Poema indecente

Mira tus labios y dime
quién fue el culpable.
En este atardecer que se derrama
en ascuas sobre ti,
dime dónde está tu pereza
de hombre solitario.
Como en los días tristes
toda la vida verás a tu alrededor
fantasmas del recuerdo
frágiles como el niño que ahora
se sonríe y adustos, a veces,
como la muerte
que hace suyo cuanto toca.
Dime quién te enumeró
la dicha y la desgana.

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Los poemas de Horacio E. Cluck en El orden olvidado de las palabras 2

 

Las ambulancias tendrían
que haber vuelto a medianoche,
como la ferocidad y el instinto de no
irse, mas nada sabemos de quienes allí
cumplen su propósito.
No se soportaban el calor, la ducha indigna
de los martes, o el cieno de los amigos
que se marchan en coches azules
a merodear senderos de la muerte.
Y aún no han regresado
a por sus cosas sucias e inservibles,
vendrán borrachos como ayer.
Qué deberíamos esperar
de quienes no nos aman,
tanto como nosotros los aborrecemos.
Son las sirenas de la desesperación
como cuchillas,
sobre la página que tan bien recuerda
la voluntad sin ganas de abarcarla.

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, pág. 51
Huerga & Fierro, 2017, Col. La rama dorada.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2017/08/las-ambulancias.html

 

Los poemas de Horacio E. Cluck y Carlos Alcorta

 

Después de la publicación de su poesía reunida en Este cuento se ha acabado (Renacimiento, 2017) y de la publicación del libro de relatos La verdadera historia de Montserrat C., Rabanal vuelve a la carga con los poemas de un alter ego, Horacio Estanislao Cluck, en un libro denso y cargado de contrastes como es Los poemas de Horacio E. Cluck, un libro dividido en cinco secciones de las que hablaremos a continuación. La primera de ellas, la titulada «Los constructores de palabras», tiene un alto componente metapoético: «cuenta las palabras que te quedan por decir», escribe en el primer poema del libro, pero qué significa eso para alguien que escribe «desde otro mundo ajeno,/ el de las figuraciones imposibles», acaso porque lo que llamamos mundo real se le presenta al autor, Horacio E. Cluck, inabordable, porque lo que llamamos realidad es un constructo que determina una identidad en precario, subvertida, aniquilada por la fuerza de los hechos. El autor necesita reinventarse, ser otro distinto al que es, pero la inmediatez de las palabras no consigue reconstruir esas formas físicas cambiantes: «Ese soy yo, el que ya no es yo/ y sin embargo se mutila ferozmente/ porque trata de asirte con su cuerpo ajado./ Afuera se oye el trepidor confuso/ de la tarde y él bosteza,/ y tiene miedo». La segunda parte, como la cuarta, se titula «Desnudos». Ambas están integradas por poemas en prosa, un género que es, en teoría, menos contenido que el poema en verso, sujeto a unas reglas rítmicas menos estrictas (aunque, en este aspecto, cada vez más las convenciones tradicionales gocen de menos seguidores) y que tiene vinculaciones evidentes con el poema escrito en verso libre. Estos poemas de carácter narrativo no se limitan, sin embargo, a seguir una línea discursiva lógica. Hay alteraciones rítmicas que nos hacen suponer que lo irracional, la simultaneidad temporal que provoca la ensoñación o cierto sonanbulismo premeditado forman una parte esencial en la búsqueda de un lenguaje abarcador de la experiencia al completo, una experiencia en la que intervienen las evocaciones, las presunciones, las complicidades, los silencios, las imágenes (óleos, fotografías, grabados, fotogramas) y las palabras, palabras que reclaman una forma de mirar, de apropiarse de lo visto: «El poema recurre a tu vestido, te lo quita de golpe como si un leve temblor cerrase tus párpados y azotara tus nalgas con avivado deleite». Me pregunto, sin embargo, si otorgar tanto dominio no será cargar a las palabras de excesivas responsabilidades, aunque acaso esta forma de despojamiento nos conduzca a una realidad más real que la propia realidad. Existen, a pesar de mostrar un título similar, diferencias entre los «Desnudos» de la segunda parte y los de la cuarta. En estos últimos, el amor es interpretado más como un acto físico —aunque esa fisicidad provenga del inconsciente— que como un sentimiento, el amor no se identifica con la belleza sino con un cuerpo al que se fustiga desde unos ojos que no pueden tocar lo inalcanzable: «Algo le ocurre hoy a esta muchacha, velada e irremediable, que no alcanzas a mirar, que se vierte y se vierte y se vierte y se sale, que huye sin ti». Los poemas están compuestos a base de instantáneas que provienen de estratos diferentes de la mente, de ahí que atesoren cierto hermetismo o, por el contrario, ofrezcan una multiplicidad de sentidos que puede desorientar al lector. El torrente imaginativo de Luis Miguel Rabanal es caudaloso y, ya se sabe, no es fácil navegar en aguas bravas. Las dos secciones restantes del libro, «Imploró llamas y adivinos» y «El viaje», están compuestas en verso. Hay en la primera un alegato a favor de las máscaras del yo con las que se presenta ante los demás, en este caso a través de la escritura. El hombre miente, se traviste, es un extraño incluso para sí mismo: «Mientras dura el engaño se viste como ellas/ porque no importa mentirle a la vida,/ ni robarle al olvido muslos ignorados/ sin amor y con furia». El hombre habita en un cuerpo en el que no se reconoce, un cuerpo que se rebela y al que se intenta domeñar en la página: «Hallarán los calcinados restos/ del hombre que ansiaba ser distinto,/ reciente aún su efigie/ en las monedas, y es el odio/ que llega a remedar su desaliño grande».

