Juan José Saer

EL ARTE DE NARRAR

Llamamos libros
al sedimento oscuro de una explosión
que cegó, en la mañana del mundo,
los ojos y la mente y encaminó la mano
rápida, pura, a almacenar
recuerdos falsos
para memorias verdaderas.
Construcción
irrisoria, que horadan los ojos del que lee
buscando, ávidos, en el revés del tejido férreo,
lo que ya han visto y que no está.
Porque estas horas
de decepción, que alimenta la rosa
del porvenir donde la vieja rosa marchita
persevera, no quedarán
tampoco entre sus pétalos,
flor de niebla, olvido hecho de recuerdos retrógrados,
rosa real de lo narrado
que a la rosa gentil de los jardines del tiempo
disemina
y devora.

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EL ARTE DE NARRAR

Cada uno crea
de las pastillas que recibe
la lengua a su manera
con las reglas de su pasión
—y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.

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en “El arte de narrar. Poemas (1960-1987)”, Visor libros, Madrid 2008

Dos poemas de “Bajo la sombra del árbol en llamas”

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LA MUERTE QUE NOS TRAES

La muerte que nos traes
es diminuta y cálida,
sutil y triste
como ciudad antigua,
gris como los tejados de Edimburgo,
como una calle de Coímbra.
La muerte que nos traes
la tengo yo en un puño
y es terciopelo,
y es alabastro,
la muerte que nos traes
es solo un tercio de tu aliento.

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DESVÁN

Es un hueco de arañas, un vacío, un silencio mustio que tiñe las paredes, apenas voces yermas de cal seca y cenizas. Arañando el fondo de los baúles, nada sabe. Desconoce el hastío con que amarillea y desaparece, envuelto en humedad añeja, recorriendo pasillos en ruinas, palpando las piedras. Es el frío que lapida los armarios, el hielo que ocupa el espacio entre los huesos. Antaño, solo un rumor de pies descalzos.

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Ana Martínez Castillo,” Bajo la sombra del árbol en llamas”, Ediciones de la Isla de Siltolá, Col. Tierra, Sevilla 2016

Poema desconcertante

Y QUÉ si en soledad me digo
estar ya condenado
al vértigo y a la carne podrida.
Afuera no llueve aún,
e ignoro hasta cuándo ha de durar
este antifaz del dolor insoslayable,
este dolor que desmerece
con su despaciosa prosodia.
Alguna vez fui el encargado
de lanzar la piedra blanca a la terraza
de alguien que huía de mí.
Ahora no me impaciento
cuando cuentan que todo termina.

Dos poemas de “Gas”

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VECINOS

Oigo a la vecina del cuarto llorar
dios mío grita dios mío
y los tabiques de esta casa son tan finos

puedes escuchar a la gente
roncar discutir hacer el amor
días terribles en los que darías la vida
por disfrutar sólo el silencio

como si se hundiera el mundo encima
así de lenta cae la lluvia
gota a gota
la puerta del patio el ascensor el tocadiscos

todo tan cansino
y lánguido a mi alrededor.

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POESÍA

El único refugio
la única salida

el único lugar
donde acudir

cuando en tu interior
todo está ardiendo.

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Vicente Muñoz Alvarez, “Gas. Antología poética personal 1999-2016”, Lupercalia Ediciones, Alicante 2016. Prólogo de Gsús Bonilla.

En ESTACIÓN POESÍA

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Su cuerpo asustado y mi cuerpo asustado.

El frío de la noche que reposa en su voz como un muchacho triste que jamás regresa al origen inservible de su sueño.

Al marchar se cubre los ojos con la mano que falta, siempre fue así la certeza del que ha perdido la razón buscando afanosamente la tiza del color de la usura.

