En el blog Asperezas

Amor líquido en carpetas amarillas

Se trata solamente de crear otra voz:
la voz ausente dentro de las cosas.
ROBERTO JUARROZ

El coño de la Bernarda se erizaba los lunes al atardecer con una grandeza digna de admiración, o eso decía el subteniente retirado Urdiales cuando acertaba a enlazar algunas palabras después de aquellos bebedizos de las once y treinta y dos. Ahora bien, lo que no acababan de comprender medianamente los recomponedores de huesos de la zona oeste de la villa de Séliva era que el verdadero coño de la Bernarda gozaba de vida propia, se derretía como cualquier coño de la sin par y gloriosa plazuela de San Ginés pero giraba sobre sí mismo y daba gusto oírle gruñir: ya vale, ya vale, ya vale, que ya vale. Corrían rumores, sin embargo, de que no quedaría mucho tiempo para continuar con semejante paparrucha, tres semanas más a lo sumo y el coño de la Bernarda sería enclaustrado para siempre en un séptimo piso sin ascensor, y sin provecho.

El chico de los recados jactanciosos jamás regresó a la trastienda de su primera vez, no por falta de ganas o de tiempo sino porque Chu F., el sastre del emporio del quinto derecha no le habría dejado pasar más de lo justo, muéstrame antes esas manos sucias, perillán. Nunca fue fácil ni cómodo trabajar con tantas peleas a escondidas del público tasador de telas estampadas porque entre otras razones a considerar sus trifulcas no eran a escondidas y las señoras de R. y Olivares, ambas prepotentes, estúpidas y flojas, se pavoneaban entre risas y bostezos en la calle de atrás de estos asuntos nimios de las sedas rebajadas de Shanghai. Alguien quiso verse morir desterrando de sus ojos la serenidad y el mal aliento pero se quedó sin ganas, atragantado de uvas secas. Alguien como él quiso morirse de otros males medianamente pasajeros y se abrazó a su sombra, como perro guardián bajo el agua helada de la lluvia. El chico de los recados jactanciosos jamás regresó a la trastienda de su primera vez, ay.

La muchacha del segundo, Martita, le preguntó a Montoto, el amigo de los gatos, si no vio algo anormal en la escalera del octavo, la del hombre misterioso del termo, los días en que a ella le había sido imposible personarse ante la presidenta de la comunidad de propietarios San José con las carpetas usurpadas. De todos era sabida la historia escandalosa de corpulencia y desdén de Gerard y de Conrado, pero la de aquel hombre rozaba el murmullo, aunque no el murmullo acostumbrado, se sobreentiende, sino que la depravación y el sinsentido atrás no se quedaban. Una tarde, la tarde más tórrida de aquel mes de julio, se le creyó culpable de pronunciar las palabras precisas, las que no quieren herir, las que quieren herir, las que hieren al cerrarse las puertas con rayitas del cocotero en el cristal nevado. Te odio, Genoveva. Y se sucedieron desgracias como rostros que arden después del amor, y hubo lágrimas azules como goterones de semen depositados cuidadosamente sobre las faldas de la mesa camilla del recibidor de la portería de Alberta, la asustada. Por lo demás, pobrecito el Larkin.

La polla de Serafín no era notable, era muy notable, y eso que el pesar se viste de dama desolada y el amor, en tales casos, se esfuma de repente cuando menos lo esperan los operarios soldadores del turno de las seis, porque no olvidemos que el sopor de las damas es un tórrido cuartel para los abrazos menos necesarios: si tú me das, yo te entrego la decencia y, si me apuras, el enigma. Haría falta contar por los dedos las sensaciones, las conocidas y las menos conocidas, para un desarrollo exacto de cuanto sucedió en el colorista rellano de Heriberto minutos antes de toparse Ariadna con el dueño de la polla. El hilo musical atronaba como de costumbre y en el sofá de cuadros se sucedieron estampas costumbristas del tipo buenos días nos dé Dios. Seguramente que afuera, en la calle oscura, la gente argüía razonamientos bajo la sospecha del temor, y no importaba. Los dos, sumisos hasta el letargo y el ahogo, se cogían de los pelos, se anudaron los brazos y las pelvis en cabriolas contundentes hasta que la morriña les exigió firmeza y les obsequió con dos chupitos de negrura.