El viaje que se realiza en la última sección del libro tiene más que ver con lo intangible que con lo tangible. No es un viaje físico, sino mental, producto de esa ensoñación permanente a la que el poeta parece aspirar. «El viajero eres tú/ y la desolación escucha tus latidos./ No, no debes volver». El viajero inmóvil recorre los caminos con el poder de su imaginación. El viajero inmóvil viaja por el cuerpo como quien se interna por las calles de una ciudad desconocida, el viajero inmóvil sabe que el verdadero viaje es el que tiene como destino el conocimiento de sí mismo, porque «El viaje hacia uno mismo no termina nunca».

La poesía de Luis Miguel Rabanal es sensorial y arrolladora, indómita como un caballo desbocado, con una mezcla no siempre proporcionada de intensidad y desesperación. Ese estado de efervescencia poética en que parece vivir el poeta produce poemas que no se sabe muy bien si proceden del inconsciente o de sueños astutamente dirigidos, por eso quizá, una de las mayores virtudes de su poesía, la elocuencia expresiva, colinde en muchas ocasiones con cierta incoherencia discursiva.

Carlos Alcorta

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck”. Col. La rama dorada. Huerga y Fierro. Madrid 2017. Prólogo de Andrés González.

*

Gracias, Carlos. https://carlosalcorta.wordpress.com/2017/07/19/luis-miguel-rabanal-los-poemas-de-horacio-e-cluck/

Niñas, niñas

Estas niñas que rompen a su paso
el sol de las aceras, apenas
despeinadas y grises, suben
a los coches fatalmente sospechando
el ultraje dulce y frotan
sus pechos minúsculos en manos
amigas de papá, qué digo,
estas niñas que juran palabrotas
a la puerta de los cines
y luego besuquearán la lengua
nada aborrecible de Stephanie,
tan ajenas ellas a pasiones
efímeras, más tarde la noche
fragmentará su rostro, llevará
sus piernas a un pub de cuero
verde y allí el amor
se pactará como un tratado
de no mucha agresión, no me dejes
con Ben Webster, recíproca
ternura, no es mi último beso.

Los poemas de Horacio E. Cluck en En un bosque extranjero

 

Ha tomado un libro de la mesa
y lee en voz muy baja, pretendiendo recuperar
la costumbre de hablar consigo a solas
y de contarse mentiras, atreviéndose
a mirar en las páginas gastadas
un mundo que le arrancó una vez las manos.
Dicen que la bruma envuelve el recuerdo
con guantes de charol y vino turbio.
Lee palabras abruptas
como maldiciones, dulces
como muchas noches de deseo impostergable.
—Ese soy yo, el que ya no es yo
y sin embargo se mutila ferozmente
porque trata de asirte con su cuerpo ajado.
Afuera se oye el trepidar confuso
de la tarde y él bosteza,
y tiene miedo.

 

Es uno de Los poemas de Horacio E. Cluck, el libro que Luis Miguel Rabanal publica en Huerga & Fierro.

