“Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977)”, muy pronto

Este cuento se portada
.

EL MENOSCABO

Tendría que haber dado por supuesto el amor,
siquiera su dentellada más triste cuando el tiempo es un cárabo
amarillo que tose amargamente subido en una silla,
como cualquiera de nosotros.

A lo lejos se vislumbra una luz que nos hiere, una forma
del dolor semejante a la piedra arrojada por un chiquillo muy serio,
el niño que se estremece por haber sido zarandeado por el hada rubia
que alienta en los lunes odiosos de la vida.

Los adivinos han vuelto a enjugar tu sudor, pareces imbécil
mirando la suma delgadez de sus manos, la sombra asesina
que coexiste en aquella película insufrible y en esta farsa boba.

Ya no sabes quién fue, tu tiempo se ha borrado de pronto
y sus pechos los cortó el invierno, las heladas, la nieve derretida
en los tejados de Olleir, ya no sabes nada.
Si eres o no capaz y hace frío en tu frente de anciano,
y quisieras morirte entre sus muslos y su desmemoria perfecta.

Ya no recuerdas tampoco los quinqués que ardían
lo mismo que una aparición, ni la pésima suerte de quienes arrasan
el pasado con sus carros de heno repletos de cadáveres.
O era de azucenas, vete tú a saber.

Próxima a tu cuerpo una mujer vigila con descaro el aire que te ahoga.
Te peina los cabellos con rabia y desmesura, limpia
tu carne y nada es lo que parece, nada es lo que la noche trae
hasta tu sueño, ese precipicio que es insaciable y enorme como tú.
También la vida esconde su adivinanza cuando nos quiere gustar.

Se quita la blusa, nos muestra las caderas, bebe con nosotros
y entonces nos hacemos, casi con serenidad, a un lado.
Quién te iba a decir que la negra luz del espejo roto
podría abofetearte ahora mismo con solo quererlo.

De La última vez (1998-2000)

.

En “Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977)”. Editorial Renacimiento, Col. Calle del Aire, Sevilla 2015. Frontispicio de Antonio Gamoneda. Prólogo de Tomás Sánchez Santiago. Epílogo de MJ Romero.

En Álora, la bien cercada

revista la bien cercada número 31
DESPUÉS DE CONTARLO se desprecia
por haber incumplido, con serenidad
y desparramadas flores sin aroma,
la grafía de su deseo,
mar de olas aterradas que sobre él
camina a ciegas y lo empuja a su fondo.

En los labios se despliega
un atardecer de febrero y su boca
ha chupado el cabello y la sangre
que el amor pronuncia impunemente,
así la maravilla
del cuerpo entregado por azar
a los vilanos.
Ha preferido romper la imagen inaudita
del cautivo que manosea los muslos
de ese niño sin ojos.

Ya no duerme más, pregona su culpa
en los jardines con su glande
exagerado, y teme a los guardias.

.
Mi contribución para la revista ÁLORA, LA BIEN CERCADA, n.º 31, diciembre de 2014

La fiebre oscura 2

Hurtabas tus cosas guardadas en un sótano negro y lamentable. O de aquella nada era cierto. Llevabas en tus manos la muerta mirada de los que te habían precedido en el país sin límites, en la ya destruida huerta del abuelo, incluso en la inútil dispersión de los sentidos rotos. Las catástrofes te pertenecían de súbito pero también el cáncer llegaba a ser posible junto a ti. Parecías ser el niño más triste. Mirabas a un lado de la calle y te atropellaban los coches. Pobre bastardo, hacían contigo en la era un poco de todo: fútbol sin balón y manzanas reinetas. ¡Cómo te amaban los ñuberos así!

Poema del aparecido

Después qué importa.
Me vestirán de nuevo con el traje
de la risa que se lo llevaba el humo,
habrá rostros contritos
y algún cigarro sin terminar
bajo mis pies helados.
Lo mismo que la vida.
Me derramarán palabras sin sentido
y allí todo habrá acabado.
Nunca más los colores
que uno no se acostumbra a perder
en los ojos de las otras,
lo mismo que la vida.
Si acaso, un niño ya mayor
un poco llorará sobre mi frente
y ya nadie diga nada.
Un avión de juguete, un barco.
Y una bolsa con cenizas.