Se trataba de cubrir en el mínimo tiempo posible una distancia no menor de mil pasos para caer rendidas en los brazos del sátrapa Lorenzo, el que mejor pensaba en voz alta de Logroño, así como el que mejor besaba sin lengua, no lo vayan a echar en vaso roto ustedes. Dispuestas estábamos las cinco a ser vilmente seducidas por cualquiera que pasase a nuestro lado y pasó él y se nos desgarraron las carnes blandas como si un motorista rubio, ya me entienden. Pasó él y se nos quitó el hipo y el miedo, y a María José se le quitó una gripe aviar que le rondaba desde hacía unas semanas. Allí erguido, el muy presuntuoso, qué bello era sobrevivir con el Loren engatusando al personal desde su ático, haciendo para ti, entre los muslos, unos jeroglíficos incandescentes que mejor omito de la intriga. Vanessa, Tremendina y Carmen Luz no se portaron nada bien cuando decidieron abrirse de piernas en la Calleja del Marqués, o era de los Cuernos, no recuerdo ya, y solucionaron su porvenir de ese modo tan ridículo. En cambio, yo, la resabiada del grupo, me negué a caer en la trampa de aquel hombre. Y también Monique, pero fue solo al principio.

No había escapatoria, la muchacha salió de estampida de su cuarto y la luz de la terraza se confundía con las ganas de hacerle daño a la soledad: anda, otro rasguño de recuerdo, cari. Adentro, en la habitación fantasmagórica, el frío acondicionado no ayudaba en absoluto a recoger del pudor braguitas, pelucas azules y pulseras, ya iba siendo hora de que el tropiezo de anoche se borrara de su bloc de notas con una tinta tremendamente desigual. Los labios de aquella chica extraña, los pezones de aquella chica extraña, los lunares de aquella chica extraña, los brazos abiertos de aquella chica extraña. En su memoria aún se representaban escenas amables de cuando fue feliz, pero feliz sin ceremonias preliminares que lo único que añaden son fracturas del candor y vértigos malsanos. El amor no sabe de sandeces o lo que es lo mismo, bien mirado, el amor es una estupidez y la nostalgia un coño cerrado a cal y canto.

Luis Miguel Rabanal, 2014

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Gracias, Pepe. http://pepepereza.blogspot.com.es/2015/06/amor-liquido-en-carpetas-amarillas-luis.html

Hay un verano que buscar…

Hay un verano que buscar
en los momentos de mayor lucidez,
cuando algo termina.
Así los días que el amor incumple
a rajatabla.
Se viste con despojos,
es feliz a su manera tan triste,
se posa en su boca como una avalancha
que destruirá una noche,
si se atreve.
A partir de ahora el poema
abreva de su aliento,
arranca su corazón hasta agotarlo.
Nada es preciso,
hasta que alguien sin querer lo colme.

Tres inhalaciones y Ana Martín Puigpelat

Rabanal_tres_Inhalaciones_alta

ACEITES SANTOS EN LA MANO DE RABANAL
O QUÉ DECIR QUE NO SE HAYA DICHO YA DE SUS
TRES INHALACIONES

Una reseña o una interpretación. Una interpretación, lo subjetivo, esa parte del pensamiento.

Así que vamos a lo objetivo:

Tres inhalaciones de Luis Miguel Rabanal, publicado en la editorial Amargord, es un libro importante, fundamental, absoluto. Si usted, lector, se lo pierde, tiene un verdadero problema.

También es objetivo que Luis Miguel Rabanal es un grande de nuestra época, algo ya incuestionable. Y en este su último libro, el poeta nos demuestra la amplitud de sus registros, su capacidad para moverse en cualquier estilo sin dejar de ser no sólo correcto sino insuperable. Pues no sólo se limita a hacer del poemario tres partes bien diferenciadas en su temática sino que además cada una de ellas mantiene un estilo bien definido y bien distinto entre sí.

Ahora lo subjetivo, es decir, mi lectura:

Cultura es tradición y la nuestra judeo-cristiana se asimila a la Iglesia católica y sus cosas. Su simbología, usada en su justa medida, amplía el panorama absurdo de lo que debería ser siempre la poesía.

