diese lugar a malentendidos. Aquí —y es algo que se olvida a menudo por quien reseña textos poéticos o redacta catálogos de exposiciones de arte— no se trata de redactar un texto literario que de algún modo se ponga en un plano paralelo al de la obra a que alude. Quisiera ser preciso. La crítica analiza, comprende en la medida de lo posible, intenta explicar cómo se abordó el acercamiento a lo aludido y, en última instancia, valora la experiencia creativa experimentada. Por eso, cuando hablo de deslumbramiento me refiero a la capacidad del texto para poner luz sobre realidades paralelas o inesperadas, pero no aludo al carácter luminoso de un texto que es sobre todo sombrío por el amargo tratamiento con que relata la condición mortal y las limitaciones humanas, abordadas desde una región de renuncias al “saberse (el poeta) desahuciado como cualquier huido en el interminable fondo del bosque”. Como cualquier de nosotros, por tanto, es la escala correspondiente de edad o enfermedad que transitemos.

Sirva el poema LXXII como ejemplo de esta posibilidad de identificación con lo leído (independientemente de las circunstancias que distancien a poeta y lector). Parece aludirse en él a un encuentro al atardecer entre un hijo que se supone ya maduro y un padre que se adivina viejo, quizás enfermo, y por tanto cada vez más mortal. Contingencia ésta —“la hora de estremecerse”— que ambos saben y asumen en silencio mientras llega la noche, como al poema de Quasimodo — “Ed è subito será”—:

“Llega de súbito la noche y nos sorprende apenas su tibia, su bronca sinrazón con palabras no dichas”.

Y uno, lector que se deja llevar, piensa en todo lo que un padre y un hijo nunca se llegan a decir, en la resignación hacia ese pudor de palabras que luego pesa tanto. Con ese texto íntegro y con otros muchos extractados, se pueden ir trazando a lo largo de Matar el tiempo nuestras propias afinidades. En eso consiste el estremecimiento que nos regala la poesía, en descubrir en el hallazgo del otro, la sensación propia. Pero cabe también —no tengo cuerpo de talibán estructuralista— la contextualización del texto: a qué debe tanta tristeza, por qué esos sarcasmos, dónde está Olleir o si Musina maúlla sobre un teclado de ordenador a la orilla del poeta. Información valiosa que sin duda ayudará a una más exhaustiva comprensión de lo leído. Por así decir, a una interpretación a lo ancho. Pero para una interpretación honda, deténgase el lector una y otra vez en la sorpresa de aquellos pasajes a los que no es capaz de otorgarles mayor comprensión cabal que la que ofrece la belleza sobrecogida de una verdad íntima, compartida y expresada con lenguaje propio, y por tanto único.

José Carlos Díaz

 

*

Gracias, José Carlos. https://diariosderayuela.blogspot.com.es/2018/05/matar-el-tiempo-de-luis-miguel-rabanal.html

Matar el tiempo en El Cultural

 

Desolado y brutal, Luis Miguel Rabanal (1957) desnuda en Matar el tiempo (Trea) tanta tristeza que resulta difícil no leer sus poemas con estremecimiento. No hay concesiones en unos versos desolados que hablan de la imposibilidad de consumar el amor y de casi existir, de días idénticos embarrados de pesar y abandono (“a cada palabra que abriga le sucede una más ruin”).

 

En la pág. 15 de El Cultural del viernes 18 de mayo de 2018.

 

— Imagen cortesía de Álvaro Valverde
— Imagen cortesía de Álvaro Valverde

“Poemas de la bancarrota y otros poemas”, de Javier Gil Martín

 

LOS POEMAS DE LA MORGUE

I

Dedicado a lo que no se ve y será,
a las semillas o las palomitas,
caminé entre arados los días todos de mi vida.
Seminal en la tierra, quise llegar al cielo
de un salto.

Dando al hombre material de cosecha,
yo creía hacer crecer lo que estaba matando
y he venido a parar aquí,
aplastada la cara contra el suelo.

 

II

El mito de la mujer esperando
incansablemente,
sintiendo la espera como algo más que un ritual de la vida,
como la vida misma,
tiene poco que ver con roles asumidos
y sí con la naturaleza intrínseca del hombre.

El hombre hilando, tejiendo incansablemente,
acumulando puntadas,
metros de hilo y horas,
haciendo un inmenso tapiz
definiría perfectamente mi labor.

Durante años y años me dediqué
a la espera y la contemplación.
Mi afición era camuflarme,
ladrillo en la ciudad,
matorral en la selva,
para poder esperar pacientemente,
incansablemente.