El poeta remite a su amada…

EL POETA REMITE A SU AMADA CORCÍSIMA UNA TREMENDA REFLEXIÓN QUE NO PUEDE SER VERDAD
(A IMITACIÓN DE ASDRÚBAL JORGE DE LAVIANA)

Más te valdría no haber divisado esa sombra.
Incautos y veloces asesinos te arañarán los ojos
rodeada de luz, descubierta de par en par a la cordura,
inerte como una réproba sentencia que se olvida
y después se desvanece en el tiempo abultado.
Ahora ya estás en lo profundo de la tarde.

El que todo lo ha visto, ese dios de ceniza
saliendo del baño en un rosa albornoz, mide tu silencio.

Grandísimo ladrón, le dices tibiamente a la cara,
una no puede quitarse los pantys sin que tú
abras la puerta y dejes marchar, espantado, al gato.
Pobre mujer que ahora tose y enloquece.
En la vieja foto la niña que aún eres juega con su tío,
tan a sus anchas el mundo que esperaba,
o no era eso lo que tendría que decirte.
No era tampoco el aliento del tahúr deforme
ante tus brazos, que te quiere, grrr, menuda melopea…

— Para la estudiosa María, cuyo mayordomo yace en el rabanal y sin abrigo.

 

El anochecer es un taxi negrísimo

.
Fragmento del poema VIII de Cáncer de invierno. Vídeo y voz de José Domingo Gutiérrez.
.
(..…)
El anochecer es un taxi negrísimo
que asoma en la calle del Medio y es Obdulia
desnuda y dormida, soy yo si permanezco solo
mientras el mundo o su nostalgia acaba.
El contacto con cuanto es fugitivo arde en la boca
como si tuviera prisa por pasar el tiempo,
otros hombres hasta aquí venían a curar
su sarcoidosis.
Qué astuta elección si crees suficiente
desdramatizar tu afán por perdonarlo todo,
tu mejoría cuando el sol
seca tu frente de pensamientos voraces y difíciles.
No serás nunca el suicida que se sumerge con su idea
en el cieno absurdo de la noche y no mira su rostro
que le dice, no, no debes volver.
.
Cáncer de invierno

Tres fragmentos de “El silencio”

XXIV VACÍO DEL CUENCO

Era niño y alguien me preguntó:
¿qué quieres ser?
y yo no dije nada,
pues lo que yo quería estaba
fuera de mí;

quería ser
silencio de campana, llano olvidado, vacío del cuenco,

pero el mundo
podía darme ángeles, no alas.
.

XXXVI DE LA NECESIDAD DEL HOMBRE Y LO DEMÁS

El mirlo gorjeando en la acequia. Libros de páginas
de polvo.

Y no el canto del mundo, canto ensordecedor
de la guerra del mundo.

Si uno contempla el mundo,
le parece que lo natural es el mundo, que lo sublime
es el mundo,

pero si uno lo contempla de nuevo
a trasluz, si uno lo mira
ajeno a su deseo,
ya no hay duda.

Sea:
celeste la cuenca de mis ojos, marina sea mi piel,
nocturno
mi esqueleto.
.

LXI

Caballos, aguas mansas. Aguas, algas, caballitos de mar,
príncipes. Dejaré la zarza, los espinos, me quedaré aquí

[siempre.

.
Salvador Negro, “El silencio”, LápizCero ediciones, Madrid 2014

Tierra de invierno

XV

Ten cuidado,
la flor de invierno es intensa y la luz fría
hiere como la picadura del espino.

Antes de que ella intuyera su muerte
yo vi escrita en sus ojos la tristeza.

Después vino un desconchón,
una grieta,
un crujido,
un cristal roto por el viento de marzo.
Y resistía el cuerpo sin queja,
sin sonido,
sólo en sus ojos la tristeza
verde y húmeda.

Endurecido por el hielo,
el cristal helado de mi pecho
no quería mirar,
ni ver,
ni oír,
pero mi madre herida por la flor de invierno
resistía con una nueva brecha
blanca,
invierno,
intensa
y triste.

Y sólo yo sabía de la herida del espino y del recuerdo.
Y la vi aquella tarde anochecida
mezclada con las sombras,
recordando deprisa.

Vi entonces que la muerte era larga
porque aun tenía el invierno más noches y más hielo.