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El poema inédito de un servidor en el núm. 8 de ESTACIÓN POESÍA, Otoño de 2016. Editada por el Secretariado de Publicaciones, Universidad de Sevilla, la dirección corre a cargo de Antonio Rivero Taravillo. Se reúnen colaboraciones de, entre otros, María Negroni, Nicolás Corraliza, Luis Martínez de Merlo, Karmelo C. Iribarren, Ruth Llana, Adolfo Cueto, Santos Domínguez, José Alcaraz, Javier Salvago, Juan Carlos de Lara, Miguel Floriano…

Dos poemas de “Anna”

Cortesía de Gsús Bonilla
— Cortesía de Gsús Bonilla

HUÉRFANOS

La felicidad era un trozo de carne aprendiendo a gemir, una manada de pequeños lobos hincando sus hocicos negros en ella; poco antes habrías sido parida con toda la liturgia de los hospitales del primer mundo, sobre un rosal. Tu llanto eran espinas y desconcierto; qué hacer en este calvario de sábanas, qué otra cosa que unirnos a la orgía e invocar otro olor a tierra mojada, y esperar la lluvia y permanecer en silencio, abrazados y callados, mientras, llegaba nuestro turno, lento y cansado, como un viejo caracol; descorazado, desahuciado y sin ánimo de nada, arrastrando otra lucha perdida más; desnudo, exponiéndose a la burla, que nos llevó a olvidar a la madre palpándose el pecho hasta dar con el corazón y extraerlo y echarlo todo entero y que sirva de alimento para las bestias.

[Diciembre, 2010]

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Hija, hoy que te han brotado setas en la boca
háblale en pequeño del futuro al magnífico mundo

sin llegar al grito, casi susurrando,
a pesar de las molestias

como quien no sabe
ni quiere

guardar un secreto.

[Octubre, 2012]

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Gsús Bonilla, “Anna”, Ediciones del 4 de Agosto, Col. Planeta Clandestino, La Rioja 2016. Dibujos de Anna Bonilla Ferrero.

Un poema impertinente

EL HIJO del inválido toca su música
y la casa es una sombra
que cobijar donde los cromos.
Ya casi nunca lo llevan a la calle,
y ve cómo los dos
y de la mano
cruzan bajo la lluvia la avenida.
El hijo no sabe aún la tabla
del nueve y desespera.
Es posible que sus mazurcas
también abrasen en la noche,
y que desde la ventana el intruso
los vea llegar.
Con mucha, muchísima alegría.

La verdadera historia de Montserrat C. en CULTURAS-La Voz de Avilés

portada definitiva.

CEGADO POR LAS PALABRAS / Fernando del Busto

Más conocido por su obra poética, Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) realiza ocasionales incursiones en el mundo narrativo, como es el caso de ‘La verdadera historia de Montserrat C. y otros relatos no menos imposibles’, larguísimo título para una obra que no aparecerá entre lo más destacado de su producción, reconocida por la calidad de su poesía.

Comparte, eso sí, algunas de las características de sus versos, como su dominio del lenguaje, su inteligencia, fino humor y amplia cultura.

El tema central de ‘La verdadera historia de Montserrat C.’ es la sexualidad, una sexualidad desbordada, procaz como ya ha explorado en otras ocasiones y que recuerda al Cela más vulgar y celebrado («se derretía como cualquier coño de la sin par y gloriosa plazuela de San Ginés», página 23) para hablar y hablar, ocupar páginas sin llegar a decir nada.

¿Acaso es una metáfora de la vida? ¿La forma de expresar la ausencia de sentido que tanto ha explorado en su poesía? Ya que la existencia no deja de ser una broma de mal gusto, anulemos todo relato, nada se puede decir. Sería una posible explicación, aunque más atribuible al lector que al autor.

Sin ningún tipo de sentido se suceden todo tipo de aventuras y desventuras, siempre con un carácter irreal y donde el sexo es omnipresente. Se podría hablar de un esperpento sexual en el sentido más puro de la figura creada por Valle Inclán. Sólo que los espejos del callejón de El Gato son reemplazados por las páginas de Rabanal.

La clave, tal vez, la aporte el autor en ‘Las cerezas de Alejandra’ el cuento que abre ‘La verdadera historia de Montserrat C. «Escribir y escribir para que la vida no canse» (página 14), en lo que parece toda una confesión entre líneas del escritor.

