Dos poemas de “Lo que dejamos fuera”, de Regina Salcedo

 

Piensa en una fotografía de tu infancia
y ahora escarba una madriguera de polvo,
oscuridad
y tiempo.
Abandónala allí
y añade tierra,
tierra,
más tierra alrededor,
como estrechando un cerco.

¿Qué crepita en tu pecho?
¿Qué ser pequeño muere?
¿Cómo la llamarás cuando se olvide?

¿Hace ruido una imagen al caer rodeada de espectros?

 

 

Todo es símbolo. Somos como una espuma
que lo rellena todo. Nuestra mirada de agua
necesita adaptarse a un recipiente. No concibe
el mundo sin la forma. El suceso
sin causa y consecuencia.
Las manos martillean,
clavan, ensamblan, trenzan,
lo mismo que los ojos.
Nuestra mente
crece en la analogía,
hace su nido en ella.

*

Regina Salcedo, “Lo que dejamos fuera”, Huerga y Fierro Editores, Col. Rayo azul, Madrid 2020.

Que llueva siempre en En un bosque extranjero

 

Que llueva siempre / Santos Domínguez Ramos

No grita su pesar, únicamente dice adiós
a quien merodea su desidia,
se levanta entre pausas y murmura
un nombre: M. bañado en lágrimas.

Sin embargo no desea nada, ni el abandono
que es justo y acertado buscar al final de un viaje,
ni los labios más rojos que el amor ha dibujado
una tarde para él, sin vergüenza y sin el inmundo
oficio de los cuerpos.

Es el personaje que tose desde su silla
ensangrentada y tiene mucho, mucho, mucho frío.
Nos ha mirado con pena y nos señala
por casualidad las flores.

Así termina el poema inicial de Que llueva siempre, el último libro de Luis Miguel Rabanal que publica Huerga y Fierro.

‘Un hombre que dice adiós’ es el título de ese poema que anuncia la tonalidad y la temática de este libro, organizado en tres partes y que forma con Los poemas de Horacio E. Cluck y Matar el tiempo la trilogía Postrimerías.

El medio centenar de poemas de largo aliento y lenta cadencia que lo componen son el resultado de un emotivo recorrido por la memoria y el amor, un recuento de naufragios y de pérdidas, resumen un aprendizaje del dolor y una historia personal del corazón.

Postrimerías que están más patentes en este último volumen que en buena medida es una serena despedida. Y así precisamente, ‘Como una despedida’, se titula de forma muy significativa el poema que lo cierra. Termina con estos versos que contienen la cifra del sentido de sus poemas:

El espejo de tu aflicción finalmente ha quebrado.
Y esperas que te restituya alguien aquello
que pudo pertenecer a otro y fue tuyo,
el rostro del niño que, subido en una silla,
parlamenta ante ti de héroes y de los muslos de C.

Al fin y al cabo, como tú sabes bien, nos mata
poco a poco la vida.

*

Gracias, Santos.
https://santosdominguez.blogspot.com/2020/05/que-llueva-siempre.html

Dos poemas de “Vena Amoris”, de Rafael Saravia

 

X

Hay normalidad en esta distancia humana
que acaba con todo lo que no es amor y su frío.

Ella se mueve en mi verdad
con toda la tranquilidad del mundo.
Ella es belleza y excepción;
suena a siempre y a buen gusto.

Ella siempre es.
Mitades de dos uvas rubias.
Mirada sin retorno.
Apetito nuclear y marino en tiempo de hambres mayores.

 

 

Cuando mi revolución me pierde, convoca mi decadencia con una canción de Johnny Cash o Silvio Rodríguez. A veces simplemente me empuja hacia el verde asalvajado de mi huerto y me muestra una pequeña plaga de orugas de la berza como ejército de la verdad más indeseablemente bella. Yo entiendo lo indómito de la capacidad de estar vivo y vuelvo a buscar amantes ajenas a mi revolución.

 

*

Rafael Saravia, “Vena Amoris. Cafuné & Revolución”, Eolas Ediciones, Col. Seinne, León 2020. Ilustraciones de Enma S. Varela.