Según la RAE, inhalación no sólo significa aspirar, también supone soplar en forma de cruz sobre las ánforas de los santos óleos al consagrarlas.

La primera parte de libro, Las luces largas, arranca con una cita de prensa acerca de un accidente de tráfico. Poemas de un solo cuerpo. Cuerpo despertando de sí mismo. Primera persona. Ese volver a nacer, acomodar el ser a una nueva dimensión. Equivaldría a ese aceite que se recibe en el bautismo.

La segunda parte, Pequeña galería de poetas sin reloj, se compone de poemas con vocación de río, de verso largo, de estrofa definida. Poemas antecedidos por títulos en los que se nombra a poetas incuestionables y también por una cita de cada uno de ellos. Poemas que van intercalando pensamientos o aseveraciones fantásticas acerca de los/las poetas con otros en los que en una especie de plano secuencia aparecen cuadros definidos. Equivaldría al segundo aceite que se utiliza en las consagraciones de personas u objetos. Y eso es esta parte, la consagración de los poetas a partir del nombre de los que fueron y siempre serán.

La tercera y última parte, Un poema de amor, consta de poemas breves, una suerte de diálogo entre acción y reflexión. Si la poesía se jacta de lo no dicho, en este caso el poeta vuelca todo aquello que queda en penumbra o entre líneas, todo aquello que no se dice. Es la parte más dura o difícil de leer. Una historia de maltrato, violencia de género, dolor… Equivaldría al tercer aceite, al que se dispone para la unción de enfermos. Enfermos graves, susceptibles de morir. Pues de una historia de enfermos nos habla. Quien llama amor a la violencia, a la posesión es alguien aquejado de una severa herida.

Vuelvo a lo objetivo:

Tres inhalaciones es un libro imprescindible para la poesía actual tan poco necesitada de “ombliguismos”. Una estupenda muestra de esa obra en proceso que en cada nuevo libro nos sorprende más y más. Luis Miguel Rabanal, maestro de sí mismo.

Ana Martín Puigpelat

Olga Orozco

Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento,
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del [zodíaco,
si no logran volar.
No son bases del templo ni piedras del hogar.
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,
remotos como dos serafines mutilados por la desgarradura del camino.
Son mi pies para el paso,
paso a paso sobre todos los muertos,
remontando la muerte con punta y con talón,
cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar y corre junto a mí.
Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos,
marcados por el hierro de los diez mandamientos:
dos mártires anónimos tenaces en partir,
dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella más,
apenas descifrable entre los remolinos que barren el umbral.
Pies dueños de la tierra,
pies de horizonte que huye,
pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del guijarro:
dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los huesos del presente,
dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido
que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que avanzo.
¡Qué instrumentos inaptos para salir y para entrar!
Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación bajo mis pies,
después de tantos viajes a la misma frontera.
Nada más que este abismo entre los dos,
esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia adelante,
y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada pisada.
¡Condición prodigiosa y miserable!
He caído en la trampa de estos pies
como un rehén del cielo o del infierno que se interroga en vano por su especie,
que no entiende sus huesos ni su piel,
ni esta perseverancia de coleóptero solo,
ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno retorno.
¿Y a dónde va este ser inmenso, legendario, increíble,
que despliega su vivo laberinto como una pesadilla,
aquí, todavía de pie,
sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del diluvio?

(1974)

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De su libro “Museo salvaje”, Losada, Buenos Aires 1976

Poema (muy poco) quejumbroso

LA RÍA

Agua sucia para manifestar nostalgia.
A las horas precisas el barco
maniobra a nuestro lado con el vientre
repleto de basura.
Al atardecer muchachos estrenan sus condones
y el goce da lugar a un grito
de socorro o de tedio.
Está bien que así suceda,
que nos oculte sus fauces lo invisible,
incluso que el calor mucho nos sofoque.
El que todo lo mira
descubre en su corazón conflictos
y ve al Pedro Menéndez II
perderse en lontananza
cargado de cenizas, como se va su sangre.
La noche cae a golpes en su cuerpo,
y frente a él sucumbe la derrota
vestida de palabras e imponente.