Es decir, escribir sin preocuparse en la narración, por la trama. Barroquismo para jugar con el lenguaje y exhibirlo con el riesgo de salir indemne después de recorrer un campo lleno de tabúes en los que, además, el autor se encuentra muy cómodo.

Así lo demuestra en ‘Las putas de Dios’, título ilustrativo de esos riesgos que le gusta correr y sus latigazos contra las mentalidades más cerradas, en uno de los relatos con una mínima trama.

Con todo, alguno de los cuentos demuestran la capacidad de Luis Miguel Rabanal para narrar, llegar a contar historias, como sucede en ‘La conciencia pactada, a medias’. Su final borgiano merecía unas mejores páginas previas, donde la orgía verbal nubló el buen sentido creador de Rabanal.

Sí aparece en ‘Yo tengo un hijo del Rajoy’. Es posiblemente el mejor relato del volumen. La provocación nominativa sirve para que Luis Miguel Rabanal fulmine la corrección política y aproveche para ironizar sobre los medios de comunicación. Son las páginas más brillantes de un libro y que demuestran el auténtico escritor que es Luis Miguel Rabanal.

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En el suplemento CULTURAS, Libros, de La Voz de Avilés, sábado 10 de septiembre de 2016

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También aquí: http://archipaviles.blogspot.com.es/2016/09/cegado-por-las-palabras.html?spref=fb

Hombres que son como lugares mal situados

Hombres que trabajan bajo la lámpara
De la muerte
Que excavan en esa luz para ver quién ilumina
La fuente de sus días

Hombres muy doblados por el pensamiento
Que vienen despacio como quien corre
Las persianas
Para ver en lo oscuro el primer manantial

Hombres que excavan día tras día el pensamiento
Que trabajan a la sombra de la copa cerebral
Que podan la piedra de la locura cuando aplastan las pupilas
Hombres todo blancos que abren la cabeza
En busca de esa piedra definida

Hombres de cabeza abierta expuesta al pensamiento
Libre. Que vienen despacio a abrir
Un lugar donde amanezca.
Hombres que se sientan para ver una mañana
Que excavan un lugar
Para la salida.

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Daniel Faria, “Hombres que son como lugares mal situados”, Ediciones Sígueme, Salamanca 2015. Traducción de Luis María Marina.

Dos poemas de “Etapas”

portada de Manuel González

INVIERNO

El invierno no dio para más.
Ahora puedo decirlo.
Ahora puedo gritarlo.
Hay infancias con el cielo siempre cubierto
a las que no se asoma nadie.
Hechas de madera.
Sin bicicleta.
Pero algún día,
la mía,
tendrá nombre de mujer.

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ISLAS

Es uno de esos días lluviosos, grises, hermosamente tristes. Espero en la cafetería del hotel Londres. Observo a la gente caminar deprisa, como si tuvieran un sitio donde ir. Enfrente, la isla asoma su cabeza entre la bruma, esperando las primeras luces. Sabe que también llevas el corazón húmedo, y parece decir: toma, aquí tienes la lluvia. A ver qué haces con ella.

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Manuel González, “Etapas”, Editorial Renacimiento, Col. Mediodía, Sevilla 2016. Prólogo de Raquel Lanseros.

Poema tan tan feliz

EL QUE acecha me arroja
su aliento y es la lluvia una mancha
amarillenta a mis pies.
Sin árboles, sin pasos.
Abrazaré a quien me ofrezca
por monedas su deseo,
vomitaré en su boca
lo mismo que el entrometido.
Sin más noche que la tajadura reciente
en su muslo cortado
haré que se arrepienta de mí,
su fiel espejo que mira al otro extremo
por no volverse mío.