Que llueva siempre en Filandón

Deja que la noche te abrase la memoria / José Enrique Martínez

La constancia es una de las virtudes de Luis Miguel Rabanal. Año tras año nos ofrece sus poemas con un tesón que nos hace ver encarnada en su persona la ecuación de vida y poesía. Su recorrido poético comienza en 1977 con Variaciones y termina, por ahora, con esta nueva entrega, Que llueva siempre. Por el medio, Cuaderno de junio (1984), Cáncer de invierno (1998) o A la que falta (2013), por citar algunos de los veintidós poemarios que reunió en Este cuento se ha acabado (2015); pero el cuento no había concluido porque en 2017 aparecieron Los poemas de Horacio E. Cluck y en 2018 el poemario Matar el tiempo.

Hoy toca detenerse, sin embargo, en el libro recién publicado, Que llueva siempre, al que precede una cita de su fiel compañera, MJ Romero, poeta también, que traza la imagen del deterioro de los «huesos porosos, como estrellas de mar resecas sobre un mes de julio sin lluvias»; por oposición, el poeta Rabanal reclama Que llueva siempre, una lluvia, según entendemos, engendradora y vital, a pesar del tono sombrío del poemario, que empieza y termina con sendos poemas de despedida, Un hombre que dice adiós y Como una despedida. El primero es impresionante: describe, por así decir, la parábola del hombre postrado y abrumado tanto por la soledad existencial como porque nada alivia la pena: «Es el personaje que tose desde su silla / ensangrentada y tiene mucho, mucho, mucho frío». En uno y en otro nos habla de la «profunda mala suerte», de la «nefasta mala suerte». No es melancolía lo que siente el lector, sino pesadumbre y congoja. Tres partes posee el poemario, y la primera se cierra con otra despedida, Un hombre que dice (otra vez) adiós: el que habla es de nuevo el hombre postrado, «tendido en su jergón», con el cuerpo enfermo. El cuerpo es, como se ve, una presencia significativa, sin eludir los aspectos materiales de la devastación. Las diversas curas es acaso el poema de mayor patetismo: el dolor, los posibles remedios, aunque «nada ya podrá con tu cuerpo de manos disecadas / y tronchadas piernas». Al cuerpo va unido el recuerdo de otros cuerpos amados, gozados, recordados, «sueños repetidos que maltratan sin piedad tu rostro».

Me gustaría hablar de la memoria, una memoria rural, por así decir, un retorno en el tiempo y en el espacio, a la niñez y adolescencia en Olleir —anagrama de Riello, pueblo natal del poeta—. Al igual que Celama o Macondo en narrativa, la poesía de Rabanal ha ido bosquejando un territorio mítico, con una toponimia menor que fija los recuerdos: Ceide, la Tejera, los montes de la Cerra y de la Otrera, Valdaldón, Montecorral, Valdeluna…, y con toda una serie de elementos, mitos y escenas rurales, como los ñuberos, las tenadas, la casa vieja…

Todavía es memoria se titula la segunda parte del poemario; y en ella, Escrito en Olleir, poema de honda tristeza, un ejercicio de la memoria, la cual «es herida sutil». Pero, como ya indicamos, ni ese universo personal atenúa el dolor; ni el amor, con la reaparición de otro mito personal, Obdulia, que originó el poemario Palabras para Obdulia (1985)* y que hoy es memoria «fracturada». Es la tercera parte de Que llueva siempre, sin embargo, la más despiadada. «Deja que la noche te abrase la memoria», escribe; pero no es una memoria complaciente, y de los momentos más dolorosos de la vida brotan poemas turbadores como Gritar en verano. Los sueños raros se titula esta tercera parte; raros y rotos.

Mucho más cabría decir del poemario. Finalicemos diciendo que los poemas de Que llueva siempre evitan el yo y usan la segunda o la tercera persona, acaso para objetivar en lo posible los contenidos. En todo caso, la sensación que nos gana es de abatimiento, un sentimiento de congoja, de aguda tristeza.

* Hay otro título anterior, probablemente olvidado por el crítico, que es al que se hace referencia expresa en el poema. Se trata de Obdulia azul, un cuaderno de 1980 recogido también en la poesía reunida de 2015.

 

“Que llueva siempre”, Huerga y Fierro Editores, Col. Rayo azul, Madrid 2020. 98 págs.

 

DIARIO DE LEÓN, en el suplemento FILANDÓN, domingo 24 de mayo de 2020.
https://www.diariodeleon.es/articulo/actualidad/deja-noche-abrase-memoria/202005240132272015421.html

Que llueva siempre en Poemas de una muerta viviente

 

Luis Miguel Rabanal es un hombre atravesado por un río caudaloso, de aguas a veces turbulentas y a veces reposadas y cristalinas. El tiempo que nos envuelve al acercarnos a sus poemas no es el tiempo convencional, sino un tiempo kairótico que nos permite intuir, desde un instante multi sensorial y cuajado de símbolos, una vida rica y compleja.