Nunca supe bien qué esperaba,
de quién, cuándo, cómo, por qué,
por quién seguir siempre en mi sitio.

Solo podía esperar.

Nunca supe cuándo, cómo, por qué
aparecí de pronto en esta morgue.

A todos, hasta a los muy pacientes,
nos llega la hora,
pero los ladrillos, los matorrales
y los tapices, de alguna manera,
nunca mueren

 

III

…un cisne muerto por la gripe aviar entre
las aguas heladas del río Drava, en Maribor.
Leído en prensa

Mala temporada, ha muerto un cisne,
se ha suicidado un cisne en Maribor.
Cogí la gripe como quien coge un arma
y ya no tuve miedo de la muerte
aviar. Han puesto sus almas en manos
de doctores de la iglesia, ¡que Dios
nos coja confesados!, y se han dejado ir
miles de aves
por todo el mundo.

*

Javier Gil Martín, “Poemas de la bancarrota y otros poemas”, Ediciones Espacio Hudson, Chubut, Argentina 2018. Prólogo de Carlos Piera.

Matar el tiempo y Carlos Alcorta

 

LEALTAD AL PODER DE LA ESCRITURA

De Luis Miguel Rabanal podemos decir cualquier cosa menos que mate el tiempo, si entendemos esta frase hecha en su sentido original, que no es otro que el de estar aburrido, estar sin hacer nada (es también el título de una película dirigida por Antonio Hernández en 2015, pero eso ahora resulta anecdótico). Evidentemente, Rabanal no escribe porque le invada el hastío o para mitigar el “dolce far niente” sino por necesidad, una necesidad (Ted Hughes dice —en traducción de Jordi Doce— al respecto que «Muchos escritores escriben abundantemente, pero muy pocos escriben más que una mínima cantidad de artículo genuino») que le impele a escudriñar desde todos los ángulos posibles una realidad hostil, dolorosa y arbitraria. Los últimos años han sido especialmente prolíficos en la trayectoria de Luis Miguel Rabanal. En 2015 publicó “Este cuento se ha acabado. Poesía reunida. 2014-1977”, un volumen de más de 700 páginas; en 2016 el libro de relatos “La verdadera historia de Montserrat C. y otros relatos no menos imposibles” y el pasado año “Los poemas de Horacio E. Cluck”. Recién iniciado 2018 nos ofrece este “Matar el tiempo”, un extenso libro de poemas en prosa que cifra en el dolor y el quebranto físico su argumento: «Se hace imprescindible otro cuerpo que responda a la desventura con idioma importante, vas a venir y estarás ocupado, vas a serle fiel y averiguarás sin ceder la calumnia», escribe al comienzo del poema XLVI. No es este un libro amable ni condescendiente. Las difíciles circunstancias vitales del autor quedan de manifiesto en versos crudelísimos, como estos: «Si por lo menos yo fuera yo y no ese muñeco vil que ronda por la casa como energúmeno, con daga y caldero para el vómito […] Con sangre en la comisura de la boca y el valor como si quisiera ser destartalado». Como vemos, aunque la biografía sea la fuente principal que alimenta los poemas, no estamos ante una poesía confesional al uso, porque los elementos irracionales y un grado variable de hermetismo, siempre presentes en la poesía de Luis Miguel Rabanal, se encargan de levantar el vuelo y mostrar desde una perspectiva ennoblecida una cotidianidad que se sabe inhospitalaria. El día a día es una especie de pista americana de entrenamiento. A medida que se suceden las horas se van minando las fuerzas, se va aplacando el deseo de mantenerse activo, de ahí que el autor leonés radicado en Avilés ensaye en la escritura la forma no ya de matar el tiempo, sino de darle vida imaginando ser quien pudo ser. Muchos son los versos que hablan de esta insatisfacción existencial. Son como una corriente subterránea que recorre todo el libro. Veamos algunos: «Soy el que no ha llegado aún. // Soy el que nadie esperaba que llegase, el que confía en el idiota misterio, siquiera el de saberse desahuciado como cualquier huido en el interminable fondo del bosque» (II); «Yo soy otro yo, y si lo deseas escribe en este poema con más delectación que de costumbre» (LVIII); «Si yo fuera otro» (LXXI). El autor esta confabulado contra sí mismo, contra el cuerpo en el que habita, un cuerpo imposibilitado al que debe sumisión, un «cuerpo atado al cuerpo que ya no le sostiene, [un] cuerpo que se rompe en la saturación y en lo absoluto». Solo la rememoración del pasado mitiga, aunque sea de forma temporal, la angustia. La memoria actúa en estos poemas como un bálsamo. No cura heridas, pero tonifica la mente. La visión retrospectiva concede una tregua y la escritura pasa de ser autodestructiva a cultivar cierta resignación, eso sí, no siempre benéfica: «También yo supe un día que el amor se escribe con humedad en el borde deplorable de las ingles y que el amor se aborda con el tiempo y lo cercenamos deprisa con manos invisibles de cabrón». “Matar el tiempo” es el libro de un poeta que lucha contra el deterioro y contra la degeneración física. Luis Miguel Rabanal demuestra una lealtad sin fisuras al poder, si no sanador, sí aliviador, de la escritura. El esfuerzo por mantenerse a flote, por encontrar en ella una razón para vivir es absolutamente admirable. Al comienzo de estas líneas hablaba de la escritura como necesidad, pero la necesidad muchas veces está reñida con la calidad. No es este el caso. Rabanal ha moldeado a lo largo de su obra una voz inconfundible, con un timo propio que logra mantener un excelente equilibrio entre las pausas estróficas y las métricas. Así crea graduaciones de expectación, aunque estos, generalmente, desemboquen en la desesperanza, porque de lo que se trata, en su caso, es de «verbalizar el caos y conciliar sus arrugas con la viva aspereza del amor haciéndose». En “Matar el tiempo” no hay lugar para la tibieza, es un libro desgarrado y despiadado que uno lee con un nudo en la garganta.

