Matar el tiempo en Cuadernos del Sur

 

José Antonio Sáez / CONJURAR AL TIEMPO

El poeta y narrador Luis Miguel Rabanal (Riello, 1957), que recogió toda su poesía publicada hasta el 2014 en el volumen Este cuento se ha acabado. Poesía reunida 2014-1977 (Renacimiento, 2015), ha publicado el excelente poemario Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga y Fierro, 2017) y ahora Matar el tiempo, libro en que predomina el uso del poema en prosa, subgénero poético afecto al poeta. En Matar el tiempo las palabras parecen haberse desprendido de la inteligencia por que fueron engendradas y que les dio sentido, y haber tomado forma y significado autónomos. Son voces que navegan y naufragan por la superficie de las aguas de un río que busca afanosamente el mar. No se escuchan porque constituyen un susurro o un balbuceo, más bien se abandonan a la corriente que las transporta convocándolas a su propia seducción. No se hunden en ella, sino que flotan como barquitos de papel o cañas abandonadas a la inercia del desamparo por el que se columpia en la superficie de las olas con los ojos desmesuradamente abiertos. La travesía no es tal, sino la Vía Dolorosa por donde el escarnecido cae por enésima vez, en el límite de la realidad y la verdad que la envuelven. Así pues, el poeta deja ir las palabras como fragmentos desgajados de sí mismo en un estado semejante al de la languidez que sigue al silencio, con la suavidad de un tejido que rozase la piel del recién nacido o del que está a punto de emprender el camino y va desprendiéndose de todo lo que no es esencial: el espacio mental en que se sobrevive o se concentran los recursos de subsistencia. Puede que las palabras floten en la superficie de las olas, que se dejen caer con displicencia o que regresen en la bajamar a posarse como brazos, labios o cuerpos extendidos sobre la arena de una playa que no tiene nombre. Puede, en fin, tratarse de un discurso poético fragmentado y fragmentario que golpea fuertemente al lector, provocando inusitadas y sugerentes experiencias. Se dan también aquí las constantes de su poesía: la infancia y el paisaje del paraíso perdido de Riello, el amor y el erotismo, el dolor y la muerte, el compromiso moral, la memoria y la provocación. Cierto que no matamos el tiempo, sino que es el tiempo el que nos mata en su fluir, pues tiempo finito y medido somos. Por los textos de Matar el tiempo discurre con amplia libertad el flujo de conciencia. No se trata de textos fáciles, pues responden a íntimas y profundas motivaciones para cuyas imágenes el lector no siempre encontrará una interpretación concreta. Sin embargo, lo expresado en este discurso nos golpea brutalmente con su fractura emocional, provocando a nuestra intuición, tornando la lectura viva y vibrante.

‘Matar el tiempo’. Autor: Luis Miguel Rabanal. Editorial: Trea. Gijón, 2018.

DIARIO CÓRDOBA, en el suplemento CUADERNOS DEL SUR, sábado 7 de abril de 2018
También aquí: http://www.diariocordoba.com/noticias/cuadernos-del-sur/conjurar-tiempo_1216961.html

 

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Los poemas de Horacio E. Cluck en El orden olvidado de las palabras 4

portada

 

PECAS

La genuina calamidad era no estar cerca de ti. Muchas veces se atrevió a confesarse a sí mismo el desenfreno, este irse terminando con las manos llenas de arena y en entredicho cualquier semejanza con la piel que no ha dejado de ser vil nunca. La genuina calamidad era estar contigo. Nada es lo que fue, si tus quejas se rompen en la casa como una tarde cruel, si tu boca se ha hecho espuma en el mismo mar que antes ahogaba, nos sobra confusión, se dice. Para abrazarte se urdieron las palabras hermosas, él ya no tiene miembros ni corazón, le asustan los libros en blanco. Él no tiene manos tampoco, ni más corazón que cualquiera. Si quisiesen venir a atropar lo que dejaron de aquella esparcido sobre los cuerpos lisiados, si quisiesen venir a asustar un poco a los niños para que no duerman nunca, serías dichoso. Cada día un nombre que no te corresponde es pronunciado por alguien que no ves, desfigurará tus labios con el mayor sufrimiento. Querrá morir contigo.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2018/03/pecas-un-poema-de-luis-miguel-rabanal.html