Así, el título de su libro, Que llueva siempre, refleja muy bien la virtud de sus textos que, al igual que la lluvia, parecen infinitos mientras los lees. Imagino a Rabanal como a aquel fraile llamado San Virila que, sin darse cuenta, pasó una breve eternidad escuchando el canto de los pájaros en la sierra de Leyre.

Regina Salcedo Irurzun

 

 

DE LOS EXTRAÑOS

I

No es difícil advertir en el hombre recostado
un río profundo que surca su memoria y lo traslada
al tiempo sin fatigas que alguna vez sufrió en su carne,
como un estrépito.
Es el atardecer quien padece su fiereza y es la huida
que culmina en un escondite del paisaje
de su edad devastada.

Reconoce a quien tras las moreras vaticina su mal,
se dan las buenas tardes y sonríe por la incrédula
mano mugrienta del niño que hoy no puede ser
amigo suyo.
Hay vencejos dementes que gritan de contento a su lado
y se diría que es tarde y que la vida se nos simboliza
tortuosa, pero también magnánima.
Importa conocer su celebración de lo diverso
y no tanto su manía de hacerse ensordecer por los globos
añiles del poniente, y no tanto su desenvoltura
de individuo que ha sido abordado por el daño
escrupuloso, el de haber vivido muy secretamente
la soledad con el tedio aromatizado
en las noches de hierbabuena y escarcha.
No basta con nombrar su pasado de muchacho
que duerme en el duro borde del alcohol
sin apenas quererlo.

Que nos diga quién fue, como si el lamentarlo
nos transportase a otro mundo cruel y no por ello
más definitivo.

II

Se parece a los inviernos, con su voz de trapo ronca
y la paciencia indescriptible del anciano.
Al dormirse le cierran la ventana para que no sueñe
con el frío y se ovilla lo mismo que el cobarde cuando dan
la hora, la del principio de todo.
La más maravillosa y la más triste.

 

*

Gracias, Regina.
https://zombiedelasletras.blogspot.com/2020/05/luis-miguel-rabanal-es-un-hombre.html

Un poema en la revista Ítaca

 

Y NUNCA VOLVER

Bajo este cielo frío se le encoge el corazón
una última vez y es discurso apagado
el amor, al menos el cuerpo que llamaba al amor
por su cordura, y es celebrado ahora lo inevitable
del recuerdo, tantas blancas camisas de puños
devorados por algas,
tantos labios arrancados de golpe
por el extranjero que vive hoy a su amparo.
Nada es preciso cuando el adiós es alguien
que solloza permanentemente en una silla
con ruedas prestada al destino,
su misma culpa de los mismos muchachos,
y nos espía la zozobra de abandonar
el monte de la Otrera, allí
donde fuimos niños sin quererlo
un verano o a lo sumo una vida.
Bajo este cielo helado el hombre se adelanta
a partir a ningún sitio, le exige al tiempo
más usura y recoge un puñado
de tierra en los frascos con óxido.
Todo ha sido dicho.
Todo contemplado con los ojos de la angustia
como el estafador que huyese, pero hacia atrás,
hacia su propio origen y su muerte descrita.
Sin ninguna piedad, es cierto.

*

Revista Ítaca, núm. 2, Primavera 2020. Avilés.
Dirigida por Isabel Marina, el presente número cuenta con colaboraciones de Ángeles Mora, Álvaro Hernando, José Luis Piquero, Felipe Benítez Reyes, Jesús Cárdenas Sánchez, Teresa Soto, entre otros autores.

Que llueva siempre en La Ciudad Sinnombre

 

EL DESEO DE ANDAR

Fragmentos de médula arrojados al azar por un búho.
Porque escuecen los brazos y el pequeño espera
que tu amor se levante con él y camine tranquilo
por la casa.
Nada es como parece, se crea la luz como se crea
un sollozo y llegan secuaces
a sufrir la exagerada luz contigo.
Pobre diablo que tose y gesticula para que le dejen reír
los ruines ñuberos, para que el vodka abrase
la garganta con sumo gusto
y no sobrevenga más la noche.