 

Reseña publicada en el suplemento cultural SOTILEZA de EL DIARIO MONTAÑÉS, el viernes 20 de abril de 2018
También aquí: https://carlosalcorta.wordpress.com/2018/04/23/luis-miguel-rabanal-matar-el-tiempo/
Gracias, Carlos.

*

Matar el tiempo. Ediciones Trea. Poesía. Gijón 2018

Matar el tiempo en Cuadernos del Sur

 

José Antonio Sáez / CONJURAR AL TIEMPO

El poeta y narrador Luis Miguel Rabanal (Riello, 1957), que recogió toda su poesía publicada hasta el 2014 en el volumen Este cuento se ha acabado. Poesía reunida 2014-1977 (Renacimiento, 2015), ha publicado el excelente poemario Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga y Fierro, 2017) y ahora Matar el tiempo, libro en que predomina el uso del poema en prosa, subgénero poético afecto al poeta. En Matar el tiempo las palabras parecen haberse desprendido de la inteligencia por que fueron engendradas y que les dio sentido, y haber tomado forma y significado autónomos. Son voces que navegan y naufragan por la superficie de las aguas de un río que busca afanosamente el mar. No se escuchan porque constituyen un susurro o un balbuceo, más bien se abandonan a la corriente que las transporta convocándolas a su propia seducción. No se hunden en ella, sino que flotan como barquitos de papel o cañas abandonadas a la inercia del desamparo por el que se columpia en la superficie de las olas con los ojos desmesuradamente abiertos. La travesía no es tal, sino la Vía Dolorosa por donde el escarnecido cae por enésima vez, en el límite de la realidad y la verdad que la envuelven. Así pues, el poeta deja ir las palabras como fragmentos desgajados de sí mismo en un estado semejante al de la languidez que sigue al silencio, con la suavidad de un tejido que rozase la piel del recién nacido o del que está a punto de emprender el camino y va desprendiéndose de todo lo que no es esencial: el espacio mental en que se sobrevive o se concentran los recursos de subsistencia. Puede que las palabras floten en la superficie de las olas, que se dejen caer con displicencia o que regresen en la bajamar a posarse como brazos, labios o cuerpos extendidos sobre la arena de una playa que no tiene nombre. Puede, en fin, tratarse de un discurso poético fragmentado y fragmentario que golpea fuertemente al lector, provocando inusitadas y sugerentes experiencias. Se dan también aquí las constantes de su poesía: la infancia y el paisaje del paraíso perdido de Riello, el amor y el erotismo, el dolor y la muerte, el compromiso moral, la memoria y la provocación. Cierto que no matamos el tiempo, sino que es el tiempo el que nos mata en su fluir, pues tiempo finito y medido somos. Por los textos de Matar el tiempo discurre con amplia libertad el flujo de conciencia. No se trata de textos fáciles, pues responden a íntimas y profundas motivaciones para cuyas imágenes el lector no siempre encontrará una interpretación concreta. Sin embargo, lo expresado en este discurso nos golpea brutalmente con su fractura emocional, provocando a nuestra intuición, tornando la lectura viva y vibrante.