“Los poemas de Horacio E. Cluck” en Madrid

 

Es el vídeo de la lectura-presentación que el pasado día 13 tuvo lugar en la librería madrileña Enclave de Libros.
Intervinieron Ana Ares, Óscar Ayala, Gsús Bonilla, Javier Gil Martín, Ana Martín Puigpelat, Juan Carlos Mestre, Paco Moral y Rafael Saravia.
Al final del acto se sumaron la poeta Ángeles Fernangómez, la editora Charo Fierro y la también poeta María José Vidal Prado.
La grabación corrió a cargo de Paco Moral.

Los poemas de Horacio E. Cluck en El orden olvidado de las palabras 3

 

Casi sin querer, como ocurre la dicha
una vez que encontramos al doble
que desde el mirador nos sonríe con vergüenza
y es nuestra mirada que enloquece,
y es nuestro destino.
Sin predecir siquiera su lenta asimetría
nos insulta a voces y a trechos
desciende canalla a despojarnos de todo.
Es muy fácil llegar
y descubrir el cuarto revuelto por un hada
que nos robó el placer y los libros de Musil,
pero él lo ignora.
Cómo si no viene a nuestro abrazo
precisamente hoy, que es lunes
y llueve y es interminable.

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, (El viaje), pag. 72,
Huerga & Fierro, Col. La Rama Dorada, Madrid 2017

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2018/01/casi-sin-querer-de-luis-miguel-rabanal.html

Lectura-presentación en Madrid de “Los poemas de Horacio E. Cluck”

Mañana, sábado 13, a las 19 h., tendrá lugar en la librería Enclave de Libros (C/ Relatores 16, 28012 Madrid) la lectura-presentación del libro “Los poemas de Horacio E. Cluck”, editado por Huerga & Fierro editores en su colección La Rama Dorada. El acto lo coordina Javier Gil Martín e intervendrán los poetas Ana Ares, Óscar Ayala, Gsús Bonilla, Viktor Gómez, Ana Martín Puigpelat, Juan Carlos Mestre, Paco Moral y Rafael Saravia. Ni que decir tiene que será bienvenido todo aquel que se anime a leer algún poema de LMR, que esto va de celebrar su poesía.

Los poemas de Horacio E. Cluck en El orden olvidado de las palabras 2

 

Las ambulancias tendrían
que haber vuelto a medianoche,
como la ferocidad y el instinto de no
irse, mas nada sabemos de quienes allí
cumplen su propósito.
No se soportaban el calor, la ducha indigna
de los martes, o el cieno de los amigos
que se marchan en coches azules
a merodear senderos de la muerte.
Y aún no han regresado
a por sus cosas sucias e inservibles,
vendrán borrachos como ayer.
Qué deberíamos esperar
de quienes no nos aman,
tanto como nosotros los aborrecemos.
Son las sirenas de la desesperación
como cuchillas,
sobre la página que tan bien recuerda
la voluntad sin ganas de abarcarla.

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, pág. 51
Huerga & Fierro, 2017, Col. La rama dorada.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2017/08/las-ambulancias.html

 

Los poemas de Horacio E. Cluck y Carlos Alcorta

 