Sueñas tu parálisis desde tantos años atrás y acuden
de improviso a tu memoria las sombras,
sombras que proporcionan curiosa compañía
si no buscas su desnudez entregada
a otra persona, y me cuentas
que te va bien y que el sudor es objeto de intercambio
para que al alba huya el niño rubio del disfraz.
Merece la pena perder un poquitín el tiempo.

Además de la lluvia se te suben al rostro tapires
y algún vestigio
de cuanto se extravió en tus cajas de atesorar
recuerdos con urgencia.

Todo está aquí, en tu corazón destartalado
que no interpreta bien
el signo de su enojo y escribe en el papel letras
de colores
para seducir a la destrucción en lo posible.
Para abrir de par en par esa diminuta pupila
que explica el deterioro de los cuerpos hurtados
al olvido,
o casi a la decrepitud.
Fragmentos de médula, sí, pero esta vez
arrojados por un mago al fuego de la noche.
Clávame tus uñas, maldito envenenador, y dime
que me quieres.

 

“Que llueva siempre”, Huerga y Fierro Editores, Col. Rayo azul, Madrid 2020

*

Gracias, MJ.
http://alfaro-laciudadsinnombre.blogspot.com/2020/04/que-llueva-siempre-luis-miguel-rabanal.html

Ya a la venta “Que llueva siempre”

Si estás interesado podrás conseguirlo en tu librería acostumbrada, al menos cuando pase el confinamiento del demonio.
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Título: Que llueva siempre
Autor: Luis Miguel Rabanal
Editorial: Huerga & Fierro
Colección: Rayo azul
ISBN: 978-84-121653-5-7
Precio: 12 €
Medidas: 14 × 23 cm
Número de páginas: 98
Fecha: Abril 2020

De momento la única manera de adquirirlo es a través de la editorial.
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Un poema de “Hallar la vía”, de Noelia Palacio Incera

 

ACÉRCAME

Acércame un vaso de agua.

Ya ningún suero hidrata
ningún antibiótico revive,
se bloquea la sonda.
Nada fluye.
Ni la palabra líquida
se solidifica en esta ansia de tiempo.

Acércame un vaso de agua.
Aunque no se me permita ni un trago,
tu mano sostiene el cristal
en que me miro.

Ya no estoy.
Te escucho cristalizarte.

Acércame un vaso de agua.
Porque mi falsa sed es grito
y no me oyes.

*

Noelia Palacio Incera, “Hallar la vía”, Diputación Provincial, Soria 2020. Premio Gerardo Diego 2019.

Dos poemas de “Museo de la intemperie”, de Javier Gil Martín

 

LAMENTO DEL SAPO POR STANLEY HOOK

juan gelman escribió un poema sobre el sapo de stanley hook,
un sapo íntimo mortal y moral y coral.
stanley hook dejó solo a su sapo,
voló, se voló de melody spring
y, así, el sapo se quedó solo.
melody spring no lloró la muerte de stanley hook;
el sapo sí, lloró y lloró
sobre la tierra, húmeda de llanto, de su mano
y recordó: “no hacía tanto stanley hook me amaba,
oh pedazo esmeralda, decía el lindo stanley”.
melody spring, un jueves de noche y el hondo lamento
de un sapo caballito cantor de la humedad
que volvió a tener miedo a la lluvia.

 

 

[Cuántas cosas descubres cada día…]

Cuántas cosas descubres cada día.
Cómo asomarnos con tus ojos limpios
a este mundo cargado de pesares,
cómo asomarse y no ensuciarlo todo
de prejuicios, esquemas y miserias,
cómo lo haremos sin que tú nos digas
qué vereda tomar, por qué camino,
y no nosotros los que te digamos:
“Por aquí sí, por aquí no, come despacio,
intenta no ensuciar tu camiseta,
cierra la puerta, lávate los dientes…”.

*

Javier Gil Martín, “Museo de la intemperie”, Ejemplar único, Col. Poética y peatonal 80, Valencia 2020. Prólogo de Viviana Paletta. Edición y pinturas de Gabriel Viñals.

Un poema de Sylvia Plath

 

LOS EMISARIOS

¿La palabra de un caracol en el haz de una hoja?
No es mía. No la aceptes.
¿Ácido acético en una lata precintada?
No lo aceptes. No es auténtico.
¿Un anillo de oro con el sol engarzado en él?
Mentiras. Mentiras y pesar.
Escarcha en una hoja, el caldero
Inmaculado, hablando y vaticinando
Sólo para él en la cima de cada uno
De los nueve Alpes negros,
Turbulencia en los espejos,
El mar pulverizando el suyo de color gris.
Amor, amor: mi única estación.