Uno de los poemas, en verso o prosa, en los que el poeta proyecta su intimidad en un complementario que, entre la distancia y la emoción, expresa su contención ante un pasado de pérdidas y un futuro de naufragios, “la belleza, o su reverso, la enfermedad y la muerte consiguiente, el dolor, el propio dolor de las palabras, esto es, un cuerpo y otros cuerpos”, como señala en el prólogo Andrés González.

El amor, la soledad y la palabra, si no como salvación sí como consuelo.

 

Santos Domínguez Ramos

*

Gracias, Santos. http://santosdominguez.blogspot.com.es/2017/07/poemas-de-horacio-e-cluck.html

Los poemas de Horacio E. Cluck en Filandón

 

El viaje hacia uno mismo no termina nunca / JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ

 

Este cuento se ha acabado fue el título que Luis Miguel Rabanal eligió para el conjunto de su poesía en 2015. En mi reseña indicaba que habría cuento mientras hubiera poeta. Y así ha sido, como lo confirma su nuevo libro, Los poemas de Horacio E. Cluck, trasunto de Rabanal, su otro yo, uno de Los constructores de palabras, como se titula la primera parte de las cinco de que consta el poemario. Al parecer del prologuista, Andrés González, que ha escrito una excelente introducción, en los libros de Rabanal hay siempre «un relato subrepticio», que en este caso es quebrado y fractal, como él dice. Los poemas aludirían a la infancia y los comienzos literarios, recorriendo en las partes sucesivas el descubrimiento carnal y los primeros conflictos vitales para desembocar en «el viaje a ninguna parte», al territorio perdido de Olleir. Sea tal el relato, lo cierto es que Rabanal evita el marchamo realista en favor de lo imaginario, lo borrosamente recordado y brumosamente reconstruido. Sí, a mi parecer, los poemas primeros son un ejercicio de memoria -como lo son todos los del poemario-, el ejercicio de un yo que evoca los otros yos del pasado desde una inmensa sensación de soledad y fiando al poema, si no el consuelo, sí el vertido fragmentario del recuerdo.

Por lo demás, se trata de un poemario de cuidada construcción: las partes impares, que son tres, constan cada una de doce poemas en verso; las impares, alternado, se componen de diez poemas en prosa cada una. Estas llevan el mismo título, «Desnudos», sin duda porque los cuerpos son los protagonistas, y el deseo, la pasión, la carne y el sexo, cantado más bien como algo tormentoso. Lo más llamativo acaso sea la fluencia en libertad de las frases, como movidas por un cierto irracionalismo. En las otras partes en verso la memoria sigue hozando en el pasado. En la parte tercera dos ideas me llaman la atención: la de que nada es lo que parece, de que la vida es engañosa (de ahí que se hable de máscaras, disfraces y simulacros) y la de la extrañeza consiguiente, sea del sujeto, sea de la vida. La parte última incide en un territorio bien conocido, el de Olleir, el de la infancia perdida, y la posibilidad del retorno o del viaje que se resuelve al fin en el viaje hacia uno mismo, que incluye el viaje continuo hacia el amor: «De todas las ciudades que creí ver / …solo en tu cuerpo encontré las calles perdidas / y el licor necesario».

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck” — Huerga y Fierro * La rama dorada — Madrid, 2017.

 

DIARIO DE LEÓN, en el suplemento FILANDÓN, domingo 16 de julio de 2017.
También aquí: http://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/viaje-uno-mismo-no-termina-nunca_1174726.html

Los poemas de Horacio Cluck en El orden olvidado de las palabras

 

Ha tomado un libro de la mesa
y lee en voz muy baja, pretendiendo recuperar
la costumbre de hablar consigo a solas
y de contarse mentiras, atreviéndose
a mirar en las páginas gastadas
un mundo que le arrancó una vez las manos.
Dicen que la bruma envuelve el recuerdo
con guantes de charol y vino turbio.
Lee palabras abruptas
como maldiciones, dulces
como muchas noches de deseo impostergable.
—Ese soy yo, el que ya no es yo
y sin embargo se mutila ferozmente
porque trata de asirte con su cuerpo ajado.
Afuera se oye el trepidar confuso
de la tarde y él bosteza,
y tiene miedo.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2017/07/ha-tomado-un-libro-de-la-mesa.html