Después de la publicación de su poesía reunida en Este cuento se ha acabado (Renacimiento, 2017) y de la publicación del libro de relatos La verdadera historia de Montserrat C., Rabanal vuelve a la carga con los poemas de un alter ego, Horacio Estanislao Cluck, en un libro denso y cargado de contrastes como es Los poemas de Horacio E. Cluck, un libro dividido en cinco secciones de las que hablaremos a continuación. La primera de ellas, la titulada «Los constructores de palabras», tiene un alto componente metapoético: «cuenta las palabras que te quedan por decir», escribe en el primer poema del libro, pero qué significa eso para alguien que escribe «desde otro mundo ajeno,/ el de las figuraciones imposibles», acaso porque lo que llamamos mundo real se le presenta al autor, Horacio E. Cluck, inabordable, porque lo que llamamos realidad es un constructo que determina una identidad en precario, subvertida, aniquilada por la fuerza de los hechos. El autor necesita reinventarse, ser otro distinto al que es, pero la inmediatez de las palabras no consigue reconstruir esas formas físicas cambiantes: «Ese soy yo, el que ya no es yo/ y sin embargo se mutila ferozmente/ porque trata de asirte con su cuerpo ajado./ Afuera se oye el trepidor confuso/ de la tarde y él bosteza,/ y tiene miedo». La segunda parte, como la cuarta, se titula «Desnudos». Ambas están integradas por poemas en prosa, un género que es, en teoría, menos contenido que el poema en verso, sujeto a unas reglas rítmicas menos estrictas (aunque, en este aspecto, cada vez más las convenciones tradicionales gocen de menos seguidores) y que tiene vinculaciones evidentes con el poema escrito en verso libre. Estos poemas de carácter narrativo no se limitan, sin embargo, a seguir una línea discursiva lógica. Hay alteraciones rítmicas que nos hacen suponer que lo irracional, la simultaneidad temporal que provoca la ensoñación o cierto sonanbulismo premeditado forman una parte esencial en la búsqueda de un lenguaje abarcador de la experiencia al completo, una experiencia en la que intervienen las evocaciones, las presunciones, las complicidades, los silencios, las imágenes (óleos, fotografías, grabados, fotogramas) y las palabras, palabras que reclaman una forma de mirar, de apropiarse de lo visto: «El poema recurre a tu vestido, te lo quita de golpe como si un leve temblor cerrase tus párpados y azotara tus nalgas con avivado deleite». Me pregunto, sin embargo, si otorgar tanto dominio no será cargar a las palabras de excesivas responsabilidades, aunque acaso esta forma de despojamiento nos conduzca a una realidad más real que la propia realidad. Existen, a pesar de mostrar un título similar, diferencias entre los «Desnudos» de la segunda parte y los de la cuarta. En estos últimos, el amor es interpretado más como un acto físico —aunque esa fisicidad provenga del inconsciente— que como un sentimiento, el amor no se identifica con la belleza sino con un cuerpo al que se fustiga desde unos ojos que no pueden tocar lo inalcanzable: «Algo le ocurre hoy a esta muchacha, velada e irremediable, que no alcanzas a mirar, que se vierte y se vierte y se vierte y se sale, que huye sin ti». Los poemas están compuestos a base de instantáneas que provienen de estratos diferentes de la mente, de ahí que atesoren cierto hermetismo o, por el contrario, ofrezcan una multiplicidad de sentidos que puede desorientar al lector. El torrente imaginativo de Luis Miguel Rabanal es caudaloso y, ya se sabe, no es fácil navegar en aguas bravas. Las dos secciones restantes del libro, «Imploró llamas y adivinos» y «El viaje», están compuestas en verso. Hay en la primera un alegato a favor de las máscaras del yo con las que se presenta ante los demás, en este caso a través de la escritura. El hombre miente, se traviste, es un extraño incluso para sí mismo: «Mientras dura el engaño se viste como ellas/ porque no importa mentirle a la vida,/ ni robarle al olvido muslos ignorados/ sin amor y con furia». El hombre habita en un cuerpo en el que no se reconoce, un cuerpo que se rebela y al que se intenta domeñar en la página: «Hallarán los calcinados restos/ del hombre que ansiaba ser distinto,/ reciente aún su efigie/ en las monedas, y es el odio/ que llega a remedar su desaliño grande».

El viaje que se realiza en la última sección del libro tiene más que ver con lo intangible que con lo tangible. No es un viaje físico, sino mental, producto de esa ensoñación permanente a la que el poeta parece aspirar. «El viajero eres tú/ y la desolación escucha tus latidos./ No, no debes volver». El viajero inmóvil recorre los caminos con el poder de su imaginación. El viajero inmóvil viaja por el cuerpo como quien se interna por las calles de una ciudad desconocida, el viajero inmóvil sabe que el verdadero viaje es el que tiene como destino el conocimiento de sí mismo, porque «El viaje hacia uno mismo no termina nunca».

