Un poema de Gonzalo Rojas

MONÓLOGO DEL FANÁTICO

Por mis venas discurre la sangre presurosa del animal inútil
que come cuatro veces al día como un puerco,
que me tutea y me deprime
con su palabra ufana,
testimonio evidente de esta parte de mí
que se muere al nacer, como una nube;
lo blando, lo confuso, lo que siempre está afuera
del peligro, el adorno y el encanto.

No beberé. No comeré otra carne
que la luz del peligro.
No morderé otra boca que la boca del fuego.
No saldré de mi cuerpo sino para morirme.

Ya no respiraré para otra cosa
que para estar despierto noche y día.

*

Gonzalo Rojas, “Oscuro”, Monte Ávila Editores, Col. Altazor, Caracas 1977

Que llueva siempre en El orden olvidado de las palabras 3

 

MALDITA MALA SUERTE

Deja que la noche te abrase la memoria
una y otra vez y te encuentre muy despierto la voz
que nunca más has escuchado.
Figúrate que cumples los mismos años hoy
que ayer colmabas,
y que es tu fotografía la imagen que te restituyen
las olas turbulentas del espejo.

No creas lo que a menudo refieren
de ti los ebrios amigos,
ni finjas excesiva alarma en tu desesperación.
A veces es preferible dejarse de bobadas
y contarse a uno mismo las cosas tal y como fueron.
Las llamas horrendas de Losorrios, aquella niña rubia
de corazón tan descortés
y la frágil servidumbre de lo oculto.

Cosas inocentes que ahora semejan la bondad
del pordiosero cuando cae, rendido ya, ante tu puerta.
Sobre tu lecho el terror o su sombra engañosa
y malévola se sacian nuevamente
y de verdad que estás jodido.

Lástima de no haber quedado allí de aquella,
cuando llegaron los muchachos
a orinar en tus sábanas,
a disgustarse contigo porque la noche
carecía aún de lujuria, aún de calor, aún de desprecio.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com/2021/01/maldita-mala-suerte.html

Que llueva siempre en la voz de Ángela Serna 2

 

 

 

ARGUMENTO DEL POEMA

El hombre se encuentra sentado frente al abismo
y escribe en su cuaderno palabras de deslealtad,
palabras que le confesarán la vida.
Tose cada poco y de su mano, temblorosa
y una noche lasciva, nacen gestos
vejatorios y frases encantadas, quejas del pasado
vendidas a un postor hermoso, líneas que congregan
almizcle y rosales, el amor y las cinturas
de mujeres irremisiblemente extraviadas.
El hombre establece que el poema es su reflejo
más fiel, el laberinto que ha de transitar
de puntillas, a solas con la efigie que confunde.
Pero no es verdad, un poema es lo desarropado
del que sueña con celebrar el día de su muerte
sin vestirla y se abraza al caos de la noche
y ama desde entonces a su antojo
la posibilidad, la necedad, el bruto y triste signo
de su escritura que es tormento porque sí.
Hay un hombre también que calcina sus manos
en el mismo poema que duplica de aquel otro.
Es tarde y se cierra el cuaderno que no sirve
sino para alumbrar radicalmente las huellas
que huyen, los ojos agrandados y tenues,
el deseo iracundo de los hijos o la ternura
casual que dictan sus palabras.
El poema, no se sabe por quién, comienza
a ser escrito: no volver jamás, no tener
que recordarlo en mi corazón
que es un demente.

 

Que llueva siempre en Zendalibros

 

 

RECUENTO DE MORDAZAS

Los labios partidos por alguien que aspiraba
a ser urgentemente campeón de esgrima,
la sangre preciosa de las mujeres cuando erraban
su camino y de tanto sollozar las presuponíamos sucias.
Las palabras sensatas de quien más te quería
y con bastante aprensión te golpeaba lo imprescindible
solo, tú qué sabes de aquel desbarajuste,
atontado.

Las veces que perdimos el tiempo arañando proyectos
descabellados y posibles, subir a la luna en un cerrar
de ojos y allí quedarnos tan campantes, invadir países
con muy poco esfuerzo, aprobarlas todas.

En ocasiones se encuentra la realidad sobre una mesa
soñando que se sueña no sin cierta argumentación,
los párpados abiertos y ardiendo las axilas, muchachos
de vuelta de la fiesta inenarrable de Oterico,
y tú, como si nada, atento únicamente a tus visiones.

Los miembros del cuerpo postergados a servir de estorbo
si un día nos llegase el temblor de guarecer
dentro de su boca gusanos.
El amor, ese tormento que no viene más.
Las enormes azadas con que escarban el suelo
cerca de nuestra casa cada invierno y, de noche,
se escuchan linternas, o son niñas de vientre hendido
por un grandioso rayo escarlata.

Las grietas profundas de las cosas, si acaso.

*

Si te apetece seguir leyendo: https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-luis-miguel-rabanal/

Que llueva siempre en El Imparcial

MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ / Luis Miguel Rabanal, lluvia y verdad

Hay poetas originales que se dan reglas para ser totalmente libres mientras el día declina. Luis Miguel Rabanal es uno de ellos. Poeta que cabalga todas las noches con gran estrépito y con el caballo de la imaginación nada reventado acierta en cada libro luchando con varios misterios. Es la suya una poesía como un mundo donde el escritor construye para la eternidad. Es un murmullo ordenado que consigue emocionarnos. Nuestro Roberto Juarroz. Nuestro Paul Celan. Nuestro Derek Walcott que habla de lo demoledor inundado de sol y con reflejos de nieve. Eso es lo que encontraremos al abrir Que llueva siempre (Huerga y Fierro). La lluvia puede hacernos volver a sentirnos enamorados de la vida, enamorados de la vida entera, limpiarnos para así contemplar los cambios, las transformaciones, la expansión que se ha creado, o bien producirnos un miedo grande, una oscuridad en el interior del subconsciente.