Tres de ‘Los poemas de Horacio E. Cluck’ en Hankover


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Soy débil y me entrego a ti
porque estás solo en la madrugada
que se inicia con una explosión de daños,
de caricias que pudieron suceder y fueron
rito que no te incumbe ahora.
Abre tus ojos al pasar la lluvia,
cuenta las palabras que te quedan por decir,
no las que reviste el deseo con brasas
increíbles y cuerpos maniatados,
sino esas otras más foscas
que claman dolor porque se acaba
el tiempo.
Palabras de ternura para denigrar
esta memoria que ata nuestra vida
a un árbol en llamas.
La verdadera soledad escupirá en tu cara.
Estoy cansado, pero besaré tu rostro
cuando llores.

 

El silencio de la imagen
es la trampa que encierra la escritura,
vértigo de la luz haciéndose,
música inocua que escuchamos desnudos.
A partir de ese momento encuentras
en añicos el poema,
es fragilidad y añoranza
del universo que no pretendes obviar.
Sobre tu mano la mano onerosa
del que regresa para escribir su farsa.
Clava en el corazón ganzúas
y duerme en el desván vacío.

 

A la hora exacta de la contemplación,
cuando los búhos son hermosos vigías
de la última noche
y hay fantasmas que acarician princesas
blandas como la podredumbre,
o caballos huyendo de la piel
porque no amanece nunca,
yo escribo desde otro mundo ajeno,
el de las figuraciones imposibles.
Detrás de este reloj se esconde
también el frío.

 

 de Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga & Fierro Editores / La rama dorada, 2017).

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Gracias, Vicente. http://hankover.blogspot.com.es/2017/06/los-poemas-de-horacio-e-cluck-por-luis.html
Aquí también el prólogo: http://hankover.blogspot.com.es/2017/06/los-poemas-de-horacio-ecluck-prologo.html

Los poemas de Horacio E. Cluck en la revista Intercostal

— Imagen cortesía de Pablo García Malmierca

 

El silencio de la imagen
es la trampa que encierra la escritura,
vértigo de la luz haciéndose,
música inocua que escuchamos desnudos.
A partir de ese momento encuentras
en añicos el poema,
es fragilidad y añoranza
del universo que no pretendes obviar.
Sobre tu mano la mano onerosa
del que regresa para escribir su farsa.
Clava en el corazón ganzúas
y duerme en el desván vacío.

 

A la hora exacta de la contemplación,
cuando los búhos son hermosos vigías
de la última noche
y hay fantasmas que acarician princesas
blandas como la podredumbre,
o caballos huyendo de la piel
porque no amanece nunca,
yo escribo desde otro mundo ajeno,
el de las figuraciones imposibles.
Detrás de este reloj se esconde
también el frío.

 

La emotividad, el jadeante discurso
que prueba finalmente estar a la deriva
de tu cuerpo como si fuéramos amargos,
nos reconviene y exhorta
a permanecer rendidos.
Con el viento de octubre
simulando el placer que no llegaba,
nos hace claudicar con entereza
y olvidamos ahora que sucedió
todo cuanto el anhelo nos decía,
bocas solas para garabatear
entrega, despropósito, dislate…

Ya el tiempo obtuvo su esforzada arena
en los relojes y abrigas el desdén.
Si tu cintura no alberga más pasiones
que la risa de un muchacho
cuando goza,
qué linde extraña personificas.
Oscura devoradora de palabras

*

Tres de los cinco poemas que formaban mi contribución como adelanto editorial en el núm. 0 de la revista INTERCOSTAL, mayo de 2017. Editada en Salamanca por Pablo García Marmierca, Ibai Pascual Martín y Nekae Trigo. Colaboran en este número, entre otros: Celeste PF, Ángel Fernández Benítez y Javier Lostalé.

Los poemas de Horacio E. Cluck y José Luis Morante

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ÓSMOSIS

Para que la oscuridad del dolor no se convierta en patetismo declamatorio, su expresión literaria exige una perspectiva. Lo sabía muy bien el poeta catalán Joan Margarit al emplear como clave argumental de su poemario Joana la enfermedad y muerte de su hija; y lo sabe Luis Miguel Rabanal al indagar sobre circunstancias existenciales complejas y compartir la lucidez de su fiebre en Los poemas de Horacio E. Cluck.