Este cuento se ha acabado en El orden olvidado de las palabras

Este cuento se portada

VI

Al amor le sucede un pasillo oscuro.
No más música para lo que fue el hastío,
sin tu carne
estragada el muchacho va a cumplir su promesa.

El espacio que prolongas, el mediodía sin luz
con que llenar tus bolsillos.
Me evocas a quien, delante del espejo,
contempla la desolación sin pronunciar
palabras.

Eras tan solo el culpable.

 

XXV

Las palabras que un día escribiste,
las que han perdido ya su sentido y las que son
antiguas y a la vez son bellísimas.

Las palabras que merecen ser olvidadas
y las bocas que tan bien pronunciaban
aquel ritmo monocorde,
ya – nadie – más – te – espera.

Las palabras más sucias, las que aún ignoro
cuando estoy desvelado, y las palabras
que traicionan con su ternura y su pánico.
Las que tendrás que callar porque alguien
va a salir martirizado de esta queja.

Las tremendas palabras, las que no están.

 

XLIV

Seguro que alguien desde lejos te ama.
Asomado a su claraboya invisible y con ojos ávidos
repasa con reserva tu piel, intuyes
su calor, maldices su conducta.

Propondrá hacer con tu recuerdo
una hoguera.

.

Gracias, Angelina.
http://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2015/06/fantasia-del-cuerpo-postrado-vi.html http://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2015/05/fantasia-del-cuerpo-postrado-xxv.html
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Portada fantasiagrande

Bizcocho ardido

1
Ella se ahoga por momentos, sobremanera por las noches, se le pone en el pecho una losa terrible y tendría que pararse. Pero ella no se para nunca. El calor y su actividad endiablada, yo le digo que conozco y que, además, tengo el remedio. Qué bruto, responde. Cualquier día su corazón se hará silencio y ya será muy tarde.

La fiebre oscura, el origen de todo el cotarro, el indeterminado origen. Mientras llega lo que tiene que llegar me ocupo de reescribir semblanzas, baratijas maravillosas del hogar, programas para nunca estropearse. Todo menos estar atento y desconfiar de la poblada barba blanca del amigo: cualquiera sabe su procedencia o el interés que le mueve para estar día y noche a mi lado.

Caja de madera basta, pronto será fuego, qué importa entonces.

2
Ayer por la noche recibió su llamada, por si fuera poco la radioterapia desde hace unos días, ahora la quimioterapia. Y a saber después. Se pregunta si el sufrimiento que va a comenzar tendrá sentido, si es que alguna vez tuvo sentido el sufrimiento. Se la imagina en la escalera, si la primera sesión no le sentó demasiado fatal y pudo volver a casa. A lo peor, nada de paseos hoy, nada de Ariegos. Más tarde hablarán si, como dijo ella ayer, puedo sujetar el teléfono.

Ellos se han ido al pueblo a buscar a la otra abuela y a estar al fresco un rato en el porche. ¿Romperá en añicos esta vez el cristal de la ventana por culpa del cañonero de turno y de su balón? ¿Tendrá siquiera balón esta tarde? O seguirá la prohibición…

Más palabras que dictar, más líneas que unir a otras anteriores que en su momento fueron reunidas por la mano boba e imposible del Liviano.

3
Truenos y centellas, montones de agua, es decir, mares bajando por la avenida como en los buenos tiempos. La diferencia es que en aquellos tiempos casi felices tú no estabas en casa solo como lo estás ahora y regresabais los tres de hacer alguna ruta en coche o de esforzado paseo. No es el caso de hoy. Llueve inmensamente, pero temes que de un momento a otro el rayo genere el corte de luz y tu ordenador diga ya.

Mientras tanto, esperas. Si aquí abajo se forma una pequeña Ría tardarán en subir a no ser que se decidan a hacerlo aun a riesgo de que el agua les llegue a las rodillas o un poco más abajo. Nunca hay bomberos en estos momentos, así y todo no es éste el único punto de la ciudad estúpido y baboso. Tú, a esperar. No en vano la tarde de hoy fue ya nefasta desde la primera hora y tu intestino persiste en comportarse de manera fastidiosa. No lo pienses más, no tiembles.