La poesía de Luis Miguel Rabanal es sensorial y arrolladora, indómita como un caballo desbocado, con una mezcla no siempre proporcionada de intensidad y desesperación. Ese estado de efervescencia poética en que parece vivir el poeta produce poemas que no se sabe muy bien si proceden del inconsciente o de sueños astutamente dirigidos, por eso quizá, una de las mayores virtudes de su poesía, la elocuencia expresiva, colinde en muchas ocasiones con cierta incoherencia discursiva.

Carlos Alcorta

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck”. Col. La rama dorada. Huerga y Fierro. Madrid 2017. Prólogo de Andrés González.

*

Gracias, Carlos. https://carlosalcorta.wordpress.com/2017/07/19/luis-miguel-rabanal-los-poemas-de-horacio-e-cluck/

Los poemas de Horacio E. Cluck en En un bosque extranjero

 

Ha tomado un libro de la mesa
y lee en voz muy baja, pretendiendo recuperar
la costumbre de hablar consigo a solas
y de contarse mentiras, atreviéndose
a mirar en las páginas gastadas
un mundo que le arrancó una vez las manos.
Dicen que la bruma envuelve el recuerdo
con guantes de charol y vino turbio.
Lee palabras abruptas
como maldiciones, dulces
como muchas noches de deseo impostergable.
—Ese soy yo, el que ya no es yo
y sin embargo se mutila ferozmente
porque trata de asirte con su cuerpo ajado.
Afuera se oye el trepidar confuso
de la tarde y él bosteza,
y tiene miedo.

 

Es uno de Los poemas de Horacio E. Cluck, el libro que Luis Miguel Rabanal publica en Huerga & Fierro.

Uno de los poemas, en verso o prosa, en los que el poeta proyecta su intimidad en un complementario que, entre la distancia y la emoción, expresa su contención ante un pasado de pérdidas y un futuro de naufragios, “la belleza, o su reverso, la enfermedad y la muerte consiguiente, el dolor, el propio dolor de las palabras, esto es, un cuerpo y otros cuerpos”, como señala en el prólogo Andrés González.

El amor, la soledad y la palabra, si no como salvación sí como consuelo.

 

Santos Domínguez Ramos

*

Gracias, Santos. http://santosdominguez.blogspot.com.es/2017/07/poemas-de-horacio-e-cluck.html

Los poemas de Horacio E. Cluck en Filandón

 

El viaje hacia uno mismo no termina nunca / JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ

 

Este cuento se ha acabado fue el título que Luis Miguel Rabanal eligió para el conjunto de su poesía en 2015. En mi reseña indicaba que habría cuento mientras hubiera poeta. Y así ha sido, como lo confirma su nuevo libro, Los poemas de Horacio E. Cluck, trasunto de Rabanal, su otro yo, uno de Los constructores de palabras, como se titula la primera parte de las cinco de que consta el poemario. Al parecer del prologuista, Andrés González, que ha escrito una excelente introducción, en los libros de Rabanal hay siempre «un relato subrepticio», que en este caso es quebrado y fractal, como él dice. Los poemas aludirían a la infancia y los comienzos literarios, recorriendo en las partes sucesivas el descubrimiento carnal y los primeros conflictos vitales para desembocar en «el viaje a ninguna parte», al territorio perdido de Olleir. Sea tal el relato, lo cierto es que Rabanal evita el marchamo realista en favor de lo imaginario, lo borrosamente recordado y brumosamente reconstruido. Sí, a mi parecer, los poemas primeros son un ejercicio de memoria -como lo son todos los del poemario-, el ejercicio de un yo que evoca los otros yos del pasado desde una inmensa sensación de soledad y fiando al poema, si no el consuelo, sí el vertido fragmentario del recuerdo.