Vi entonces que la muerte era dolorosa
como los antiguos caminos de arrieros.

Vi entonces al animal del recuerdo
arrastrándose y creciendo de una tinaja ladeada y vencida,
llena de niebla.
Vi entonces
pero callé,
como callan los hijos doloridos
para rumiar en mí el peso del recuerdo.

.

Elías Gorostiaga, “Tierra de invierno”, Playa de Ákaba, Barcelona 2015. Prólogo de Luis Artigue.

Entrevista en el blog Fisiología de lo cotidiano

.

LUIS MIGUEL RABANAL. LA BUENA POESÍA.
Por Jorge Herrería Franco

“De un solo amanecer se ha de reconstruir la infancia” LMR.

Olleir es un lugar donde todas las cosas devienen como consecuencia natural del tiempo. Como consecuencia también de sí mismo, Olleir –o mejor dicho, Riello- se convierte en la tierra natal de nuestro querido poeta Luis Miguel Rabanal, y no solo en su tierra natal, sino en sus paisajes más evocadores, un lugar donde la inspiración no se disfraza ni se anda con medias tintas, como Luis Miguel, y la ubicuidad del silencio se concentra solamente en los puntos y aparte.

En Riello, León, nace Rabanal un 20 de marzo en 1957. Su espíritu inquieto y su alma inconformista lo llevan a querer prender fuego, al menos eso confiesa, a las diversas instituciones religiosas donde estudió. Con posterioridad, se dedicó a luchar contra el tiempo escribiendo.

No me equivoco si afirmo que su obra, más allá de ser extensa por mero intento de sobresalir, lo es por el simple motivo de que escribir le otorga la vida, porque la palabra escrita es su arma y la poesía su medio. Con veintidos títulos de poesía en su haber (entre edición digital y en papel), se ha consagrado como uno de los poetas contemporáneos de culto españoles, que para muchos –como este servidor-, no es sólo un ejemplo de humildad y belleza, sino que también transmuta en orgullo.

Su obra poética no supone únicamente un intento de escapar del miedo, de mutilar al tiempo o de reposar las escamas del silencio; sino, más bien, un canto vitalista a la niñez, un beso dulce en la frente a la memoria, galvanizando los pesares –es cierto-, pero que con la más cruda de las sinceridades nos desvela sus fantasías. Títulos como Cáncer de invierno, Fantasía del cuerpo postrado o Mortajas, nos hacen conscientes del filo dentado de la vida cuando amenazaba, si podemos recordarlo, con ir en serio.

Elogio del proxeneta –artefacto rosa y narrativo como lo califica él-, y Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza componen su obra narrativa. En ambos títulos, el tiempo como hilo conductor de un fino collar de perlas, las experiencias, las transiciones. Se oyen los ecos de una voz rotunda y virtuosa, la vejez, las nostalgias y el fantasma del pasado que se atañe a nuestras cabezas con tesón, “Ignoro cuanto ocurre alrededor, el nombre del amanecer, las brasas del tiempo.”

El viaje de Luis Miguel por los paisajes de Olleir nos transmuta, nos desprendemos de las pieles grises y secas de la arquitectura literaria para centrarnos en el corazón de unas palabras consabidas, dichas de un modo que nos resultan casi proféticas. Una vida vivida con intensidad y una silla de compañera. Rabanal escribe y guillotina las construcciones de la conciencia y rebusca, remete los dedos en la llaga del espanto y del temblor, para que aprendamos, posiblemente, a respetarlo como a la muerte.

En una ocasión le pedí –a sabiendas de que no le gustan las entrevistas- que respondiese a dos preguntas para todos nosotros, sus lectores, a lo que se prestó amablemente.

Mi persona: Qué supone el deshojarse en ese otoño, la pérdida y el despojo de lo accesorio -lo juvenil- en ese eterno paso del tiempo. Qué supone para ti el comprender que tu vida es esto y no más. Qué supone la madurez, cuántas cosas han de cambiar.