Igualmente esperas hacer la llamada a tu madre que no te cogió el teléfono antes, y dudas, y es triste.

Convalecencia en Remior

ARANCEDO

Por detrás del maizal,
los muros blancos de la casa próxima
y su tejado de pizarra argenta.
Los pastos, el pinar,
el ganado casi quieto
que inclina su cerviz
sobre la tierra con hambre inconsolable.
En la higuera,
el fruto temprano que expande
su olor de almíbar.
La tarde prendiendo la escasa yesca
que no echó a perder la lluvia.
Y a medida que se enfría
la luz final del cielo,
el bullicio en el aire
de un cónclave de pájaros
que me aturden con su alegría el alma.

Así vi desde una ventana el mundo.

.

José Carlos Díaz, “Convalecencia en Remior”, Heracles y nosotros 13, Gijón 2015

Poema desorientado

DE TODAS LAS CIUDADES que creí ver
como un lamento que nadie imaginaba,
sólo en tu cuerpo encontré las calles perdidas
y el licor necesario.
Después vendrían otros cuerpos a soñarme
y a ofrecerme su costumbre por monedas.
Nada ya sería igual.

Las estaciones hoy
han cerrado sus puertas sin remedio.
El viaje hacia uno mismo no termina nunca,
idéntico a la muerte, idéntico a nosotros.
De todas las ciudades, te dije,
me quedo con tu boca,
un largo túnel para esperar la lluvia.
Recuerda entonces que soy débil.

Este cuento se ha acabado en Trianarts

Este cuento se portada

ESTACIÓN DE AUTOBUSES

En el dorso de la mano
camaleones que desisten de satisfacer
la pereza. Un terrón de azúcar
para mirarte a escondidas al bajar
con los ojos resecos
hundidos
del coche de línea.

Ciudad para las úlceras.
Ciudad inclemente
que tarda en advertir la presencia
de quien anota el segundo estertor
a las 10:11 en la pizarra.

Si quisiéramos desmoronar
el olvido y absolver a quien se enojó
con nosotros, si pretendes
hacer como que concluye
lo desconfiado con ella, nadie
va a llamarte cobarde.

En el dorso de la mano
precipicios añiles
que presumimos
allí.

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Gracias, Concha. http://trianarts.com/luis-miguel-rabanal-estacion-de-autobuses/

A la que falta portada

Dos poemas de “Cuando enero fue pasto de las llamas”

OFICIOS DE LA NOCHE

Fue por amor, lo juro, que cambié las derrotas
y decidí entregarme arriando mi estandarte
como entrega el corsario la suerte del navío.

Desde entonces me afano en este duro oficio,
el cuaderno que escribo se alimenta de lluvias,
remansa los amargos silencios de la noche.
No hay manos en la leve escarcha de los sueños
y el dolor se consume en las brasas del miedo.

Junto al viejo sextante dispongo las palabras,
brújula y astrolabio ha tiempo que enmudecen
en el viejo rincón de la sentina.
Abro la puerta a nadie y es nadie quien responde
por el lejano fondo de las tumbas del mar.

Desde la orilla gimen
las alondras del día que se anuncia.

 

FLORES PARA MI MADRE

Como quien abre un día las manos y no encuentra
otros dedos desnudos yacentes en los suyos,
así mi corazón se acostumbró al silencio,
al tañer de la nada frente al tiempo.

Desde entonces vivió con media vida,
creció con media muerte sobre el pecho
y sin ti fue más triste y más amargo
aquel paisaje astroso de asfaltos y neblinas.

.
Juan Ignacio González, “Cuando enero fue pasto de las llamas”, Ed. La Cruz de Grado, Gijón 2015. Prólogo de Emilio Amor.