Por lo demás, se trata de un poemario de cuidada construcción: las partes impares, que son tres, constan cada una de doce poemas en verso; las impares, alternado, se componen de diez poemas en prosa cada una. Estas llevan el mismo título, «Desnudos», sin duda porque los cuerpos son los protagonistas, y el deseo, la pasión, la carne y el sexo, cantado más bien como algo tormentoso. Lo más llamativo acaso sea la fluencia en libertad de las frases, como movidas por un cierto irracionalismo. En las otras partes en verso la memoria sigue hozando en el pasado. En la parte tercera dos ideas me llaman la atención: la de que nada es lo que parece, de que la vida es engañosa (de ahí que se hable de máscaras, disfraces y simulacros) y la de la extrañeza consiguiente, sea del sujeto, sea de la vida. La parte última incide en un territorio bien conocido, el de Olleir, el de la infancia perdida, y la posibilidad del retorno o del viaje que se resuelve al fin en el viaje hacia uno mismo, que incluye el viaje continuo hacia el amor: «De todas las ciudades que creí ver / …solo en tu cuerpo encontré las calles perdidas / y el licor necesario».

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck” — Huerga y Fierro * La rama dorada — Madrid, 2017.

 

DIARIO DE LEÓN, en el suplemento FILANDÓN, domingo 16 de julio de 2017.
También aquí: http://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/viaje-uno-mismo-no-termina-nunca_1174726.html

Los poemas de Horacio Cluck en El orden olvidado de las palabras

 

Ha tomado un libro de la mesa
y lee en voz muy baja, pretendiendo recuperar
la costumbre de hablar consigo a solas
y de contarse mentiras, atreviéndose
a mirar en las páginas gastadas
un mundo que le arrancó una vez las manos.
Dicen que la bruma envuelve el recuerdo
con guantes de charol y vino turbio.
Lee palabras abruptas
como maldiciones, dulces
como muchas noches de deseo impostergable.
—Ese soy yo, el que ya no es yo
y sin embargo se mutila ferozmente
porque trata de asirte con su cuerpo ajado.
Afuera se oye el trepidar confuso
de la tarde y él bosteza,
y tiene miedo.

*

Gracias, Angelina. https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com.es/2017/07/ha-tomado-un-libro-de-la-mesa.html

Tres de ‘Los poemas de Horacio E. Cluck’ en Hankover


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Soy débil y me entrego a ti
porque estás solo en la madrugada
que se inicia con una explosión de daños,
de caricias que pudieron suceder y fueron
rito que no te incumbe ahora.
Abre tus ojos al pasar la lluvia,
cuenta las palabras que te quedan por decir,
no las que reviste el deseo con brasas
increíbles y cuerpos maniatados,
sino esas otras más foscas
que claman dolor porque se acaba
el tiempo.
Palabras de ternura para denigrar
esta memoria que ata nuestra vida
a un árbol en llamas.
La verdadera soledad escupirá en tu cara.
Estoy cansado, pero besaré tu rostro
cuando llores.

 

El silencio de la imagen
es la trampa que encierra la escritura,
vértigo de la luz haciéndose,
música inocua que escuchamos desnudos.
A partir de ese momento encuentras
en añicos el poema,
es fragilidad y añoranza
del universo que no pretendes obviar.
Sobre tu mano la mano onerosa
del que regresa para escribir su farsa.
Clava en el corazón ganzúas
y duerme en el desván vacío.

 

A la hora exacta de la contemplación,
cuando los búhos son hermosos vigías
de la última noche
y hay fantasmas que acarician princesas
blandas como la podredumbre,
o caballos huyendo de la piel
porque no amanece nunca,
yo escribo desde otro mundo ajeno,
el de las figuraciones imposibles.
Detrás de este reloj se esconde
también el frío.

 

 de Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga & Fierro Editores / La rama dorada, 2017).