‘Matar el tiempo’. Autor: Luis Miguel Rabanal. Editorial: Trea. Gijón, 2018.

DIARIO CÓRDOBA, en el suplemento CUADERNOS DEL SUR, sábado 7 de abril de 2018
También aquí: http://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/conjurar-tiempo_1216961.html

 

Matar el tiempo y Rafael Saravia

 

En estos días de aguacero, sol ingenuo y nevadas insólitas; en estos días de reposo y resaca espiritual y farandulera; En estos días de soledad, de amor transoceánico, de primavera tardía y con las ganas todavía ateridas por la helada; En estos días, digo, se me hace cuesta arriba comprender un poquito lo importante del mundo.

Se nos acaba el delirio del amor perdurable, como uno de los pocos anclajes que le quedaba a la ilusión, al saber que Socorro y Sinesio ya no están juntos. Que fue la muerte quien cercenó el amor, y no el tiempo. Ella se ha ido con 97 años, acá queda él con 80 años de amor como reducto de lo más y mejor atesorable que el ser humano puede guardarse para sí.

Porque al fin y al cabo poco de lo que construimos en nuestra singladura vital puede cobrar más interés que el hecho de acumular felicidad a tragos cortos y durante toda la vida al lado de quien uno ama. El resto es eso, matar el tiempo, alimentar el ego, jugar a otra cosa que no es realmente la vida.

Hoy, en un alarde muy alejado de este propósito, recuerdo el recién publicado libro de poemas de Luis Miguel Rabanal. Un libro que no suplica pero persuade. Que es camino pero ya con la visión final, con el cansancio y la plenitud que otorga ese estar llegando. Hay tanta verdad en él, hay tanta atroz verdad en su escritura, que recomiendo con verdadera seriedad asumir el dolor y su antídoto en este Matar el tiempo (Trea, 2018). Porque Luis Miguel Rabanal —a quien la vergüenza institucional acudirá cuando sea tarde, pues todavía no se le ha concedido un más que merecido Premio Nacional de Poesía por su aportación vital a este género que suda afanes y pocos destellos mercantiles— sabe del amor y sus llagas. Nos convence, sin necesidad de impostura, del valor de la carne, lo carnal, el deseo y su agostado fermento. Nos santigua con la desesperanza que el tiempo otorga pero con el fulgor de la vida en su instante único, en la chispa viva de la infancia, en el recuerdo que amasamos como único asidero de la emoción.

Matar el tiempo a golpe de «Cuerpos que se tocan y se ignoran», a golpe de «vas a saber quién soy yo», a golpe de «Tienes que ser bastante menos estúpido». Matar el tiempo con el maltrato asumido y la condición de reo vital. Así se puede reconducir la vida cuando la lluvia sólo salva de la visión borrosa los cristales del cuarto de atrás… a veces demasiado atrás.

Dice Luismi: «La luz que no ha vuelto desde el día tristísimo./ La luz que no entiende de los anómalos cuerpos./ No sabría pronunciar las palabras cuyo significado apaciguase la zozobra insustituible de los otros./ Matar el tiempo matar el tiempo matar el tiempo». Y yo en ese momento entiendo cuan profundo es el valor de mi vida, qué construye y con quienes hay posibilidad de restitución. Me doy cuenta qué frágil es casi todo lo importante, incluido el tiempo y sus costumbres depredadoras. Entiendo que matar el tiempo es realmente un insulto a nuestra mortandad. Pero así somos.

Rafael Saravia

 

DIARIO DE LEÓN, en su columna MINORÍAS ABSOLUTAS, 4 de abril de 2018
También aquí: http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/matar-tiempo_1239091.html

 

— Cortesía de Rafael Saravia
— Cortesía de Rafael Saravia

Matar el tiempo en Apología de la luz

 

XXXIX

En el principio era la herida y su máscara horrenda, era la luz que no se acababa de hacer jamás, eras tú quien me miraba con bastante pesadumbre ver pasar a los niños y a sus madres hermosas.

Más tarde llegó la burla de la muerte, quiero decir su malogrado descaro, no estar aquí.

En el principio era el consuelo o era el desconsuelo.

Y otra vez, rebosante, la bolsa de orina.

 

XXVIII

Alguien se refiere a algo que fue a ocurrir en aquel preciso instante.

Alguien conserva detenidamente el gesto de quien tuvo que partir a la mitad su cuerpo, y no obstante ser dócil, y amar sin extrañeza lo que no podría de ningún modo amarse.

Soy yo ese testigo.