Corregir el mundo

Los vencejos se han marchado otro año.
Como siempre sucede, lejos de aquí, la vida
es una niña con el paraguas roto,
con la falda de flores entreabierta y una pregunta
despuntando en los labios muy fríos.
Vendrá después la noche a encubrir con su manto
huertos y ventanas, hombres que sollozan
y viejos que casi sin querer se extinguen.
Como siempre sucede, tú ya no estás
para pensar el tiempo
y sin embargo imaginas la fugacidad opaca
de ese instante y desearías volver,
una sola vez más, y adormecerte en la tierra,
yerta o lóbrega algún día, para no decirlo.
Es arrogante tu enfado para rechazar el mundo,
al menos el mundo imbécil que esperabas
ver interrumpido en Valdeluna una tarde.
Como siempre sucede, haber vivido mucho trae
a nuestra boca un amargo sabor de incumplidos
deseos, una muchacha que nos niega sus muslos
y una casa de brasas que deberíamos arrancar
para siempre, hoy, de tal hoguera ofendida.
Qué importa el desvelo del canto del mirlo.

Luis Miguel Rabanal, el espejo sonoro

Rafael Saravia, Juan Carlos Mestre y Alberto R. Torices. Cortesía de José Luís Suárez de Dios.
Rafael Saravia, Juan Carlos Mestre y Alberto R. Torices.
Cortesía de José Luís Suárez de Dios.

*

A continuación se reproduce el texto Luis Miguel Rabanal, el espejo sonoro escrito y leído por el poeta Juan Carlos Mestre el pasado 19 de mayo con motivo de la presentación en Madrid, en la librería La Central de Callao, de “Este cuento se ha acabado”:

Los deseos en modo alguno garantizan que los cuerpos sean reales, se es el que se desea no ser, así enuncia la alta paradoja que vincula las iluminaciones del pensamiento con los vértigos del cuerpo el sofista Vicente Núñez, otro poeta para quien no existió otra verdad que la conducta inestable del erotismo de las palabras, la exageración pasional de los sentimientos afectivos que, con inverosímil delicadeza, llamamos voces del amor. Queridas amigas y amigos, esta reunión en torno a la vida de nuestro poeta Luis Miguel Rabanal no es la presentación de un libro, sino el acontecimiento siempre literalmente irrepetible de un acto de amor.

Desconozco qué tipo de discurso pudiera dar cuenta fuera de ese ámbito de una tarea tal de intensidad como ha sido la del propio deseo que impulsa la súbita redención que contra todo mal supone la obsesiva salud del bien de estas más de setecientas páginas de anhelante luz, de averiguación expandida hacia la radical alteridad de lo otro, del lenguaje como forma material del deseo, del desequilibrio como naturaleza propia de las posesiones del habla. Este cuento se ha acabado es el inicio de una leyenda, el conocimiento ya irreversible de un poeta en la singularidad de aquellas voces que se constituyen por sí mismas en un acontecimiento, la presencia irradiante de sus radicales simbólicos que sobre los turbios horizontes de la sociología literaria son el instante intenso y la iluminación sustancial del relámpago. Ese relámpago del que Gonzalo Rojas, otro renegado en las cumbres del bello error de la locura, exigía como condición de reconocimiento del poeta en el espacio que hay entre los ojos, allí donde solo cabe el pez del conocimiento y la reyerta de luz de lo quemante.

No soy neutral ante Luis Miguel Rabanal, amo su poesía desde hace cuarenta años, lo admiro y quiero, y ni un solo verso suyo me ha dejado nunca indiferente. Su presencia en la ausencia, su desbordamiento en la carencia, han hecho que su vida y su obra conformen un todo indisoluble, una voluntad unívoca de resistencia ante lo que para la mayoría hubiera sido la adversidad y la derrota, y que él, en un sistema de correspondencias solo vinculante con la vibración misteriosa ha reconvertido en resistencia, en un conjuro contra el daño persuasivo, en una obstinada fortaleza vital contra la conspiración de los augurios de la negatividad y la muerte.

Rabanal solo ha sucumbido a la vitalidad, frente a lo real lacerante ha elevado con los balizamientos admirables de su poética un territorio de salvación e identidad, sin duelos, sin lamentos, con la capacidad negativa de un John Keats, con la causticidad de un Nicanor Parra, con la densificación existencial de un Antoniuo Gamoneda. Hay que decirlo, sin eufemismos ni rodeos, Luis Miguel Rabanal es uno de los grandes e imprescindibles poetas de la poesía contemporánea, así sin matizaciones de ningún tipo, no de la poesía leonesa, no de la poesía española, no de la poesía en lengua castellana, no: de la poesía contemporánea. De la gran poesía que traza destino en la sincronía de lo coétaneo y en los desafios del porvenir, de la poesía que nos adelanta los significados de lo venidero y desde la experiencia de la interioridad del lenguaje proyecta su presencia como discurso de la necesidad hacia el territorio de los encantamientos y la eventualidad utópica.