Paisajes que no son triviales. Tiene más cosas que decir que nadie. Conflicto entre lo anímico y lo físico, el amor importante que proporciona alegría. Aventuras pasadas. Lo desconocido. La desgracia quiere darles la espalda a las ideas. Elegía y días de felicidad sin agua turbia que aún protestan angustiados, ansiosos, heroicos, hay aquí a espuertas, pero de una forma noble y clásica. Ciertos períodos de lágrimas también se cuelan por los versos del autor de Riello. Cincuenta y un poemas completamente despiertos, pero sueñan. El niño se aleja de los sueños ordinarios un poco desilusionados. Asociaciones sensoriales como pájaros cantando como siempre. “Despojos de la vida alegre” titula la primera de las tres secciones del libro de casi una quincena de poemas cada una. El primero, “Un hombre que dice adiós” es el que más nos conmueve, es un poema río, con un lirismo como potente corriente de agua: “Si quisiésemos podríamos golpearlo sin dolor, / con solo hacer burla de sus piernas que no existen / tampoco o con susurrarle al oído un nombre de niño / sofocado, y ya estaría en nuestro poder su vida”.

Cada obra de Rabanal es una obra mayor y no desmerece. Al frente del abismo se tiene cierta clara de lo que se ha dicho. Que llueva siempre, con la mirada fija en la madurez, nos da la información a voz en grito. “Lluvia, por favor”. Me recuerda a las puertas de las que nos habla Elías Canetti en El corazón secreto del reloj puesto que “quien se ha abierto demasiado pronto a la experiencia de la muerte jamás podrá cerrarle otra vez sus puertas: una herida que acaba siendo una especie de pulmón a través del cual se respira”. Lo que pasa a diario ocupa un lugar significativo en sus versos que profundizan por medio de la reflexión. Les dedicamos toda la atención a sombras que proporcionan una curiosa compañía. En el volumen hay mucho de diario maravilloso con descripciones de personas aparentemente reales, como en “Recuerdos de Anita”: “Bebimos el aire / nauseabundo del desamor, como si fuera mentira vivir / de espaldas a la realidad brutal de los periódicos”. En la misma línea se inscribe “El sexo de Angelines”, tan nerudiano: “Yo la amaba y ella también me amaba, / bien es verdad que a duras penas los lunes y los jueves”.

Aparece lo viejo que vuelve a ser nuevo y nos trae la identificación del Yo. Las despedidas discuten furiosamente con el autor que sobrevive. “No comprendes que el final, el verdadero / final, es un pasaje arrancado de tus ojos, / un niño que te mira y se parece a tu niño, un barco / que en la Ría cumple con su oficio de perseverar / en lo grotesco de la noche”. Como toda poesía de sentimientos reales y sinceros, la de Luis Miguel Rabanal gira en torno a retratos de personas donde parpadea el recuerdo de otras vidas. “A nadie le convence su rostro estropeado / por las brumas agoreras del último invierno” comienza el libro que nos habla de paraísos de los que fuimos expulsados en un tiempo desacelerado. Donde hubo el crecimiento de la semilla de la felicidad hay ahora duras piedras como leemos en “Para conmover al hijo que regresa” con su fraseo que nos hace preguntarnos a los lectores cómo terminaremos.

Pocos poetas que sigan el rumor de la tradición como Rabanal, pocos también dispuestos a defender el último reducto del lirismo. De poemas como “Mirlos y gigantes” (nos habla de los amores flotantes al decir “Feliz quien ha llegado a conocer la verdadera causa / de lo que sucede en este instante de melancolía. / Acaso los nombres garabateados en la corteza del chopo”), se pasa a otros como “Aléjate del fuego” lleno de detallismo: “Debiste proteger mejor tu cuerpo entonces. / Hoy ya es tarde para deambular a ciegas / los lugares que dispuso la rutina ante tus ojos”.

El autor de Poemas de Horacio E. Cluck o Matar el tiempo -que cierran la trilogía Postrimerías– me ha hecho abrir la ventana para que llueva y quiero agradecerle en mi diario personal -construido con el ensanchamiento de mi conciencia- la eficacia de su minimalismo. Alguna vez hemos oído que “todo está escrito”, pero no todo está escrito. La despedida de Luis Miguel Rabanal como poeta sería un agua gélida -de enero- y lo cubriría todo. Sin su poesía -inolvidable, no es posible que desaparezca- despertaríamos con una sensación extraña en el pecho en el lado fatídico del corazón. Uno nunca está solo al leerlo. Eso es, por encima de todo, lo que caracteriza la vida.

*

En su columna FRACASA MEJOR, de El Imparcial: https://www.elimparcial.es/noticia/218257/opinion/luis-miguel-rabanal-lluvia-y-verdad.html
Gracias, Miguel Ángel.

Dos poemas de “De lo terrible”, de Ana Martínez Castillo

 

Treinta y tres

Seremos viejos, pero antes habremos de aspirar la luz, retener la luz entre los dientes y llamar a la muerte hembra encinta de puertas, loca ebria que aplasta las moscas.
Tendremos que afearle a la muerte sus gestos tan urgentes, y enloquecer, enloquecer muy despacio al alba, sabiendo que moriremos un día u otro, pero que antes –antes– tendremos que ser animales de luz herética y pagar el atrevimiento caro; y después ser viejos ya, y angulosos, condescendientes ancianos hechos de cáñamo, encogidos, sibilantes ancianos que atesoran las cenizas que sobraron.

 

Veintiséis

Y nos arropábamos en los rincones de las ciudades viejas, y éramos felices.
Y caían al suelo nuestras ropas, y caían de los árboles muchachos, y soñábamos así, con los ojos oscuramente abiertos, soñábamos así con la gran música, la gran música que no hace preguntas, que es coágulo, raíz o vena.
Y estaba ahí anudada, y estaba en los húmedos tejados de Morar, estaba y sabíamos que el paisaje germina de un racimo de ojos, que danzan las viejas en las esquinas, que jamás íbamos a ensayar la incertidumbre, ni el simulacro de saberse cansados de la vida.