Luis Miguel: A un poeta que tengo un poquitín tratado, me imagino que algo parecido les ocurrirá a los repartidores de butano y a las ya no tan bellas tonadilleras y a los empleados de banca, claro, y a los trapecistas y a las muy fieles servidoras del orden incluso, el deshojarse en ese otoño, como tú apuntas, no le supone más que saber que definitivamente se ha conseguido un punto bastante raro de equilibrio, que no es mucho saber que digamos. La edad, o el intríngulis que encierra la edad, la edad denominada “madura” para más inri, no va a cansarse nunca de repetirnos idéntica cantinela: lo andado hasta aquí andado está y a partir de ahora ya iremos viendo. Por otro lado, la vida no es que tenga el sentido que algunos quieren imponer a fuerza de sobresaltos y decretos, no para mí al menos. Desde mi silla (ella y yo) vamos por libre, que es una forma un tanto incómoda de expresar que no nos movemos en absoluto…

Mi persona: Por qué nos resulta tan dolorosa esa despedida de la infancia, de los tiempos inocentes. Por qué es tan necesaria la soledad cuando decides poner el punto a la juventud y hacerte hombre.

Luis Miguel: En lo que a mí respecta, aún no ha llegado ningún tipo de despedida de la infancia, que yo sepa, y tampoco se confía en que la vaya a haber en las próximas semanas. Acaso porque de tanto abusar de la susodicha, quiero decir, de tanto tirar de ella en mis textos una y otra vez, me he acostumbrado muy ricamente a sobrevivir con la lejana y maravillosa compañía literaria de aquellos años, con su memoria. Cierto que la juventud no es únicamente la ausencia de juicio más ingenioso que se conoce sino también un campo de maniobras perfecto (padecí el servicio militar en Sevilla, en el RACA 14) para irse haciendo uno a la idea de adulto que aguarda con paciencia exagerada comprobar los daños colaterales. Pero qué leches, siempre habrá más adelante tiempo para cualquier cosa. Aconsejo a los jóvenes que tarden cuanto más mejor en abandonar el territorio. Es curioso, recuerdo que cuando tenía 10 años deseaba fervientemente tener 20, cuando cumplí los 20 deseaba seguir con 20 otros 20 años para darme cuenta, a los 40, que ya estaba todo o casi todo más que cumplido. ¿Que qué significa lo anterior? Ni zorra…

Cierto es que Luis Miguel Rabanal, luchador, pensador y escritor ante todo –amigo también- tiene la capacidad de devolvernos con sus letras a la realidad que habitamos, incluso si cabe, a la suya propia –aunque sólo la atisbemos por un agujerito- como un mito que escapa a su presión psicológica. Bien merecida tiene esa calle, Calle del poeta Luis Miguel Rabanal en Riello –o en Olleir-, que le concedieron el lunes 8 de Agosto de 2011, y bien merecido tiene el afecto, el respeto y la admiración de todos aquellos que sabemos apreciar su obra; y que, más allá de sus palabras, apreciamos su persona y la guardamos dentro de nuestro pecho, como un regalo del destino.

I

Yo tuve mi cuerpo encadenado una vez
a la probabilidad de ser angosto,
escasamente numerable y oportuno, fui de súbito
alguien que responde a las preguntas más brutales
con el recuerdo de los días dulces, esos que acontecen
lo mismo que un fulgor nos quemará en la boca.
Pensaba en las palabras asombradas
que el atardecer hacía huir con su chaqueta beige
y bajo los árboles ascendía un musgo amarillento y triste,
una forma más de la pereza,
el cisne muerto de ojos devastados.
Yo siempre creí en mi propia desolación
y habitaba un mundo descompuesto, mostrándome
su sangre o su miseria y construyendo con mis manos
todavía páginas sin rencor repletas de ternura,
pero lo que fue entonces veredicto horroroso
de las noches casi bárbaras
hoy ya ha sido disuelto en el vodka taciturno
de ciertas muchachas amigas de su placer si pasa.
A menudo me digo que enfermar es hermoso.
Quiero ahora encontrar la senda que borró la bruma
de todos los lugares que amaba, el amor
hecho de pie detrás de las casonas como un susto
y al aproximarse a mí su rostro el humo lo desplazaba
a la soledad,
al desmayo de saberse ya empedernido y roto.
Mis brazos también buscaban la saciedad
para vencer las ansias de vivir al margen de la vida,
y crecí dentro de ese engaño.

(Cáncer de invierno, Provincia, León 1998; Premio PROVINCIA)

.

