Este cuento se ha acabado en Trianarts 7

Este cuento se portada
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LOS QUE NO VOLVIERON

Se les vio llorar solo una vez desconsoladamente, lo mismo que chiquillas que temen ser decapitadas por el Hombre del saco y acaso de noche. De lejos nos traerían pájaros exóticos, jarrones con un levísimo mar encerrado, nombres sin rímel de mujer y terroríficas brújulas. Él recuerda el color de sus cabellos y la mugre de sus manos, la piedad de sus palabras al decirles adiós y alguna que otra breve extrañeza. Advertíamos cerca de sus cuerpos las botellas de orujo, pero también la renuncia, esa fiel abubilla que anida en la memoria de los ahogados y los tristes, y fingimos retenerlos allí sin rubor. No fue posible. Hoy, tal como se cuenta, descansan muy lejos de mí.

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De: “La casa vieja”, 1999-2002
Recogido en: “Este cuento se ha acabado. Poesía reunida, 2014–1977”
Ed. Renacimiento 2015 ©
ISBN: 978-848472-544-2

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Gracias, Concha. http://trianarts.com/luis-miguel-rabanal-los-no-volvieron/#sthash.864ebsJg.dpbs

Poema incomprensible

PALABRAS PARA OBDULIA

nada
como sucede en los interminables infiernos
de la herida
disuadiendo a pájaros hermosos que te saben y aman
en una síntesis de médulas y cálidos acoples
donde germinar la indiferencia o el sosiego

de sexos y enebros que suscitan
ternura o siestas o llegadas
y sabes quién está al fondo siempre de mis ojos

El afilador

El afilador picaba
a las ventanas del buen tiempo
y se cubría el rostro con saúcos.
Pasó la edad de despertar sin ropa
y sin nadie al lado a quien querer.
Hoy el quejumbroso, el inservible,
abraza a la deriva a quien lo abraza,
se sumerge en su mundo imperfecto
y vive de su paciencia
que es ventajosa y amargamente aturde.
Todo lo demás se llama de otra forma
cruel.

Dos de “La cuarta hija de Rosa. Perdido en Isla Mujeres”

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La caída es confortable, en ningún momento me veo
como una silueta de tiza en la acera.
Según desciendo, una amplia tonalidad de grises
cobra fuerza en el escenario. Los magentas del Prado
y los vivos chillones de la tierra Oz no encuentran sitio
en este nuevo comienzo.
No soy los magentas que me arrastraron al odio
ni los vivos chillones que infectaron de muerte mis manos.
Una nueva acuarela desolla las manos del opresor, las llena
de amor. Desnortado, el impacto sobre mullido me aturde.
Un paisaje gris, gris cotidiano, gris cola de autoservicio,
gris de ni un sitio donde aparcar en toda la manzana.
Gris de facturas e hipotecas. Un gris anhelado solo roto
por el arcoíris cuando las lágrimas.
El amor es un abanico de grises.

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La primera mujer en pisar la luna
se llamaba Rosalía Guijarro,
nadie la recibió con honores, no tiene su nombre en el Hall of Fame.
Tampoco es una heroína ni trabajaba para pagarse la universidad,
sus padres vinieron de México a Florida, eran espaldas mojadas.
Hablaba mal el inglés, no era guapa,
no consiguió el sueño americano.

La primera mujer en pisar la luna se llamaba Rosalía Guijarro,
cuando en los estudios de la Fox dijeron corten
entró a limpiar el decorado de polvo y piedras de cartón piedra.
Le vino la regla, fantaseó con besar a Collins, soñó
que le traía la luna envuelta en papel de celofán.

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Jorge M. Molinero, “La cuarta hija de Rosa. Perdido en Isla Mujeres”, La Penúltima Editorial, Valladolid 2016. Prólogo de Manuela Paso Rodríguez.

Un poema de MJ Romero

1
Diagnosticada la enfermedad, comienza la enfermedad de padecer la enfermedad: la carcoma sin termitas, los besos de la fiebre, el runrún de la noche, la gravedad absoluta del tiempo. Cualquier cama de hospital equivale a todas las palabras que puedas imaginarte elevadas a cero, la unidad reducida a un cuerpo.
Al final entiendo que la vida va rimada con dolor, un dolor inconcluso lentamente.

2
Más allá del desanclaje que desestabiliza el cuerpo apenas sucede nada. El punto de apoyo se desliza levemente, el cuerpo tiembla por saberse en el aire, los huesos se creen a buen resguardo, pero el punto de apoyo levita en la cabeza con desdén de peligro.

Juan José Saer

EL ARTE DE NARRAR

Llamamos libros
al sedimento oscuro de una explosión
que cegó, en la mañana del mundo,
los ojos y la mente y encaminó la mano
rápida, pura, a almacenar
recuerdos falsos
para memorias verdaderas.
Construcción
irrisoria, que horadan los ojos del que lee
buscando, ávidos, en el revés del tejido férreo,
lo que ya han visto y que no está.
Porque estas horas
de decepción, que alimenta la rosa
del porvenir donde la vieja rosa marchita
persevera, no quedarán
tampoco entre sus pétalos,
flor de niebla, olvido hecho de recuerdos retrógrados,
rosa real de lo narrado
que a la rosa gentil de los jardines del tiempo
disemina
y devora.