*

Ana Martínez Castillo, “De lo terrible”, Chamán Ediciones, Col. Chamán ante el fuego, Albacete 2020

Que llueva siempre en El orden olvidado de las palabras 2

 

LA CULPA

Si hubiera encontrado la parte de verdad
que corresponde al entusiasmo,
el que subyace en la queja como espada
colmada de herrumbre y con niños abrazados a su furia.
Si cuando menos tuviera para ti un momento
de virtud, eclipsada por la abulia tal vez,
y cuerpos premiosos que ofrecen
su deseo y se arrojan las inmensas toallas
y lagartos muy tiernos.

Presumiblemente el tiempo nos remitiría
papeles donde desprestigiar el embuste, es decir,
este abandonado ámbito en que yaces desde la renuncia
o los árboles secos, esta melodía del adiós que arranca
y termina de una sola dentellada del tigre que más amas.
Casi todo ha sido proferido en tu descrédito.
Y en cambio a tu rostro hoy le abandonan
las sendas del otoño y los lugares saturados de espíritus,
tan magníficos en su connivencia para recordar
tiempos mejores, tan dados a retrasar el porvenir,
o de nada se ha enterado el hombre ceñudo.

No comprendes que el final, el verdadero
final, es un paisaje arrancado de tus ojos,
un niño que te mira y se parece a tu niño, un barco
que en la Ría cumple con su oficio de perseverar
en lo grotesco de la noche.

La culpa la tuvo el chachachá, sin duda.

Quiero pensar que tú lo sabías, por lo menos
esta agitación que producen
el arrepentimiento y la malaria y las mujeres
pretenciosas, pues si no estaría dispuesto a dimitir
de mi privilegiado mirador, mejor me callo,
tú me conoces.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com/2020/07/la-culpa.html

Que llueva siempre en la voz de Ángela Serna

 

EL DESEO DE ANDAR

Fragmentos de médula arrojados al azar por un búho.
Porque escuecen los brazos y el pequeño espera
que tu amor se levante con él y camine tranquilo
por la casa.
Nada es como parece, se crea la luz como se crea
un sollozo y llegan secuaces
a sufrir la exagerada luz contigo.
Pobre diablo que tose y gesticula para que le dejen reír
los ruines ñuberos, para que el vodka abrase
la garganta con sumo gusto
y no sobrevenga más la noche.

Sueñas tu parálisis desde tantos años atrás y acuden
de improviso a tu memoria las sombras,
sombras que proporcionan curiosa compañía
si no buscas su desnudez entregada
a otra persona, y me cuentas
que te va bien y que el sudor es objeto de intercambio
para que al alba huya el niño rubio del disfraz.
Merece la pena perder un poquitín el tiempo.

Además de la lluvia se te suben al rostro tapires
y algún vestigio
de cuanto se extravió en tus cajas de atesorar
recuerdos con urgencia.

Todo está aquí, en tu corazón destartalado
que no interpreta bien
el signo de su enojo y escribe en el papel letras
de colores
para seducir a la destrucción en lo posible.
Para abrir de par en par esa diminuta pupila
que explica el deterioro de los cuerpos hurtados
al olvido,
o casi a la decrepitud.
Fragmentos de médula, sí, pero esta vez
arrojados por un mago al fuego de la noche.
Clávame tus uñas, maldito envenenador, y dime
que me quieres.

 

Que llueva siempre en El orden olvidado de las palabras

 

TERRITORIO INDECISO

Musina y Mikaela duermen

A su vez las muchachas han regresado deprisa
a esa alucinación que la realidad convierte en monsergas
que serán tarde o temprano bocas reiteradas
y cuerpos extendidos en el bazar
de otros cuerpos extendidos sobre el desgaste, cuerpos
que desconocen el sudor de quienes han conquistado
la niebla y lo gritan así y asumen su derrota,
ay señor.

Cada cual que apresure su cadera y lacere
con sumo ensimismamiento la vida.

A los pequeños de entonces les ha nacido una máscara
apenas perceptible en el centro mismo de su mundo,
solo por nombrarla ya pierden sus manos,
solo si la piensan se cruzan con el hombre cuya expresión
aparenta tener varios cientos de frases escritas
como arrugas y cactus.

Es el hombre perfecto, el que les hace retratos jugando
al balón, mordiendo una pera o una uña, ahogándose
en el río como se ahogan los niños tan tontos.
Cada cual que se atenga a su propio delito.

Y la cara de aquel que no duda en ceñirse al vientre
de la diosa que da saltos como horas contadas
se aplica en toser.

Contra todo pronóstico les falta herirse entre ellos,
ay madre.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com/2020/07/territorio-indeciso.html

Que llueva siempre en Epicuro

 

Adiós a todo eso / Antonio Manilla

En el año 2015, Luis Miguel Rabanal editó en Renacimiento unas obtras completas que, bajo el título de Este cuento se ha acabado, recogían sus veintidós libros hasta ese momento publicados. Ofrecía así al lector el corpus de una amplia obra que, más allá de su evolución interior, permitía percibir su gravitación alrededor de un momento concreto de la existencia del poeta, que no vamos a eludir porque ni él ni sus textos lo hacen: el desgraciado accidente que le produjo una parálisis progresiva hasta convertirlo en un ser atado a la dependencia. Hay un escritor distinto, como no podía ser de otro modo, antes y después de aquel hecho.