En las líneas introductorias de “Humo”, la caligrafía barroca de Andrés González emplea esta expresión: “un poemario místico, bendito, sacrílego también, como debe ser el agua fuera de mayo”; el prologuista también sondea la identidad del protagonista lírico, Horacio Estanislao Cluck, como imagen especular del yo biográfico y su memoria encendida. En suma, una advertencia al lector de que, como en libros anteriores, en su amplia trayectoria poética Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) cultiva una heterodoxia de sombra alargada que transita por las diferentes secciones de esta propuesta lírica.

Desde la voz de un yo desdoblado arranca el apartado inicial en el que encuentra sitio una dicción limpia que desvela intimismo y transparencia. En ella fluye la conciencia de lo transitorio, el hilo débil que nos va acercando a un tiempo cumplido y que requiere hacerse perdurable en el quehacer de “Los constructores de palabras”. Desde su empeño, nace el poema cuyos rasgos muestran fragilidad y añoranza, un discurso emotivo de quien se siente náufrago a la deriva y conoce “el desastre de no pertenecer / a lugar alguno, / como los vencejos de agosto”.

La segunda sección emplea como única forma el poema en prosa. La reflexión difunde una estela de voces en la que escuchamos la transpiración de varias identidades, aunque prevalece una voz femenina asociada al recuerdo y al deseo, un deseo declinante que poco a poco se convierte en soledad vencida, como si el ahora solo dejase sitio a los recuerdos de otra cronología más propicia. La forma se emplea de nuevo en las composiciones del cuarto apartado en el que prosigue “Desnudos” su variada caligrafía reflexiva.

La verdad aseverativa de la derrota requiere un comienzo, la reformulación de una esperanza. Así parece anunciarse en el aserto que aglutina el tercer apartado “Imploró llamas y adivinos”. Porque el amor no basta y el presente despliega su grisura con su magra cosecha de sueños por cumplir, es necesario desplegar. La muestra final “El viaje” establece un claro paralelismo entre el viaje y el itinerario vivencial, en la línea de tantos autores clásicos; los poemas recuerdan el discontinuo gotear de la memoria para dejar estampas adormecidas de otro tiempo, con una geografía cómplice y cercana. Si el cuerpo de la amada es el primer plano del laberinto en el tiempo que permite sobrevivir a la incertidumbre, también se hace presencia la contemplación del propio destino con la mirada del observador que descubre los claroscuros y asimetrías de la identidad. El pasado ha perdido su luz onírica y ahora aparece como expresión de una mentira a la que no se puede regresar; lo mismo sucede con la casa que añade moho y derrumbe a sus cimientos o con las vivencias del discurrir siempre confrontadas con la grisura de la soledad.

En Los poemas de Horacio E. Cluck asistimos a un largo proceso de análisis interior. La derrota invita a reacomodar lo cotidiano y salir al día para buscar al yo trasterrado. Fiel a sus constantes poéticas, Luis Miguel Rabanal despliega intimismo y nos revela esas sombras de arena que duermen en la biografía del yo escindido. En ella se guarda un calor de vida ya gastada, la sensación compleja de haber sido.

José Luis Morante

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“Los poemas de Horacio E. Cluck”
Luis Miguel Rabanal
Huerga & Fierro / La rama dorada
Madrid 2017

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Gracias, José Luis. https://puentesdepapel56.blogspot.com.es/2017/06/luis-miguel-rabanal-los-poemas-de.html

Los poemas de Horacio E. Cluck en el blog Fuego con nieve

portada
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OTRA DEFINICIÓN DE LA POESÍA

Poco después de entregar su producción poetica de muchos años en un grueso volumen, Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977), el leonés de Riello Luis Miguel Rabanal publica ahora Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga & Fierro). Me ha recordado a Rafael Adolfo Téllez y sus Los cantos de Joseph Uber (2011), donde el andaluz creaba también un heterónimo que se desenvolvía en el mundo rural tan bien conocido por el autor. Una selección de los poemas de Téllez, incluidos los cantos, ha visto la luz hace pocos meses en la antología La soledad del aguacero (Renacimiento, como la poesía reunida de Rabanal) con prólogo -volvemos al simétrico reparto geográfico- de Andrés Trapiello y epílogo de José Julio Cabanillas.