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EL ARTE DE NARRAR

Cada uno crea
de las pastillas que recibe
la lengua a su manera
con las reglas de su pasión
—y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.

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en “El arte de narrar. Poemas (1960-1987)”, Visor libros, Madrid 2008

Dos poemas de “Bajo la sombra del árbol en llamas”

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LA MUERTE QUE NOS TRAES

La muerte que nos traes
es diminuta y cálida,
sutil y triste
como ciudad antigua,
gris como los tejados de Edimburgo,
como una calle de Coímbra.
La muerte que nos traes
la tengo yo en un puño
y es terciopelo,
y es alabastro,
la muerte que nos traes
es solo un tercio de tu aliento.

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DESVÁN

Es un hueco de arañas, un vacío, un silencio mustio que tiñe las paredes, apenas voces yermas de cal seca y cenizas. Arañando el fondo de los baúles, nada sabe. Desconoce el hastío con que amarillea y desaparece, envuelto en humedad añeja, recorriendo pasillos en ruinas, palpando las piedras. Es el frío que lapida los armarios, el hielo que ocupa el espacio entre los huesos. Antaño, solo un rumor de pies descalzos.

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Ana Martínez Castillo,” Bajo la sombra del árbol en llamas”, Ediciones de la Isla de Siltolá, Col. Tierra, Sevilla 2016

Poema desconcertante

Y QUÉ si en soledad me digo
estar ya condenado
al vértigo y a la carne podrida.
Afuera no llueve aún,
e ignoro hasta cuándo ha de durar
este antifaz del dolor insoslayable,
este dolor que desmerece
con su despaciosa prosodia.
Alguna vez fui el encargado
de lanzar la piedra blanca a la terraza
de alguien que huía de mí.
Ahora no me impaciento
cuando cuentan que todo termina.

Dos poemas de “Gas”

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VECINOS

Oigo a la vecina del cuarto llorar
dios mío grita dios mío
y los tabiques de esta casa son tan finos

puedes escuchar a la gente
roncar discutir hacer el amor
días terribles en los que darías la vida
por disfrutar sólo el silencio

como si se hundiera el mundo encima
así de lenta cae la lluvia
gota a gota
la puerta del patio el ascensor el tocadiscos

todo tan cansino
y lánguido a mi alrededor.

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POESÍA

El único refugio
la única salida

el único lugar
donde acudir

cuando en tu interior
todo está ardiendo.

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Vicente Muñoz Alvarez, “Gas. Antología poética personal 1999-2016”, Lupercalia Ediciones, Alicante 2016. Prólogo de Gsús Bonilla.

En ESTACIÓN POESÍA

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Su cuerpo asustado y mi cuerpo asustado.

El frío de la noche que reposa en su voz como un muchacho triste que jamás regresa al origen inservible de su sueño.

Al marchar se cubre los ojos con la mano que falta, siempre fue así la certeza del que ha perdido la razón buscando afanosamente la tiza del color de la usura.

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El poema inédito de un servidor en el núm. 8 de ESTACIÓN POESÍA, Otoño de 2016. Editada por el Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, la dirección corre a cargo de Antonio Rivero Taravillo. Se reúnen colaboraciones de, entre otros, María Negroni, Nicolás Corraliza, Luis Martínez de Merlo, Karmelo C. Iribarren, Ruth Llana, Adolfo Cueto, Santos Domínguez, José Alcaraz, Javier Salvago, Juan Carlos de Lara, Miguel Floriano…

Dos poemas de “Anna”

Cortesía de Gsús Bonilla
— Cortesía de Gsús Bonilla

HUÉRFANOS

La felicidad era un trozo de carne aprendiendo a gemir, una manada de pequeños lobos hincando sus hocicos negros en ella; poco antes habrías sido parida con toda la liturgia de los hospitales del primer mundo, sobre un rosal. Tu llanto eran espinas y desconcierto; qué hacer en este calvario de sábanas, qué otra cosa que unirnos a la orgía e invocar otro olor a tierra mojada, y esperar la lluvia y permanecer en silencio, abrazados y callados, mientras, llegaba nuestro turno, lento y cansado, como un viejo caracol; descorazado, desahuciado y sin ánimo de nada, arrastrando otra lucha perdida más; desnudo, exponiéndose a la burla, que nos llevó a olvidar a la madre palpándose el pecho hasta dar con el corazón y extraerlo y echarlo todo entero y que sirva de alimento para las bestias.

[Diciembre, 2010]

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Hija, hoy que te han brotado setas en la boca
háblale en pequeño del futuro al magnífico mundo

sin llegar al grito, casi susurrando,
a pesar de las molestias

como quien no sabe
ni quiere

guardar un secreto.

[Octubre, 2012]

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Gsús Bonilla, “Anna”, Ediciones del 4 de Agosto, Col. Planeta Clandestino, La Rioja 2016. Dibujos de Anna Bonilla Ferrero.

Un poema impertinente

EL HIJO del inválido toca su música
y la casa es una sombra
que cobijar donde los cromos.
Ya casi nunca lo llevan a la calle,
y ve cómo los dos
y de la mano
cruzan bajo la lluvia la avenida.
El hijo no sabe aún la tabla
del nueve y desespera.
Es posible que sus mazurcas
también abrasen en la noche,
y que desde la ventana el intruso
los vea llegar.
Con mucha, muchísima alegría.