El poeta de Obdulia y de Olleir, el de los caminos que se pierden en el monte o desembocan en el río, el de la infancia de balones y niñas contempladas con devoción y distancia, ese poeta que leíamos en nuestra formación como poetas como a un René Char leonés, atrevido y clásico a la vez, ese pasó a la historia ya hace tiempo, convirtiéndose en otro que se conduele del deterioro y añora, en la voz de un cuerpo lacerado por la mala fortuna, en una sensibilidad inmóvil y presciente, algo así como un brujo o chamán de la tribu, investido de la autoridad que otorga escribir únicamente con palabras que queman. Adelgazando, afilando su mirada, clavando sus garras en la propia carne, volviéndose solo voz: un cuerpo que desaparecía al ritmo de su sacrificio, inmolado en la hoguera ―que no altar― de las palabras, sin evitar ni hacer protagonista al propio dolor postrado. Contándonos con naturalidad una metamorfosis tan súbita como la de Gregorio Samsa, no menos kafkiana, aquella que lo transformó en un hombre junto a un límite.

Afortunadamente, tras aquel libro, que desde su cubierta parecía indicarnos que la escritura se había acabado, Luis Miguel Rabanal ha dado a la imprenta tres títulos más, que conforman una especie de trilogía del adiós a la poesía. Bajo el marbete de Postrimerías, se compone de Los poemas de Horacio E. Cluck, Matar el tiempo y el recién aparecido Que llueva siempre, que le pone fin a un ciclo compuesto de poemas que el propio autor considera para pasar desapercibido, poemas para nada.

En consonancia, anuncia Luis Miguel Rabanal que este es su último libro de poemas: quizá haya percibido que está agotada la veta de la que ha venido extrayendo hasta ahora sus versos. Desde luego, en este libro se saldan cuentas no solo con lo que pudo ser y no fue sino con todo el pasado. La despedida se hace presente en los poemas: se nos presenta a Obdulia sin su azul (Anita o Angelines son algunos de sus nombres), se enuncia el cansancio de olvidarse mientras se aspira a pronunciar algún día «palabras felices», la memoria se descompone minuciosamente en los diversos «grumos de olvido» que todavía siguen vivos, alentando instantes de melancolía. Puede que este poemario con vocación de despedida sea uno de los libros más duros de un autor que nunca se ha andado con chiquitas a la hora de aplicarse a sí mismo el escalpelo de la ironía y el microscopio de la impiedad.

Con estos mimbres, sumados a la declaración tan contundente del poeta, resultará extraño que a uno le parezca ver precisamente en estos poemas de postrimerías una nueva etapa que se abre en la poesía de Rabanal. Estos tres últimos libros me hacen pensar en un acontecimiento casi tan importante como lo fue para su escritura y su vida el accidente que sufrió. Hay algo nuevo por venir. Y no será la muerte literaria, sino una nueva modulación tras el adiós a todo eso que hasta ahora ha nutrido sus versos que escenifica este volumen en toda su crudeza descriptiva.

La crítica ha resaltado algo que no pasa desapercibido a cualquier buen lector: que el autor no utiliza en Que llueva siempre la primera persona, se diluye en la tercera sobre todo, uno piensa que acaso ya esté viéndose como desde fuera, diciéndonos que es consciente, además de «sufriente», de una muerte en vida. No creo que sea distanciamiento, sino visión extracorpórea, un desdoblamiento de la conciencia propia y ajena que le obliga a presentar al poeta sobreviviente como a un ser póstumo.

Además de un testimonio sobrecogedor, este poemario supone un punto y aparte. La clausura de un lugar al que no volver. Algo inaugural: una nueva forma de ver las cosas, una vez cerrada la puerta, saldadas todas las cuentas, al pasado mitificado desde la vivencia del dolor.

 

CON ALGUNA DESIDIA

Nada sabíamos, de aquella, de la vida.
Es cierto que casi habíamos llegado al final
sin pestañas de la noche, que soñábamos
jugar el último partido de la niñez escasamente
con los mismos defensas,
y que en el bosque ni siquiera hubo
hombres con los sacos nutridos de muchachos.
La vida era otra cosa y apetecía encararla
desnuda, violenta o agotada, quitándose el vestido,
y muy cerca de nosotros oler su piel
como si nos perteneciese, aún, un poco.
Con alguna desidia rasgamos hoy el pacto
aborrecible que quisimos tachar antes,
cuando el tiempo era el lunático
que nos tiraba piedras y el amor una chica
sin nombre ni estatura en un día de sol
de agosto, desamparada en la nieve.
Ya las horas aturden y nos contempla el niño,
el vástago más tierno, quien ha olvidado su propia
sinrazón en una calle probablemente triste.

 

 

 

Si te apetece seguir leyendo otros poemas: https://www.epicuro.es/es/news/103-cultura-y-buen-vivir/lecturas/lecturas-2/931-adios-a-todo-eso?
Gracias, Toño.

*

“Que llueva siempre”. Luis Miguel Rabanal. Ed. Huerga y Fierro. Col. Rayo azul. Madrid 2020. Precio: 12 €.

Que llueva siempre en El Cuaderno Digital y Los diarios de Rayuela

 

De quien dice adiós y pide lluvia / José Carlos Díaz

Luis Miguel Rabanal dice que este es su último libro. Y nos deja deseándonos lluvia. Un aguacero sempiterno. Que llueva siempre, muy limpiamente editado por Huerga y Fierro, cierra una trilogía denominada, en consonancia con esa despedida aludida, Postrimerías, que complementan Los poemas de Horacio E. Cluck y Matar el tiempo.

Estos tres poemarios llegaron justo después de Este cuento se ha acabado. Poesía reunida 2014-1977, que reunía toda su obra poética, inaugurada a finales de los setenta con Variaciones y que alumbró muestras tan relevantes como Cuaderno de junio (1984), Cáncer de invierno (1998), Libro de citas (1993) o A la que falta (2013).