Páginas del coraje, páginas de la decisión y la osadía de la esperanza enfrentada a los arquetipos semiológicos de la enfermedad y del miedo. Páginas “…de quien / cose en su carne frutos / desesperados y crías / de unicornio…”, páginas donde la indagación de la verdad hace de la herida del propio cuerpo ámbito único de revelaciones, país de lo adverso y de lo favorable, frontera entre la búsqueda de la conciencia del dolor y la averiguación material de la condición espiritual de la naturaleza humana. Y digo espiritual porque el tremendo, por intenso y sin dimensión, acto de amor ante el que nos emplaza su palabra, solo puede ser entendido desde la experiencia profunda de una interiorización sin límites de la realidad, aquella que dota de sentido a la existencia, aquella que dota a la conciencia de una intencionalidad transgresora ante el sufrimiento y unifica en la poética una misma manera de sentir, de pensar y de estar en el mundo.

Nada en Rabanal está subordinado a las circunstancias, nada tampoco añadido a lo conforme de la resignación; la suya es una poética insurrecta, inapelable en su potencia creativa, en su capacidad de desafío y relación de autonomía con los interdictos sociales de la globalidad. Ausente de lo distraído, alejado por completo de la comedia de la abundante publicidad vergonzosa, su obra, es decir su vida, ha transcurrido en la soledad sonora del vulnerado, en el margen extremo de lo otro, lejos de la oportunidad, negado a la ocasión, enfrentado a la cuantía del beneficio. Algo iluminante, serenamente tajante, una actitud que maravilla y emociona como últimas desinencias de una ética de la conducta, algo no ajeno a otros asombrosos poetas de su mismo paso generacional en las tierras del frío como son los admirables Tomás Sánchez Santiago e Ildefonso Rodríguez.

Nada añade a la identidad de lo poético los materiales ajenos al carácter de su propio destino: la reinstauración en el sueño de lo pendiente de ser soñado, la voluntad adictiva al desasosiego del nombrar, las inquietudes del habla por hacerse presentes en la zona inaudita de las significaciones. Rabanal es un poeta inmenso como el silencio del que procede la raíz lúcida de su comportamiento verbal, el estrago de los grandes relatos simbólicos de la dificultad humana, de la prolongación de las fundaciones ilusionantes derribadas como la torre por el rayo. Rabanal es un poeta en la extranjería del acuerdo, en las afueras de esa capital corrupta donde desembocan todos los afluentes del autoenorgullecimiento. Su diálogo es el del meditante que cautela una fuente poseído por la gran sed de infinito. Luis Miguel vive de memoria, no de la memoria, pervive en la memoria de esa ancestralidad súbita que se hace presente sobre las erosiones del olvido para dignificar la condición humana, para ennoblecerla, para intensificar con sus interrogaciones las grandes construcciones imaginarias del tiempo de los dioses huidos y la felicidad de regreso a los espejismos de su noche.

Quién sabe cuál de las especies del deseo anima estas páginas y la perpetuación de su enigma. Esta extensa partitura lo es, paradojicamente, de una improvisación. Boca muda de la que brota el habla más locuente. Un lenguaje que se adelanta al fracaso irremediable de toda duración y aspira con una delicada desobediencia a ser el espejo sonoro de lo otro. No de la voz como compensación de las prudentes palabras que conducen al hombre, no la estabilidad frente a las tensiones de las desemejanzas entre lo imaginado y lo presente como Paraíso de la fracturada belleza, el lugar en el que no hay centro, la noche en la que no hay obscuridad, el amor sin corporeidad, el lugar sin lugar donde resuelven su mutua alianza el siempre y el nunca.