Gracias, Jorge. http://jorgeherreria.blogspot.com.es/2015/01/luis-miguel-rabanal-la-buena-poesia.html?spref=fb

Pedro Montealegre Latorre

LA MUERTE

La muerte no es un fénix, su pico atragantado con cenizas de pluma. No es un barquero por el río cenagoso a cambio de un denario. La muerte no significa morirse de amor, porque Pako Latorre no me nombra ni desmiente. La muerte no es un catálogo de húmeros y tibias, cráneos amontonados en la capilla medieval. La muerte no es una sextina romántica sobre dos enamorados que mojan el amanecer. Yo paso frente a la muerte de puntillas por su altar. La muerte es blanca pero con uñas negras. La muerte, el ying y el yang entre estrellas de cartón y flores de plastilina. La muerte no es una crucifixión. Nadie resucita de la muerte. La muerte hace nido en las cicatrices de los santos. La muerte desespera ante el gemir de un becerro. La muerte es otra santa de este convento, donde el mago que soy pasa con sigilo entre un mundo y otro. La muerte no tiene dientes, y mastica eternamente un bolo sin origen, como si fuera su lengua, pero que no es su lengua. Yo no puedo verla. Ella viene de vista. “Tengo la gracia”, le dije a la muerte, “de leerte por completo”. Ella nada dijo. Siguió masticando, su mirada a los lados, inspeccionando a los fantasmas para darles sitio. Yo le regalé un ramo de peonías, de las que crecen debajo del balcón donde moro. Lo agradece esquiva, diciéndome luego que “no somos nada, no somos nada”. Al decirlo, surgen cochinillos de tierra, nenúfares blancos con el centro amarillo, mariposas de parafina y cédulas de identidad hechas de goma arábiga. La muerte es buena pero yo soy malo, santo de carbón con medias de redecilla. “A ver ardes”, dice la muerte austera, y al decirlo la vida la mira desde el espacio, y cada estrella encierra un feto y una nueva canción.

Pedro Montealegre Latorre (1975-2015)
De su libro inédito «Retrocometa».

Carta de Elvira Daudet

EL HOMBRE DESPOJADO

Es joven, tiene un cuerpo entrenado en las tareas cotidianas de la vida, en los dulces rituales del deseo. Está desbordado de amor por dos mujeres, su esposa y su madre. Además, tiene una amante, apenas clandestina pues presume de ella con sus amigos, con la que practica el amor libre: la poesía. Tiene un talento brillante, un montón de proyectos e ilusiones, esperanzas, muchas esperanzas. Lo tiene todo, cuando una estúpida caída en el pasillo de casa le rompe. ¿O fue un dios demente quien se ensañó con él, como con los héroes de las tragedias griegas, para arrebatarle cuanto tenía?

¿Se atreverá el poeta algún día a escribir cómo fue su estancia, su doloroso trayecto por el vasto territorio del infierno? Quién, que no sea él, podría imaginar siquiera el sufrimiento de sus noches, el despojamiento en vida de su cuerpo joven, el humillante sometimiento al cuerpo nuevo que no reconoce, Prometeo encadenado a un cuerpo inerte que es su tortura. Quién podría asomarse a la desgarradora ruptura del que fue, el que escogió y se llevó a la boca los mejores frutos del huerto, y el que es ahora, el hombre que le odia porque gozó los placeres de la vida de forma casi inconsciente, dejando al recién llegado sin nada, sólo con un tibio rencor. Tal vez un día, quién puede saberlo si él no se decide a contarlo, tuvo la percepción de que su joven cuerpo, instrumento del amor y sus delicias, se alejaba de sí, de que se le escapaba hasta dejarle abandonado en un terreno de nadie, lejos del tacto de la carne amada, de las caricias de su madre, de su hijo. Todo perdido. Todo no, para su mayor tortura le quedó el cerebro, perfectamente engrasado y a punto, aislado como un brillo de la desgastada patena de la iglesia, un punto de luz sobre la torre esquelética de un faro alumbrando la inmensidad del mar, donde resonaban en las noches interminables los ecos implacables de la memoria.

“Aléjate de mí, execrable / memoria, muchacho sin figura”

LA POESÍA SALVADORA

Y entonces, como en los cuentos milagreros que nadie cree, pero que alguna vez suceden para salvarnos en los momentos de mayor desolación, su amante juvenil le dio la mano y le condujo volando a Riello, el protector territorio de su infancia, a reencontrarse con la vida en su intacto esplendor. Quien conozca la poesía de Luis Miguel Rabanal no dudará ya nunca del milagro de las palabras.