El nuevo libro de Luis Miguel Rabanal se abre con un poema titulado «Un hombre que dice adiós» —siguen los guiños a la partida—. Es un inicio demoledor en lo significativo y soberbio en lo literario, que puede leerse no solo como el anuncio del que se va —de la literatura, interpretamos, como mal menor—, sino también como una suerte de poética de lo que sigue en las páginas restantes. Se adopta la tercera persona como una proyección del que se describe por reflejo interpuesto. E igualmente se recurre a la segunda en otras composiciones, simulando apariencia conversacional. Se observa así con nostalgia amarga al que se fue en la infancia; y con perplejidad encorajinada a quien la «mala suerte» convirtió en «el personaje que tose desde su silla/ ensangrentada y tiene mucho, mucho, mucho frío».

Este primer poema da también cumplida noticia de una situación anímica y física que no ofrece duda del prolongado deterioro sufrido: «podríamos golpearlo sin dolor,/ con solo hacer burla de sus piernas que no existen». Ese será el tono, el de la sinceridad algo alucinada que se respira tanto en la evocación como en el detalle de cómo es desde hace años la existencia. «A veces es preferible dejarse de bobadas/ y contarse a uno mismo las cosas tal y como fueron».

Aluden también estos renglones primeros, aquí no tanto como indicio de lo que luego vendrá —pues Rabanal no se permite licencias sentimentales—, sino como justicia de vida, al amor por quien lo ha acompañado tanto tiempo, que se rinde con un vocativo mínimo, la inicial M («murmura un nombre: M. bañado en lágrimas»). La misma M. (MJ Romero), por cierto, a la que se cita al abrir el libro, cómplice en los versos y compañera que conoce bien en qué punto se encuentra la vida: «La felicidad de los duendes en los cartílagos de tus huesos porosos, como estrellas de mar resecas sobre un mes de julio sin lluvias».

Ese pudor hacia el relato de la desgracia, hacia las consecuencias de la «maldita mala suerte» tan aludida, se conjura con el recurso del sarcasmo, que previene de la autoconmiseración y que refuerza el distanciamiento procurado por la elusión del yo. Cítense, por ejemplo, estos versos del poema final del libro: «Despídete de todos y de todo, y para la ocasión vístete/ de etrusco en celo o de policía nacional endomingado».

A través de un par de referencias geográficas, en Un hombre que dice adiós se acota igualmente el territorio originario. Se cita La Tejera y Ceide; después, en otras páginas se aludirá a otros topónimos de la memoria, como Oterico, el monte de la Cerra, los Ponticos… Y al fondo, siempre Olleir, siempre Riello, la Omaña leonesa donde nació y creció el autor.

Hemos advertido en este poema de arranque un cierto carácter paradigmático, en relación con el contenido global, otros cincuenta poemas más, de este Que llueva siempre. Y ello se evidencia también en la forma, que es muy parecida en las tres partes del poemario («Despojos de la vida alegre», «Todavía es memoria» y «Los sueños raros»), de versos y composiciones largas, y con una métrica libre pero muy rítmica.

Pero, aunque mucho desvela el comienzo de por dónde irán los tiros luego, no todo aparece, lógicamente, resumido ahí. No están, por ejemplo, las mujeres que le ofrecen sentido de iniciación en los recovecos del sexo a los textos de «Despojos de la vida alegre»; mujeres entre las que está una vieja conocida, la Obdulia de Palabras para Obdulia (1985) y Obdulia azul (1980). Ni está el niño repetidamente aludido en sus miedos, sus descubrimientos, su paisaje de infancia, «la infancia endeble/ y quebrantada que tercamente anhelas», cuando «Todavía es memoria». Ni tampoco tiene ese adiós inaugural en sus versos el tono casi de delirio con que se relatan a veces «Los sueños raros»: «Sobre tu lecho el terror o su sombra engañosa/ y malévola se sacian nuevamente/ y de verdad que estás jodido». Un delirio que consiste en dejar que fluyan libremente las asociaciones sensoriales y significativas que provoca el poema cuando se escribe con la seguridad de quien maneja desde hace tiempo una lengua personal, un idiolecto poético inconfundible y aquilatado en una obra larga y exigente, fiel con las referencias particulares de paisaje, bagaje lector y enfermedad que la configuran. Porque el «Argumento del poema», los argumentos de los poemas de Luis Miguel Rabanal son los de quien «se encuentra frente al abismo/ y escribe en su cuaderno palabras de deslealtad/ que le confesarán la vida». Pero no al modo descriptivo y realista de quien enumera el pormenor de sus afecciones diversas, sino con la riqueza de quien ve en la escritura una oportunidad para indagar la expresión, no poniéndole barreras de razón o medida, sino ofreciéndole un cauce libre de argumentos generados por la experiencia y la imaginación, ensanchando el poema pero sin pecar, aun así, de exceso alguno. La libertad y el aplomo de quien ensaya un adiós desde «una silla/ con ruedas prestada al destino».

Que llueva siempre ofrece, en resumen, medio centenar de poemas de largo aliento y cadencia dilatada, resultado de un emotivo recorrido por la memoria y la renuncia impuesta, un recuento de pérdidas y un resumen de aprendizaje en la infancia agreste y en el dolor sobrevenido en la madurez.

Y si el poema inicial dice adiós, el final describe la despedida.

El espejo de tu aflicción finalmente ha quebrado.
Y esperas que te restituya alguien aquello
que pudo pertenecer a otro y fue tuyo,
el rostro del niño que, subido en una silla,
parlamenta ante ti de héroes y de los muslos de C.

Al fin y al cabo, como tú sabes bien, nos mata
poco a poco la vida.

Nos queda la esperanza de que la cita de Gamoneda que cierra el libro, en la que se advierte que en las agonías puede sentirse como un perfume la existencia, permita que Rabanal reconsidere su anunciada renuncia a la literatura, que sigue siendo uno de los escasos consuelos que ofrece refugio en los trances más adversos. Pero qué te voy a contar a ti, Luismi.

 

Selección de poemas:

UN HOMBRE QUE DICE ADIÓS

A nadie le convence su rostro estropeado
por las brumas agoreras del último invierno.
Nadie conversa con él de las muchachas desvestidas
y de los libros sin un porqué discernible.
Es el apestado que sobrevive a su propia
y profunda mala suerte.