4 de noviembre de 1962

*

Sylvia Plath, “Poesía completa”, Bartleby Editores, Madrid 2008. Traducción y prólogo de Xoán Abeleira.

Los poemas de Horacio E. Cluck en El orden olvidado de las palabras 6

 

El verdadero enojo discurría
en aquellos árboles terribles
donde un hombre colgaba sin edad,
como nosotros.
Hubo una ocasión de emboscados acechando
el peligro, y apenas sus dedos aferraban
la ternura todo fue estrecho,
erróneamente discontinuo.
Un día volvió para contar la sombra
del roble que cobijó tanta soledad
y era muy tarde,
y era muy niño quien contaba el gesto
amoratado, ya sin gloria para siempre,
del Terroso.
Jamás el bosque conciliará las brumas
y el musgo de aquel cuerpo que jugó
con los soldados
a ser nuestro pasado cruel que miras,
con desprecio y desgana.

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, Huerga y Fierro Editores, Col. La rama dorada, Madrid 2017. Prólogo de Andrés González.

*

Gracias, Angelina.
https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com/2020/01/el-verdadero-enojo-discurria.html?spref=tw

Dos poemas de “Placeres y mentiras”, de Mercedes Escolano

 

MALETA CON PAPELES

En medio del desorden de mi vida
los poemas han ido cruzando como trenes.
Hoy solo queda el absurdo
de una estación vacía, el recuerdo de
breves pero intensos viajes.
He recorrido muchos andenes
en busca de un poema
que logre emocionarme y me seduzca,
un cruce de pasión e inteligencia.
No en vano han pasado los años.
No en vano han pasado los trenes.

 

PLACERES

Entre los placeres de la piel
y los placeres de la inteligencia
¡cuántas veces he tomado el camino equivocado!
Lucidez, fervor, excitación: eran los síntomas.
Poco importa, a fin de cuentas,
acertar o equivocarse
si, pasado el tiempo,
no valoramos tanto las acciones mismas
como la introspección que provocaron.
Placeres refinados, ¿qué sabéis de mí?
Perversas meditaciones, ¿adónde
pretendéis llevarme?
Mientras mi mano izquierda explora lenta
el pecho izquierdo, la derecha
procura dar caza a palabras fugitivas,
enfilando el galgo tras la liebre.
Finalmente, aparecen sobre el papel
redondas, sensuales
palabras con forma de areola.

*

Mercedes Escolano, “Placeres y mentiras”, Huerga y Fierro Editores, Col. Rayo azul, Madrid 2019. Prólogo de Juan García Larrondo.

Un poema de Joseph Brodsky

 

 

EL EXPLORADOR POLAR

Todos los perros devorados. En el diario
no queda una hoja en blanco. La foto de la esposa
se cubre de palabras a modo de rosario,
clavado en su mejilla el lunar de una fecha dudosa.
Le sigue la foto de la hermana. Tampoco la respeta:
¡se trata de la latitud alcanzada! Y, cada vez
más negra, por la cadera trepa la gangrena
como la media de una corista de varietés.

22 de julio de 1978

*

en “No vendrá el diluvio tras nosotros. Antología (1960-1996)”, Galaxia Gutenberg, Barcelona 2000. Edición de Ricardo San Vicente.

Los poemas de Horacio E. Cluck en El orden olvidado de las palabras 5

 

Esta lluvia que recorre caminos
e invade la vida de charcos serenos
no debe preocuparte, aunque
solo fuera por hacerte reflexionar
sobre cuanto tuviste un día lejano
en la memoria pero que hoy lo vistes
con ropa de domingo,
también para el barro, y dispones
de ayer en adelante tu diferencia.
Amor mío, no tendremos lugar nunca
más hermoso que la luminosidad
después del aguacero, esa tierra
empapada y tuya que guardas
con ahínco.
Miras el cielo y reconoces
haber pasado por allí una tarde,
con el corazón desvencijado y puro.
Qué carta más triste esta lluvia
que atesora la aulaga.

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, Huerga y Fierro editores, Col. La rama dorada, Madrid 2017. Prólogo de Andrés González.

*

Gracias, Angelina.
https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com/2019/10/esta-lluvia-luis-miguel-rabanal.html