Este cuento se ha acabado en Elcuaderno

ElCuaderno_77
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EL ESPEJO Y LAS HORAS / Alberto R. Torices

El tiempo y la experiencia (es decir: el tiempo y el tiempo) dan forma y dirección a la escritura, que así deja de ser lanza que en su vuelo desgarra y se abre paso, para convertirse en romo cayado que nos soporta y acompaña. Toda escritura se perfecciona y consuma en ese recorrido, este movimiento de ida y vuelta: de la impaciencia a la calma, de la arrogancia a la humildad, del ruido al silencio; un ciclo que es el que completan el hombre y la mujer que escriben, que escribiendo se afirman y prolongan, se consuman y agotan. Arrojamos al mundo nuestra escritura y antes o después ella retorna a nosotros. Fiel más o menos, exacta más o menos: igual pero distinta, en fin, vuelve a esa mano que la lanzó y que en la espera ha aprendido a hacerse cuenco, a ser más amable y paciente y otras cosas.

«En el viejo camino de Curueña, justamente en medio de Montecorral, una mano que ahora amo y amé mucho, temblorosa aventará cenizas por la tarde».

Quien así habla —quien así habló hace años— recoge ahora las palabras que aventó y del arma hace soporte y compañía en su retorno a La casa vieja, ese lugar del que partió siendo otro y el mismo.

«Y si no, otro buen paraje podría ser a espaldas del abesedo, también allí el tiempo se consume con herrumbre y disciplina, lo mismo que este atardecer que sabe de ti porque no has llegado aún».

Estamos empeñados en creer que Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) ni ha llegado ni ha visto completado el vuelo de su obra, e igualmente sabemos que más voluminosa aún que su obra publicada es —atención, editores— su obra inédita. Pero hoy se cumplen en su trayectoria casi cuarenta años de andadura poética, y sobra el casi si contamos desde el verdadero comienzo de la escritura, desde que aquel serio adolescente estrenó El Cuaderno de sus “Anotaciones personales” apuntando:

«Nunca la luz se puso intensa como ahora
El cielo rompíase silencioso vagabundo
Las niñas salían de las escuelas y los maestros
Prorrumpían en grandes gritos […]»

Aquella luz hizo su recorrido y el poeta su vasto trabajo. Una y otro llegan hoy hasta nosotros adoptando la forma que el tiempo y la experiencia (es decir…) han querido darles. Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977) compila los veintidós poemarios que el autor y/o la fortuna quisieron dar a imprenta, títulos que van desde aquel Variaciones, Total S. E. ú O., poemario autoeditado con el que Rabanal se presentó a sus veinte años, hasta Tres inhalaciones, que cierra provisionalmente la nómina. Insistamos: provisionalmente. Y entre uno y otro, obras de culto para algunos, títulos casi míticos para unos pocos entre los pocos, ediciones en muchos casos ya inencontrables que venían haciéndonos mucha falta. Hablamos de poemarios como el copioso y azul Palabras para Obdulia (1985):

«Pero hay muchachas que tuercen el destino de los colosos.
Muchachas de pulseras atroces como una porción de nube en cada ola minúscula, niñas como tú que rompen las delicias alojándose en las venas miserables del olvido […]»

o el delicado y ocre La memoria buscando sus disfraces (1986):

«Dentro de las casas se vacía la leña, y alguien,
acaso sea un hombre muy roto, remueve en sus manos
la furia del espejo y olvida las horas»

o el irreverente y muy rosa Libro de citas (1993):

«[…] una fresa es mi sexo y has de masticarla»

o el lluvioso y gris Cáncer de invierno (1998):

«[…] uno aprende a vivir con lo que guarda
de aquello que poseyó solo una tarde»

o el carmesí, el dolorido La última vez (2000):

«Mirar el tiempo que ha anudado mis piernas a la raíz sagrada del abismo, parece que fue ayer cuando era joven y me atrevía a insultar con voz de borracho al niño que pasaba y que era yo, aterido y necio»

o el transparente, el muy sobrecogedor Fantasía del cuerpo postrado (2010):

«Vuelve a avasallar el dolor, me suplica un recodo
soleado al fondo desganado de mi carne»

o el rojo y por ahora —por ahora— último Tres inhalaciones (2014):

«Hay días que, sin
los poetas, no tendrían remedio.
Los poetas benditos, los poetas malditos,
esos sí que experimentan unas ganas de morirse
locas».