No hay otro procedimiento que verle llorar
cuando se esconde
al paso del amigo, después frota sus ojos
y sobrevendrá la noche.
Si quisiésemos podríamos golpearlo sin dolor,
con solo hacer burla de sus piernas que no existen
tampoco o con susurrarle al oído un nombre de niño
sofocado, y ya estaría en nuestro poder su vida.
Es el enfermo que sonríe pues algo macera su corazón
y lo extenúa, lo mismo que una contienda exagerada
con el desangelado dragón de la memoria.
Si pudiese ofrecernos su explicación nos hablaría
de países que limitan al norte
con su sangre, de la Tejera
y Ceide, de los muertos que se le han adelantado
en ese tranvía casi fantasma que toman los adivinos
para mejor destruirlo todo cuando vienen.

No grita su pesar, únicamente dice adiós
a quien merodea su desidia,
se levanta entre pausas y murmura
un nombre: M. bañado en lágrimas.
Sin embargo no desea nada, ni el abandono
que es justo y acertado buscar al final de un viaje,
ni los labios más rojos que el amor ha dibujado
una tarde para él, sin vergüenza y sin el inmundo
oficio de los cuerpos.

Es el personaje que tose desde su silla
ensangrentada y tiene mucho, mucho, mucho frío.
Nos ha mirado con pena y nos señala
por casualidad las flores.

 

 

LAS DIVERSAS CURAS

No es el dolor el hipopótamo que, encaramado
a lo alto de tu estómago, tose
y se retuerce y brinca.
Ni tan siquiera es el martillo con verdín,
olvidado por alguien, que sin cesar golpea tu sien
con método enérgico y se pasa la noche
encantado en el interior de tu cabeza.
Tampoco es el largo trago de alcohol
con que inundas de fuegos artificiales tu garganta,
la hieres de sopetón con vistosos vidrios.
Ni el vendaval que afuera grita de espanto porque acabe
el practicante de ponerte en su lugar el yodo
o el cloruro o la morfina.

Nada ya podrá con tu cuerpo de manos disecadas
y tronchadas piernas.
En su vacío sientes el invierno y te apresuras a llamar
para no estar solo y así convocar la destrucción
con tu alarido.
Es obvio morir en estas condiciones, si alargas
los días y las noches con tu rosario de insultos,
so salvaje.
Ahora que has descubierto que la vida vale
para otros lo que para ti es broza metafísica,
parsimonia y belleza arrojada a los pollitos.

Te corresponde admitir
que el azar corre como la mecha a tu favor,
pues en la calle no hay más que niños llorando
y duras y bellas losas para cubrir de moho los cadáveres.
El dolor es la medida, la estructura gris del vaticinio,
un hombre descompuesto, asomado a la terraza,
que quiere divisar mejor esta ceniza donde se posará

su vuelo.

 

ESCRITO EN OLLEIR

Los niños por fin se han despedido
y él descansa en su lecho con inmoderada furia,
mientras llueve tenazmente y recuerda el dolor
de los días peores.
Muchacho tullido y una voz que hace falta distinguir
de las otras, a las seis de la tarde, al cerrar
la ventana para que entre el sosiego o es la madre
que cumple el rito del agua con pastillas
para serenar el daño.
Cualquier día comenzará nuevamente a caminar
por la casa, a sentarse a su mesa y escribir en cuadernos
de la fiebre, un tanto inconsolable, y tendrá sed
de alcohol y será más idiota.
Pero ahora descansa y apoya su cabeza en el pasado.
Sueña con su vida de muchacho, que fue desvanecerse
un minuto, un brillo apenas y sus manos
no tocaban aquello que querían,
y su irritación se dibuja en preceptos que articula
tan en vano, y su memoria es diversa
y es herida sutil que no reconoce igual que antes.
Enfermo muchacho que abraza como puede
a su contrario, confiándole sus cosas
y hasta el amor hecho por última vez.
Tina ha venido en su socorro y él desea
morir, morir secretamente y ser espejo quebrado
al que se acercan, de mañana, los aparecidos
como si fuera concebible recorrer
sin aguzos las fauces espantosas de la noche.

 

Si te apetece seguir leyendo otros poemas https://elcuadernodigital.com/2020/07/01/de-quien-dice-adios-y-pide-lluvia/?
También aquí la reseña http://diariosderayuela.blogspot.com/2020/07/de-quien-dice-adios-y-pide-lluvia.html
Gracias, José Carlos.

Que llueva siempre en Hankover

 

ARGUMENTO DEL POEMA

El hombre se encuentra sentado frente al abismo
y escribe en su cuaderno palabras de deslealtad,
palabras que le confesarán la vida.
Tose cada poco y de su mano, temblorosa
y una noche lasciva, nacen gestos
vejatorios y frases encantadas, quejas del pasado
vendidas a un postor hermoso, líneas que congregan
almizcle y rosales, el amor y las cinturas
de mujeres irremisiblemente extraviadas.
El hombre establece que el poema es su reflejo
más fiel, el laberinto que ha de transitar
de puntillas, a solas con la efigie que confunde.
Pero no es verdad, un poema es lo desarropado
del que sueña con celebrar el día de su muerte
sin vestirla y se abraza al caos de la noche
y ama desde entonces a su antojo
la posibilidad, la necedad, el bruto y triste signo
de su escritura que es tormento porque sí.
Hay un hombre también que calcina sus manos
en el mismo poema que duplica de aquel otro.
Es tarde y se cierra el cuaderno que no sirve
sino para alumbrar radicalmente las huellas
que huyen, los ojos agrandados y tenues,
el deseo iracundo de los hijos o la ternura
casual que dictan sus palabras.
El poema, no se sabe por quién, comienza
a ser escrito: no volver jamás, no tener
que recordarlo en mi corazón
que es un demente.