 

*

Si te apetece leer más: https://apologadelaluz-jorgeespina.blogspot.com.es/2018/03/luis-miguel-rabanal-matar-el-tiempo.html
Gracias, Jorge.

Matar el tiempo en Filandón

 

José Enrique Martínez / El malestar ha vuelto a cebarse en mi carne

La constancia caracteriza a Luis Miguel Rabanal. Año tras año nos va entregando su poemas en libros que forman ya un corpus considerable. El nuevo se titula Matar el tiempo, setenta y cinco poemas breves y escuetos, en versículos. En contracubierta se nos dice que en el poemario cohabitan gozo y dolor, el cuerpo y su imposibilidad, la redención por la infancia, el deseo, el erotismo y la insumisión existencial. Es algo que se va palpando a medida que avanza la lectura y se nos va imprimiendo una palabra dolorida, apesadumbrada, en un ámbito imaginativo en el que cobran presencia el tiempo, el retorno, el frío, el cuerpo… Pero no es algo explícito. Si hay un relato en el origen de los poemas, se inhibe en favor de la abstracción o de la esencia, con un fraseo cuyos significados huyen de lo concreto, al igual que las figuraciones líricas, que parecen provenir del calor o la fiebre de la imaginación. Al oscurecer sus referencias, el poema cobra un cierto sentido críptico o enigmático. El lector tiene la opción de dejarse arrastrar por el flujo verbal y sus consecuentes intuiciones o, a la vez, indagar en la complejidad del pequeño universo del poema. En el primer poema, por ejemplo, se unen dulzura y dolor y se habla de «alguien te conmueve», de «el ausente» y de «el que regresa», que tal vez sea, en el desvanecimiento de lo palmario o concreto, el propio yo. La pregunta que le surge al lector no se refiere solo al sujeto, sino al espacio y al tiempo de ese regreso. Y lo mismo podríamos decir del poema siguiente, que comienza: «Soy quien no ha llegado aún», que puede suscitar diferentes interrogantes. Por otro lado, conviene advertir que además del yo hay otra presencia, que manifiestan versos como este: «Nada puede ser si tú previamente no lo invocas»; es un tú que tiene que ver con la casa, tan recurrente, el amor, el deseo, los cuidados del «cuerpo gimiente»…

Hace pocas fechas, Rafael Morales publicó, con un buen prólogo de Antonio Gamoneda, una corpulenta antología que tituló Poéticas del malestar; a los veinticinco poetas del volumen los caracteriza el antólogo por la expresión del desasosiego existencial en una escritura antirrealista y fragmentada. En ella podría figurar de modo pertinente Luis Miguel Rabanal, el poeta del inolvidable y salvador Olleir que escribe: «Tanta amargura no ha de ser buena, tanta amargura que apetece escupir» y «El malestar ha vuelto a cebarse en mi carne».

Matar el tiempo, Ediciones Trea, Gijón 2018. 96 págs.

 

DIARIO DE LEÓN, en el suplemento FILANDÓN, domingo 1 de abril de 2018.
También aquí: http://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/malestar-ha-vuelto-cebarse-carne_1238322.html

— Cortesía de Álvaro Díaz Huici
— Cortesía de Álvaro Díaz Huici

Matar el tiempo en El orden olvidado de las palabras

 

XLIII

Contemplar así el paso de la noche a la última ternura sería ineludible para tener que morir, pero morir con ella.

Ellos, por el contrario, todavía hoy adivinan qué es la lujuria sin nada.

Merece gratitud quien nos enseña a tragar el brebaje que abrasa, esa mezcla incalculable de hastío y enfermedad, de regaliz y de lluvia.

Ni se te ocurra volver.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2018/03/contemplar-asi-el-paso-de-la-noche.html

 

Un poema de “Manual para suicidas”, de Salvador Negro

 

Eres el argumento de quien ya te ha olvidado
y te recuerda a su pesar, la borrosa criatura que veneran
los que no saben del suplicio.
Es esta tu mecánica: respirar muy despacio el dolor
hasta que el pensamiento cuaje en una sombra
que puedas atrapar con el silencio,
—luego te sobresalta un nombre y todo está perdido,
crece la escarcha hasta borrar de nuevo de tus ojos
el indicio de la serenidad,
la cima cálida del frío—,
amar sin que note la distancia que corrige los besos,
proferir melodías para que el tiempo adorne
su paso tan absurdo, no poner condiciones al dolor
innecesario que por algún motivo
no se va nunca en demasía.

*

Salvador Negro, “Manual para suicidas”, Monográfico de la revista ABRIL, núm. 54, Luxemburgo 2017. Frontispicio de Antonio Gamoneda.