El poeta ha hecho su recorrido (…) y nos invita a acompañarle en esta hora de desandar lo andado, de retorno al punto de partida, al re-encuentro de «la que falta» y de ese niño que «se acostumbra a ponerlo todo en orden», que «anota mentalmente recados», que «colecciona cartones de cerillas», que crece y «se hace más frágil» y besa el rostro de la madre «que regresa con los calderos del agua».
Faltaría colgar las acostumbradas etiquetas, doblar bien cada tránsito y cada declinación de esta poesía inmensa y guardarlos en sus casilleros correspondientes: poesía así o asá, poesía de esto o de lo otro. Pero no; que otros hagan el trabajo sucio, si se empeñan.
Sí queremos añadir, en cambio, que Luis Miguel Rabanal es poeta hasta su último átomo y que durante cuarenta años ha escrito su poesía como ha querido y donde ha podido, básicamente en los márgenes, que es donde están la tierra más fértil y los parajes más fragantes y bellos de transitar, esos por los que no suelen dejarse ver los mandarines del asunto, que viajan en carroza y sobre asfalto. Allá ellos, también. Que durante cuarenta años esta poesía haya sido más bien escasamente atendida podría ser lamentable, quizá. Que lo sea hoy ya sería otra cosa peor. Pero nuestra especie siempre ha padecido esta confusión, esta poca lucidez de arruinar lo mejor de sí misma.
Sea como fuere, y aunque algunos todavía no lo sepan, hoy estamos todos de enhorabuena. Celebremos lo que recién empieza,

«Porque gracias a ti, a lo que representa
tu esfuerzo por volver a paisajes
que ya han sido dichos, aguardo
un sórdido mañana, un después
que nos conduzca a ataduras mejores,
quizá raíces nuevas y hondas de tu boca,
ciudades que vislumbro penetradas
de aquello que fuera instinto fugaz
en burdeles de paso y normas que uno
no alcanza a comprender, como acariciar
frente a su cuerpo la estatura interminable
del adiós,
o se hará de noche pronto.
Porque pasan tus ojos y preguntan».

*

Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977)
Luis Miguel Rabanal • Editorial Renacimento, 2015

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Revista ELCUADERNO, Número 77, Tercera época, n.º 2, Segundo trimestre de 2016, Ediciones Trea, Gijón.

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Este cuento se portada

Dos poemas de “Los nombres de la herida”

el nuevo libro de Nacho González

LAS POETAS

Lo dejan todo escrito por si acaso
vinieran a buscarlas
tipos de barba rala y rostro frío
por el crimen sagrado de su oficio.

Llegan y hablan de amor lo necesario.
Cuando vuelven las nubes
/amenazan
con ponerse al servicio de la causa
del triste exilio de las olvidadas.

Son como los viajeros, cada noche
relatan ante el fuego sus desdichas.
De vez en cuando,
/el agua,
produce una incisión en su coraza
y por ella se cuelan las palabras,
se acercan a la lumbre,
/las pronuncian
con la solemnidad de los adioses.

Vienen de la otra orilla de los sueños
y dejan en ofrenda las cenizas
que guardan en el cuenco de los días.

Iluminan la costa por si llegas
en noches de tormentas y aguaceros
y te tienden la mano si agonizas
y te dan otra vida si es preciso
y te entrega la suya si la pides.

Darían lo que fuera
/—estoy seguro—
por no verte morir en una playa.

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SKYLINES

Nacieron para ser la luz del mundo
a mayor gloria de los elegidos,
para grabar a fuego
el delgado hilo rojo del poder
y acercar a los dioses
la efímera virtud de los nuevos profetas
y disputarle al cielo toda gloria.

Sobre sus azoteas se arracimaba el sol,
como un equilibrista
en la postal del tiempo de la dicha.
Entre sus cristaleras se ovillaban los hombres
como esclavos febriles de los mercaderes.

Hoy no son más que el último refugio
que anticipa los pasos del suicida.

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Juan Ignacio González, “Los nombres de la herida”, Playa de Ákaba, Poesía, Madrid 2016. Prólogo de Noemí Trujillo.