Rabanal, que ya había usado a Cluck hacía tiempo, lo recupera en este valioso libro mediante composiciones en verso que no adormece en el previsible ritmo y poemas en prosa que tienen no poco de narrativo, de episodios de una historia. Hay en él una labor de recuperación del lenguaje, también con el uso de palabras aldeanas -cilleros, tenadas, piérgulas, trébede, ganzas, aguzos- que no rescata la arqueología sino que se basta para ello el trapo limpio de la lengua, un tejido, un hilado que crea -y aquí viene esa posible definición, tan sugestiva- la poesía, “araña de efusión esplendorosa”.

Antonio Rivero Taravillo

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Gracias, Antonio. http://fuegoconnieve.blogspot.com.es/2017/06/otra-definicion-de-la-poesia.html

La ría

Agua sucia para manifestar nostalgia.
A las horas precisas el barco
maniobra a nuestro lado con el vientre
repleto de basura.
Al atardecer muchachos estrenan sus condones
y el goce da lugar a un grito
de socorro o de tedio.
Está bien que así suceda,
que nos oculte sus fauces lo invisible,
incluso que el calor mucho nos sofoque.
El que todo lo mira
descubre en su corazón conflictos
y ve al Pedro Menéndez II
perderse en lontananza
cargado de cenizas, como se va su sangre.
La noche cae a golpes en su cuerpo,
y frente a él sucumbe la derrota
vestida de palabras e imponente.

Los poemas de Horacio E. Cluck en La Ciudad Sinnombre

portada
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POSOS

El derviche trenzaba la soledad, construía con su gesto otro gesto invariable, serenaba el contagio y colocaba esponjas impregnadas de colonia con dulzura en tu vientre. Prefieres el regocijo que sobreviene cuando ya no hay remedio: la garganta muy atribulada, magnolios podados en el Parque, nada de color rojo a pesar tuyo en los sueños. Cualquiera podría ser el comprador privilegiado de tu culpa, bajarte la nube y de un solo esbozo imaginar desvaríos. Alguien mima su teclado, se oye desde aquí el leve lenguaje que no acierta jamás, te amaré eternamente, le escribe en el papel invisible. Se apartan por fin como dos enamorados que sufren al unísono el celo asustado del infierno, se arrancan la ropa y suben cada uno sin cesar a su hastío, que es vendaval o que ya no es la usura. Ya no debes al derviche la risa, ahora tu oración es puntual y tristísima, enredas los dedos alrededor de un ínfimo espacio que no obtienes al rendir su tributo. Seguro que sufre, recordará sus montañas más tarde o temprano, si no se lo impides morirá junto a ti. A tu cuerpo le falta la sombra.

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De todas las ciudades que creí ver
como un lamento que nadie imaginaba,
solo en tu cuerpo encontré las calles perdidas
y el licor necesario.
Después vendrían otros cuerpos a soñarme
y a ofrecerme su costumbre por monedas.
Nada ya sería igual.
Hoy las estaciones
han cerrado sus puertas sin remedio.
El viaje hacia uno mismo no termina nunca,
idéntico a la muerte, idéntico a nosotros.
De todas las ciudades, te dije,
me quedo con tu boca,
un largo túnel para esperar la lluvia.
Recuerda entonces que soy débil.

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, Huerga & Fierro Editores, Col. La rama dorada (Poesía), Madrid 2017. Prólogo de Andrés González.

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Gracias, MJ. http://alfaro-laciudadsinnombre.blogspot.com.es/2017/06/los-poemas-de-horacio-e-cluck-luis.html

Los poemas de Horacio E. Cluck y José Antonio Sáez Fernández

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“Los poemas de Horacio E. Cluck” es el título del último libro de Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957), publicado por la editorial madrileña Huerga y Fierro. Horacio E. Cluck no parece sino un alter ego del propio poeta; es por tanto un heterónimo, a la manera que el vate portugués Fernando Pessoa utilizaba otros como los de Ricardo Reis o Álvaro de Campos. Quizás los heterónimos abran posibilidades a la escritura de un autor y permitan decir, con otras técnicas, voces y formas, lo que no parece propio del autor “primigenio”, cuando en realidad, detrás de todos ellos no se encuentra sino la misma persona, desdoblada en distintas voces. El concepto de heterónimo abarca mucho más que el de seudónimo, pues en realidad supone un desdoblamiento de la conciencia del autor, el otro yo. Otras veces, sólo consiste en una técnica más de escritura, como la del “manuscrito hallado”, por ejemplo.