Después de Mortajas, el libro más estremecedor del s. XX, en el que Rabanal expone su poética de la desesperación con una sutil frialdad fúnebre que traspasa al lector y le deja congelada la entraña, cabe preguntarse si ¿el libro de su infierno sería necesario? Probablemente no, porque es difícil alcanzar cotas más altas en el dolor humano y la excelencia poética de Mortajas, cuya desnuda verdad nos enfrenta al lado pavoroso de nuestra propia miseria y desvalimiento. Sin embargo, en mi humilde opinión, lo que está claro es que sería un libro único y sanador.

Elvira Daudet

.

Mortajas escan

Un poema de Álvaro Valverde

38

Nada más natural
que un judío de Tánger.

Según Abraham Bengio,
si en este mundo estableciéramos
tan sólo dos categorías,
una la comprenderían los hebreos de aquí;
la otra, los del resto del mundo.

Vinieron de un destierro
para exiliarse en otro.

Comparten con nosotros,
los que allí denominan europeos,
la misma identidad,
igual desgarro.

.

Álvaro Valverde, “Más allá, Tánger”, Tusquets, Barcelona 2014

Tres inhalaciones en La mirada ausente

Rabanal_tres_Inhalaciones_alta
.

Por José Antonio Sáez Fernández

Tres inhalaciones es el título del ultimo libro de poemas de Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957). Tres inhalaciones necesarias para expandir y relajar las vías respiratorias, a fin de poder realizar esa función tan elemental, esencial y necesaria como constituye la respiración, vital para tantos seres que inspiran y espiran, mientras su corazón golpea a ritmo de sístole y diástole la sangre que circula por su organismo. Tres inhalaciones que se efectúan aspirando el inhalador y reteniendo el aire momentáneamente en los pulmones hasta expulsarlo por la misma boca y la nariz, cuando comienza a ser difícil la retención del mismo.

El libro de Luis Miguel Rabanal es bastante crudo en su conjunto, pero especialmente en su tercera parte: “Un poema de amor”, que versa sobre el maltrato femenino o sobre la violencia de género, si así se quiere. Las otras dos partes llevan por título: “Las luces largas” (la primera) y “Pequeña galería de poetas sin reloj” (la segunda). El poeta de Riello hace uso aquí del fragmento o de una poesía fragmentaria, corriente formal de la lírica española actual que cuenta con bastantes seguidores, tanto entre los poetas practicantes como en los lectores que saben apreciarla.

La primera parte del libro: “Las luces largas” está compuesta por un conjunto de poemas que constituyen a su vez, y según mi modesta intuición, un conjunto de percepciones sensitivas y cognitivas las cuales bien pudieran corresponder a las de una persona que ha sufrido un accidente de tráfico y no por ello deja de experimentar en su propio cuerpo y elaborar en su cerebro esa serie de sensaciones y percepciones a que me refiero; las cuales, en mayor o menor medida, contienen una buena dosis de carga conceptual y constituyen todos y cada uno de los textos integrados en esta gavilla inaugural del poemario:

Extendido, el cuerpo/parece menos artificial/que de costumbre./Colman la carretera/sombras reservadas/y árboles añiles. Apura/ahora el corazón sus/penúltimos latidos. Las/manos no responden,/aún no han descubierto/su teatro. Duele la/garganta de tan poca/y tan poca reticencia” (p. 12).

Pareciera como si el herido en el accidente elaborase un dictado de esas sensaciones y percepciones desde el momento en que este se produce, hasta el instante en que llega el auxilio en carretera, pasando por el dictamen de los médicos sobre su estado. Y en el transcurso de ese proceso, el poeta elabora un discurso esencial y depurado, fragmentario a veces y en ocasiones roto de cuanto procesó en su memoria sobre aquellas horas de dolor.