*

Gracias, Vicente.
https://hankover.blogspot.com/2020/06/el-hombre-se-encuentra-sentado-frente.html

Dos poemas de “Todos los febreros cada dieciocho”, de Fer Gutiérrez

 

34.
He salido del grito
no cabía más tristeza

ahora habito un vacío
un vacío exacto a tu no sombra

 

44.
¿Cómo explicar la muerte?

Nada que ver con lo que me habían dicho
mucho menos con todo lo leído

igual debería comenzar contando
que desde la calle
no se ve la ventana de tu habitación

 

*

Fer Gutiérrez, “Todos los febreros cada dieciocho”, La Garúa poesía, Barcelona 2020

Que llueva siempre y Carlos Alcorta

 

Una despedida no exenta de incógnitas

El deseo de que llueva siempre parece, más que una aspiración que puede albergar connotaciones positivas (la lluvia como elemento fecundador de vida), un epitafio, el lema de una renuncia, si entendemos la lluvia como sinónimo de oscuridad, de nostalgia, de recogimiento vital. Luis Miguel Rabanal (León, 1957), autor de una extensa obra poética que agrupó en un magnífico volumen, “Este cuento se ha acabado. Poesía reunida 2014-1977”, publicado en 2015, ha escrito este libro de poemas como si fuera, parafraseando a Francisco Brines, el “ensayo de una despedida”, pero quienes escribimos sabemos que el oficio de escribir está sujeto a ciertas servidumbres, a ciertas prescripciones que exceden la voluntad del poeta, por eso, pese a que, como veremos, la muerte —«Ahora es el tiempo de merecer, / sin más ni más, la muerte», escribe en «Lugares comunes»— ronde en algunos de los versos más desgarrados de “Que llueva siempre”, creemos que responde más a un estado temporal de desesperación que a una intención consolidada, a pesar de que el último poema del libro cierre el círculo cuyo punto de partida estaba en el primer poema y redunde en este propósito, o quizá por esa misma razón, ya que la latente ironía rebaja el impacto de la tragedia: «Aleluya pues, amigo mío. / Despídete de todos y de todo, y para la ocasión vístete / de etrusco en celo o de policía nacional endomingado. / Cuentan por ahí que vale más quien enumera sus errores que el que se ciñe a la ferviente / inmensidad opaca de su culpa».

La poesía de Rabanal se ha caracterizado siempre por la profusión de detalles, por el deseo de verbalizar la totalidad de la experiencia, lo que le lleva, en ocasiones, a rozar la exuberancia verbal. Y es que no resulta fácil mantener un tono reflexivo de alta textura emocional cuando el poema se dilata métricamente y el ritmo se “corrompe” por la necesidad de enfatizar un determinado sentimiento, sea el que constata la fragilidad del amor o el que provoca asumir que la enfermedad y el dolor son inseparables de la propia experiencia. Las particulares condiciones de la vida del autor afectan ineludiblemente a su escritura y el lector que esté al tanto de esas limitaciones no puede ignorarlas cuando se dispone a leer sus poemas. Sin embargo, es oportuno preguntarse hasta dónde son capaces de percibir las causas de ese sufrimiento los lectores que desconozcan esa terrible circunstancia. Muchas son las pistas que Rabanal va dejando en sus poemas. Ya en el primero, ya mencionado, «Un hombre que dice adiós», escribe: «Es el apestado que sobrevive a su propia / y profunda mala suerte». Unos versos más adelante hace alusión a su padecimiento, aunque utilice como máscara una distante tercera persona: «Si quisiésemos podríamos golpearlo sin dolor, / con solo hacer burla de sus piernas que no existen». Como sabemos, el personaje que protagoniza los poemas es solo a medias independiente del poeta, del hombre que escribe. Comparte, sí, vivencias, ambiciones, sueños, pero dicho personaje, y a eso ayuda el distanciamiento antes aludido, es visto no solo desde el interior, sino a través de un periscopio que emerge a la superficie y observa el entorno y, a su vez, es observado casi como si fuera un extraño para sí mismo. Esa es una de las virtudes de la poesía, la capacidad de desdoblamiento: «Es el personaje que tose desde su silla / ensangrentada y tiene mucho, mucho, mucho frío. / Nos ha mirado con pena y nos señala / por casualidad las flores», pero también es el que «cualquier día comenzará nuevamente a caminar / por la casa…». De forma paralela a la narración de estos hechos presuntamente objetivos, se desarrolla una visión del mundo que tiene poco que ver con la realidad y mucho con la alucinación, con una más que probable influencia de José Hierro. Ambienta una gran parte de los poemas una iluminación onírica que alimenta esas alucinaciones al parecer solo momentáneamente, porque pronto «la realidad [las] convierte en monsergas».

La presunta despedida es el hilo argumental que conecta estos poemas divididos en tres secciones con títulos muy aclaratorios: «Despojos de la vida alegre», «Todavía es memoria» y «Los sueños raros». No hay diferencias sustantivas entre los poemas que integran cada una de las partes, si acaso en la última, ese halo onírico está más presente que en las anteriores. “Que llueva siempre” cierra la trilogía que con el título común de “Postrimerías” forman “Los poemas de Horacio E. Cluck” y “Matar el tiempo”. Cualquier lector puede advertir que la muerte está muy presente en todo el ciclo, pero en este último libro prevalece por encima de esa presencia opresora otra de signo vitalista que nos hace, además, albergar la esperanza de que la citada despedida sea solo un repliegue momentáneo. Hablamos del componente erótico, de la recreación en el cuerpo objeto del deseo visto sí, desde la nostalgia, pero una nostalgia nutricia, asociativa: «La vida era otra cosa y apetecía encararla / desnuda, violenta o agotada, quitándose el vestido, / y muy cerca de nosotros oler su piel». La combinación de ambos aumenta las incógnitas que el lector futuro deberá ir despejando.

Que llueva siempre, Huerga y Fierro Editores, Col Rayo azul, Madrid 2020.