Luis Miguel Rabanal ha escrito un excelente libro de poemas en los que mezcla el verso con los poemas en prosa y, comúnmente, en muchos casos utiliza técnicas más propias de la narrativa que de la lírica; por ejemplo, en lo que se refiere al flujo de conciencia o al monólogo interior; el cual fue llevado magistralmente al verso por Luis Rosales en “La casa encendida”. En sus textos se produce un cambio continuo en la alteridad en el uso de las personas gramaticales, desde la 1ª a la 2ª, pasando por la 3ª, y ello en el mismo poema. No podemos decir con exactitud que los textos de este libro sean poemas narratológicos en sentido estricto, pues lo que se dice contar historias no se suelen contar en ellos, stricto sensu. Más bien son impresiones, llamaradas líricas, punzadas y aguijonazos líricos lo que suele ofrecernos en una escritura más bien fragmentaria, quebrada, significativa y formalmente rota, pero que transmite eficazmente las emociones que interesa transmitir al poeta. Cierto vuelo surrealista hay pues aquí, aunque quizás sea cierto barniz no determinante, porque la palabra y la imagen se han depurado con una eficacia y una precisión poco frecuentes.

“Los poemas de Horacio E. Cluck” utilizan con cierta asiduidad técnicas literarias que han pasado de la narrativa a la poesía, especialmente desde que fueran introducidas en la década de los 60 en la novela española por escritores como Luis Martín Santos en “Tiempo de silencio” o por Miguel Delibes en “Cinco horas con Mario”. El monólogo interior o el flujo de conciencia son recursos arriesgados pero que dotan de modernidad, actualidad e idoneidad al poema. Siendo textos reflexivos y memorialísticos, en cuanto que se nutren de ideas y pensamientos a veces obsesivos, en ellos el discurso del poeta va siendo liberado, se deja fluir en un ejercicio voluntarioso y hasta cierto punto psicoanalítico, que puede resultar extenuante para el poeta. La condición de la estructura fragmentaria de los textos mucho tiene que ver con el estado emocional y hasta físico del autor. En este sentido cabe apuntar la fuerza abrumadora con que el sentimiento erótico apunta en el texto, dotándolos de imágenes de una energía irreprimible y cautivadora, constructiva y destructiva a la par. Una especie de lucha entre eros y tánatos, entre el amor y la autodestrucción. En esa ambivalencia se debate el autor de estos poemas, casi siempre desgarradores, pero en los que también hay lugar para la ternura, la delicadeza, los recuerdos de la infancia o el amor.

Depuración de elementos lingüísticos, por un lado, y construcción personal de imágenes audaces, junto con la brutal carga emotiva que el poemario conlleva, hacen de este libro una obra realmente especial en el panorama de la actual poesía española. Un poemario que no rinde cortesía a otras corrientes en boga, sino que transita por caminos personalísimos de exigencia y rigor. Excelente el prólogo de Andrés González, muy atinado y certero. No siempre un prólogo contribuye a la brillantez de una obra pero, en este caso, lo es.

José Antonio Sáez Fernández

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Gracias, José Antonio http://lamiradaausente.blogspot.com.es/2017/06/los-poemas-de-horacio-e-cluck-de-luis.html

Dos de “A mi indebido tiempo”, de Luis Malo Macaya

No transijas al beso en verso último
de intimidad absorta y absoluta,
sino antes bien de labio a labio deja
un resto de temor y lejanía…

Un resto de palabra y contingencia
hacia un entorno frío que nos duele
ya desde la innegable pena donde
un verso sufre sed o da en silencio.

No duermas a renglón seguido al último
verso puro y aséptico en que asume
el sueño del poeta tu inminencia,

sino que hacia adelante y por encima
de su intimismo cúmplete con él
en toda la agonía de la Tierra.

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NOCHE CON FIEBRE

Inútilmente escritos, ventanales
herméticos en mí se obstinan, tratan
de imponerme a su modo parpadeos…
y yo no puedo más, dormirme apenas
en las cornisas de mis balbuceos
donde fingen estatuas asomarse
a los falsos fantasmas que visitan
los términos que sufren en mi fiebre:
delirios de horas altas muy de noche
no saben distinguir si me distinguen.

*

Luis Malo Macaya, “A mi indebido tiempo”, Col. A la sombra de los días, Santander 2017.