La segunda parte, “Pequeña galería de poetas sin reloj” está constituida, a su vez, por una serie de envíos a distintos poetas, algunos españoles y otros extranjeros, que seguramente deben haber sustentado la formación poética de Luis Miguel Rabanal o, en su caso, haberle ayudado a entender el mundo. Así: Efraín Huerta, Rosal Chacel, Jaime Gil de Biedma, Anna Ajmátova, Victoriano Crémer, Pablo Neruda, Auden, Cernuda, Álvaro Mutis, Cesare Pavese, etc. Son textos de mayor extensión que la que exigen los poemas fragmentarios, los cuales se incluyen especialmente en la tercera parte del volumen, y que poseen un lenguaje muy elaborado y depurado, con un bien marcado ritmo y de los que disfruta con mayor sosiego y claridad el lector. Y ello porque el poeta nos da esta tregua intermedia para volver a golpearnos duramente en la tercera parte del libro: la de los poemas propiamente fragmentarios, que como ya anuncié lleva por título: “Un poema de amor”. No se trata, en verdad, literalmente, de un poema de amor sino de desamor, y afronta uno de los desgarros sociales más dolorosos de nuestro tiempo: el de la violencia de género, todo un viacrucis para quien la padece o la ha padecido. El lenguaje aquí se hace áspero y arrojadizo, hiere como una piedra en el rostro y como una cuchillada en las entrañas. El verso se recorta hasta quedarse pendiente de un hilo en el abismo. Todo un aldabonazo y un redoble de conciencia.

El poeta de Riello, residente en Avilés, da muestras así de una extrema sensibilidad hacia un problema lacerante, especialmente para la mujer en la sociedad del siglo XXI, el cual termina, con demasiada frecuencia, en tragedia. Estos son los versos con que concluye el libro: “pégame duro da igual/ya no siento nada debo de estar muerta” (p. 102). Se alternan aquí, en un doble lenguaje, textos de vocabulario coloquial y realista, en los que se recogen las expresiones y situaciones que engendra la violencia de género propiamente dicha; o bien y a través de la voz femenina predominantemente dicha; o bien a través de los improperios de la voz masculina, con otros de un lenguaje “justificativo” en donde se intenta reproducir, no sin cierta ironía en ocasiones, algunas de las posibles excusas del maltratador.

Por todo ello, Tres inhalaciones es un poemario que, por su dureza y necesaria radicalidad emocional, por su hondura y sinceridad, por su desgarro y por su verdad impacta al lector; no pudiendo dejar ubicado a nadie que se acerque a él, con generosidad y amplitud de miras, en los aledaños de la indiferencia o el escepticismo.

(Luis Miguel Rabanal: Tres inhalaciones, Amargord Ediciones, Col. Helado de mamey/ Punto verde, Madrid, 2014, 108 pp.)

.

Gracias, José Antonio. http://lamiradaausente.blogspot.com.es/2015/01/tres-inhalaciones-de-luis-miguel-rabanal.html

En Lluvia de palabras. Antología de poetas avilesinos

antología Avilés

Las Meanas

Se acerca a la calle y el frío embrutece.
Rostros aterrados que en silencio miran
llegar y avivarse el miedo.
Ya nada es como entonces,
pide a la soledad tesoros para soñar
que alguna vez sí tuvo cerca el paraíso.
Lugares que abandona
y lugares que abomina.
Poseído de un pesar extraño
se atreve a maldecir, para mi cuerpo
la delicia, dice.
Un parque ahora entre las llamas
y adolescentes que lo insultan.
Abre su silla camino del dolor
y espera.

.

Plaza del Vaticano

Plazas desiertas y calles en penumbra,
desde su ventana el joven
amasa el mundo con fiereza
y lo viste a su medida sin consuelo.
De sobra sus ojos reconocen
todo el fulgor
y el poblado reino de su ansia.
Mañana volverá a contemplar,
pero ya muy triste,
la acera donde ella acariciaba a otro.
Será viejo su mundo
y su mirada es turbia.


Algunos textos de mi participación en “Lluvia de palabras. Antología de poetas avilesinos”, Ediciones Nieva, Avilés 2014