 


Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 12/06/2020
También aquí: https://carlosalcorta.wordpress.com/2020/06/12/luis-miguel-rabanal-que-llueva-siempre/
Gracias, Carlos.

Que llueva siempre en Mientras la luz

 

Francisco Caro / Carta pública a LMR por “Que llueva siempre”

Querido Luis Miguel, como en tantos, no nos hemos tratado personalmente. Tan sólo a través de estas ventanas maravillosas que tanto bien pueden hacer. Conocí de esta manera tu poesía, también por algunas lecturas públicas de algunos amigos comunes en Madrid. Sé de tu estado. Ahora nos llega este Que llueva siempre (Huerga & Fierro), en una colección de empuje, Rayo Azul, que vienes anunciando como cierre de tu producción édita. No sé si es un rapto emocional o una voluntad meditada. Pero sí, todo el libro, sobre todo en los principios y en los finales destila un sabor a hortensias en flor y en despedida. Es un texto sembrado de coraje, pero también de desaliento. Hubo y hay razones para escribir, no dudes eso nunca. Y las habrá. Dónde si no se hubieran alojado los labios y las blusas, la memoria de los montes, la desazón de la nieve; qué otro arroyo sino el papel para tus risas, para el sufrimiento. Llueves desde un lenguaje poderoso, sin velos, ni atajos. Viertes, desde las raíces, la oscuridad que esperas, que esperamos. No estás solo. Ni en el alcohol ni en las espumas. Sólo que en ti crecen con más ahínco los rincones de la infancia, las esquinas de una juventud que alguien detuvo. Por eso, en el centro del libro, entre las amenazas y los abismos que a mitades buscas y abandonas, hierven los poemas a los que más he vuelto. Esos que hablan de lo que fuiste y sigues siendo, de los prados y los riscos, de la noches y las chicas abrazadas, del porvenir, de los amigos, de la ilusión en alza, de cuanto te visita saltándose fronteras. Dices en un primer verso Deja que la noche te abrase la memoria. Ojalá y te leyeran todos los poetas de nuestra lengua, ojalá y aprendiéramos a decir lo que importa, ojalá y llegásemos como tú a la desembocadura en donde los poemas ya no pueden volver, mentir ni traicionarse. Escribes desde ese Olleir de hierro y mar donde resides. La dureza de un presente tan continuado no puede con los montes de blanco, aunque esta primavera tan extraña haga que los neveros comiencen su deshora. Quiero decirte desde Mientras la luz que es imposible no volver, no regresar a tus poemas, a tu libro –que las “nuevas amazonas” me trajeron–, a tu fiebre y tu dicha. A nuestra fiebre y dicha. El libro, con el que cierras la serie Postrimerías, hace del ayer un presente instantáneo, gozoso y dolorido, picaporte de una puerta que deja entrar en lo que fuimos y seremos. Tan sólo tiempo, no otra cosa. Lo no borrable mientras seamos hombres. Ni siquiera con aquellas MILAN, de mansedumbre al tacto, que poblaron nuestra escuela. Sólo tiempo. Tú y tu libro estáis allí, estáis aquí, en el preciso instante en el que el miedo y los deseos copulan, algo que no pueden ocultar las distorsiones pronominales –yo, tú, él– con que acostumbras. En algún lugar dices que haber vivido mucho es como soñar muchachas en las noches de junio. Es junio, y es la apetencia serena de los días nuevos. Sólo decirte que tu Que llueva siempre es poesía tendida sobre el lenguaje, como sobre una cama deshecha que conoce los rastros del amor.

Recibe, Luis Miguel, el abrazo que desde aquí te envío.

 

EN LAS ERAS DE C.

Mira la bruma que envuelve, como un ogro,
la pradera sin críos, los frutales
cargados y el afable tiempo por venir.
Mira ese mundo y se confunde, la misma ropa
repasada, el mismo perro que se deja coger,
el mismo hermano que solloza amargamente
porque se hace, de súbito, de noche.
Mira las últimas casas y hay fuego en ellas,
o es un resplandor que engaña
y después se debilita como sucede
con todos los cariños, mira mira mira
también la soledad que tuvo.
Allá lejos se insinúan abrazos
y se descifra complejamente el sufrimiento,
un hombre con sangre manando de su cabeza
y muy abiertos los ojos.
Mira el invierno que pasa como pasan lobeznos,
con destreza aprendida, por esa calle solemne
y silenciosa de marzo.
Y apenas si ve nada, un niño amortajado
sin deberes, las eras que se agostan,
las ancianas de negro y la iglesia vacía,
o el cuerpo que fue suyo,
con piernas que corrían, sobre la nieve,
en Montecorral.
Muy poquitas cosas que reescribir con gozo.

 

 

Y NUNCA VOLVER

Bajo este cielo frío se le encoge el corazón
una última vez y es discurso apagado
el amor, al menos el cuerpo que llamaba al amor
por su cordura, y es celebrado ahora lo inevitable
del recuerdo, tantas blancas camisas de puños
devorados por algas,
tantos labios arrancados de golpe
por el extranjero que vive hoy a su amparo.
Nada es preciso cuando el adiós es alguien
que solloza permanentemente en una silla
con ruedas prestada al destino,
su misma culpa de los mismos muchachos,
y nos espía la zozobra de abandonar
el monte de la Otrera, allí
donde fuimos niños sin quererlo
un verano o a lo sumo una vida.
Bajo este cielo helado el hombre se adelanta
a partir a ningún sitio, le exige al tiempo
más usura y recoge un puñado
de tierra en los frascos con óxido.
Todo ha sido dicho.
Todo contemplado con los ojos de la angustia
como el estafador que huyese, pero hacia atrás,
hacia su propio origen y su muerte descrita.
Sin ninguna piedad, es cierto.

*

Gracias, Francisco.
https://mientraslaluz.blogspot.com/2020/06/carta-publica-y-dos-poemas-de-luis.html