Viven en asamblea los poetas amigos en esta inmóvil casa de huéspedes que abre de par en par sus puertas a los ángulos del enigma. “No sé si Lacan o Confucio, pero venía / a decir que menuda papeleta la ecuanimidad / del moderado y la ponderación del intrigante”. Tsvetáieva y Cernuda, Carlos Edmundo de Ory y Cesare Pavese, sombras bajo un mismo disfraz, lo ineludible de lo audible en el coro sin concertar de las cenizas vivas, de los centinelas, de los nuevos hermanos que se derraman sobre los nevados paisajes de Riello como la leche del hervidor.

Son los ojos cerrados los que ven todo esto, quienes han visto la vida hasta desnudar su última verdad invisible. Son los ojos que sexualizan la visión estética de los límites y subvierten la gramática de los comportamientos lingüísticos. Son los rostros modificados por la percepción poética y el imaginario de la narración de la vida: el placer que no es de nadie que no sea pensamiento de su propio y contrario placer, una experiencia interior que deviene en lo que era para Bataille ese “desequilibrio en el cual el ser se replantea a sí mismo y de un modo consciente… el Ser que se pierde objetivamente… el Ser que se identifica con el objeto que se pierde”. Esta es la gran seducción de Luis Miguel Rabanal, lo que seduce como posibilidad de acceder a lo secreto, a la oculta desnudez de lo fascinante, a la visión de las zonas vedadas a la nostalgia de infinito, sin otra razón de la de ser espacio de las revelaciones.

Escribir en Rabanal es desear, retornar más allá de los límites físicos al primer extravío de la razón del niño, allí donde ningún placer estorba y el descubrir carece de temor, el niño emboscado en las palabras hermosas. El niño extraviado en sí mismo, el niño frágil distraído en los cálculos de la música para torpes. Luis Miguel reúne su poesía completa, y su vida queda liberada en estas páginas, la misma conciencia de juego y la misma certeza de pérdida, siempre juntas, siempre al unísono de un mismo énfasis moral regido por las insubordinaciones de la imaginación.

Hablamos de un poeta cuya intimidad vertebra y da sentido a la inestable cordura de su propio silencio, la soledad de la salvación, ser tu solo él conmigo, ser tu otro yo contigo, en las múltiples semejanzas con lo otro. Una poética de la vida que le ha arrancado sus máscaras a los discursos dominantes y a la farsa de las autoridades estéticas, una poética ante la que el conformismo de los límites y los géneros no le cabe sino capitular, ceder ante la evidencia del verdadero rostro de la poesía: un deseo sin parcelas de propiedad, un deseo sin territorios de dominio, una espontánea insumisión a las limitaciones, a lo normativo, a la imprevisible contrariedad de cuanto tiene de perturbador el destino y las fugitivas promesas de la felicidad.

“El enamorado sabe – escribe Tomás Sánchez Santiago – que deja algo en cada cuerpo rozado. Uno sale de un cuerpo con un déficit que nunca sabe concretar. No existe en el amor la palabra luego. Cuando llega este adverbio a pedir cuentas, nos encuentra siempre inermes e inexactos, fuera de los horarios y de las filas sociales de los hombres”. Luis Miguel Rabanal es ese enamorado celeste, ese hombre único y poeta irrepetible, ese amigo para el que no hay ni habrá mayor elogio que el de abrir y leer este cuento que, tengan la certeza, nunca ya se habrá acabado.

Juan Carlos Mestre

Este cuento se portada

Un poema de “Gran Sur”

QUIERO LEERTE POR DENTRO

Quiero leer lo que escribas
cuando eches las cuentas a oscuras,
cuando se descuelguen tus muros, cuando caigas.
Cuando te aniden serpientes en el hígado y la memoria,
cuando ladren mutilados los perros de tu infancia.
Quiero leerte por dentro
cuando bebas en el charco de tus ojos,
cuando rieguen tus zapatos descosidos
los fatigados camiones del alba.
Cuando te abracen tus hermanos
en el humo de la ruina, cuando duermas
borracho de quimeras, vacío de esperanzas.
Cuando vayas dando tumbos, coronado
por los golpes del combate con tu sombra.
Cuando vuelvas a tu casa
flanqueado de silencios, escoltado por extraños
y sirenas de ambulancia.

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Toño Benavides, “Gran Sur”, Reino de Cordelia, Madrid 2014.