Argumento del poema

El hombre se encuentra sentado frente al abismo
y escribe en su cuaderno palabras de deslealtad,
palabras que él bien sabe le confesarán la vida.
Tose cada poco y de su mano, temblorosa
y una noche lasciva, nacen ahora gestos
terribles y frases encantadas, quejas del pasado
vendidas a un postor hermoso, líneas que congregan
almizcle y rosales, el amor y las cinturas
de muchachas irremisiblemente extraviadas.
El hombre cree aún que el poema es su reflejo
más fiel, el laberinto que ha de transitar
de puntillas, a solas con la efigie que confunde.
Pero no es verdad, un poema es lo desarropado
del que sueña con celebrar el día de su muerte
sin vestirla y se abraza al caos de la noche
y ama desde entonces a su antojo
la posibilidad, la necedad, el bruto y triste signo
de su escritura que es tormento porque sí.
Hay un hombre también que calcina sus manos
en el mismo poema que copia de aquel otro.
Es tarde y se cierra el cuaderno que no sirve
sino para alumbrar radicalmente las huellas
que huyen, los ojos agrandados y tenues,
el deseo iracundo de los hijos o la ternura
casual que dictan sus palabras.
El poema, no se sabe por quién, comienza
a ser escrito: No volver jamás, no tener
que recordarlo en mi corazón que es un demente.

Mortajas en Trianarts 2

Mortajas escan
.

Llueve inmensamente,
como en los días útiles.
Cuando el desamparo era
inmisericorde y te amaban sin fin.

Grabaste el sonido en tu corazón
de las horas mojadas.

Confunde el dolor números tediosos.
Recuerdos de recuerdos.
Nadie ha llegado aún
a entorpecer tus hábitos,
remover el cuerpo para no mancar
lo invisible.

Malditas palabras.

De “Mortajas” (Eolas, 2009)

.

Gracias, Concha. http://trianarts.com/luis-miguel-rabanal-llueve-inmensamente/

En el blog de El toro de barro

19

Amanece deprisa,
la salud
que se escapa
con sus lenguas
muy finas de trapo.
Los vencejos
se han ido,
hay pedos de lobo.
Hay niñas
que sollozan
por nada.
Mira su rostro,
ha visto algo allí
que no estaba
el domingo.
Se cree mayor
porque sabe palabras
antiguas, vulva
y corsarios.

De “Camineros, jícaras, verdugos” (2008)
.
Gracias, Carlos. http://poesia-del-torodebarro.blogspot.com.es/2014/11/mira-su-rostro-de-luis-miguel-rabanal.html

Un poema de Elvira Daudet

LA ÚLTIMA PASIÓN

No recuerdo el peso de su cuerpo,
he olvidado el tacto de sus ardientes manos
propagando el incendio en mi carne olvidada,
después del tiempo de otra.
No recuerdo el sabor de sus besos,
su sanadora lengua desclavando los labios
del sexo anestesiado por la ausencia;
los ríos de saliva preparando
el cauce fértil para sembrar hijos,
antes de irse de nuevo.
Ya no me acuerdo de él ni cuando sueño.
Ahora sólo es ella la dueña de mi cuerpo
y viene con frecuencia a recordarlo.
Mi amante es concienzuda en su ritual:
aparece de noche, con la luna de leche,
siempre sin avisar,
vestida con ramas de cilantro, su perfume
se expande por la alcoba del invierno
–mi dama es invernal con preferencia–,
me desnuda y con su lengua bífida traza
un preciso y oscuro itinerario
que divide mi cuerpo en parcelas exactas,
doliente mapa de la cruel batalla, a muerte.
Una noche es el páncreas el que extrae con pericia
y su boca glotona engulle lentamente,
mientras gimo; otra es la golosina de un riñón.
Siente predilección por mi garganta
y desde ella, sus solícitas garras
descienden al pulmón –hay margen, tengo dos–,
y el indefenso corazón late asustado.
Me estoy acostumbrando a este amor caníbal
que me devora viva y acabará conmigo:
a mi edad es difícil
vivir una pasión, si no es con ella.

.
Elvira Daudet, “Antología poética (2012-2014). Poemas inéditos”, Lastura, Toledo 2014. Al cuidado de Isabel Miguel.

Poema del cansino

HABRÍA QUE INVENTARLO otra vez,
el tiempo.
Escribirlo de golpe
en las paredes derribadas
del cariño,
infinitamente odiarlo pues se fue
sin nosotros.
Deberíamos partirle el corazón,
llorar su orgullo con recelo
para siempre.
Nos engañó el cobarde,
olvidaba las promesas que juramos
y las esparció al viento
helado de febrero,
lejos de Olleir.
Ahora quién nos abrirá la casa
cuando la melancolía,
también ella, no pueda
recordarnos.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 106 seguidores