*

Gracias, Vicente. http://hankover.blogspot.com.es/2017/06/los-poemas-de-horacio-e-cluck-por-luis.html
Aquí también el prólogo: http://hankover.blogspot.com.es/2017/06/los-poemas-de-horacio-ecluck-prologo.html

Los poemas de Horacio E. Cluck en la revista Intercostal

— Imagen cortesía de Pablo García Malmierca

 

El silencio de la imagen
es la trampa que encierra la escritura,
vértigo de la luz haciéndose,
música inocua que escuchamos desnudos.
A partir de ese momento encuentras
en añicos el poema,
es fragilidad y añoranza
del universo que no pretendes obviar.
Sobre tu mano la mano onerosa
del que regresa para escribir su farsa.
Clava en el corazón ganzúas
y duerme en el desván vacío.

 

A la hora exacta de la contemplación,
cuando los búhos son hermosos vigías
de la última noche
y hay fantasmas que acarician princesas
blandas como la podredumbre,
o caballos huyendo de la piel
porque no amanece nunca,
yo escribo desde otro mundo ajeno,
el de las figuraciones imposibles.
Detrás de este reloj se esconde
también el frío.

 

La emotividad, el jadeante discurso
que prueba finalmente estar a la deriva
de tu cuerpo como si fuéramos amargos,
nos reconviene y exhorta
a permanecer rendidos.
Con el viento de octubre
simulando el placer que no llegaba,
nos hace claudicar con entereza
y olvidamos ahora que sucedió
todo cuanto el anhelo nos decía,
bocas solas para garabatear
entrega, despropósito, dislate…

Ya el tiempo obtuvo su esforzada arena
en los relojes y abrigas el desdén.
Si tu cintura no alberga más pasiones
que la risa de un muchacho
cuando goza,
qué linde extraña personificas.
Oscura devoradora de palabras

*

Tres de los cinco poemas que formaban mi contribución como adelanto editorial en el núm. 0 de la revista INTERCOSTAL, mayo de 2017. Editada en Salamanca por Pablo García Marmierca, Ibai Pascual Martín y Nekae Trigo. Colaboran en este número, entre otros: Celeste PF, Ángel Fernández Benítez y Javier Lostalé.

Los poemas de Horacio E. Cluck y José Luis Morante

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ÓSMOSIS

Para que la oscuridad del dolor no se convierta en patetismo declamatorio, su expresión literaria exige una perspectiva. Lo sabía muy bien el poeta catalán Joan Margarit al emplear como clave argumental de su poemario Joana la enfermedad y muerte de su hija; y lo sabe Luis Miguel Rabanal al indagar sobre circunstancias existenciales complejas y compartir la lucidez de su fiebre en Los poemas de Horacio E. Cluck.

En las líneas introductorias de “Humo”, la caligrafía barroca de Andrés González emplea esta expresión: “un poemario místico, bendito, sacrílego también, como debe ser el agua fuera de mayo”; el prologuista también sondea la identidad del protagonista lírico, Horacio Estanislao Cluck, como imagen especular del yo biográfico y su memoria encendida. En suma, una advertencia al lector de que, como en libros anteriores, en su amplia trayectoria poética Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) cultiva una heterodoxia de sombra alargada que transita por las diferentes secciones de esta propuesta lírica.

Desde la voz de un yo desdoblado arranca el apartado inicial en el que encuentra sitio una dicción limpia que desvela intimismo y transparencia. En ella fluye la conciencia de lo transitorio, el hilo débil que nos va acercando a un tiempo cumplido y que requiere hacerse perdurable en el quehacer de “Los constructores de palabras”. Desde su empeño, nace el poema cuyos rasgos muestran fragilidad y añoranza, un discurso emotivo de quien se siente náufrago a la deriva y conoce “el desastre de no pertenecer / a lugar alguno, / como los vencejos de agosto”.

La segunda sección emplea como única forma el poema en prosa. La reflexión difunde una estela de voces en la que escuchamos la transpiración de varias identidades, aunque prevalece una voz femenina asociada al recuerdo y al deseo, un deseo declinante que poco a poco se convierte en soledad vencida, como si el ahora solo dejase sitio a los recuerdos de otra cronología más propicia. La forma se emplea de nuevo en las composiciones del cuarto apartado en el que prosigue “Desnudos” su variada caligrafía reflexiva.

La verdad aseverativa de la derrota requiere un comienzo, la reformulación de una esperanza. Así parece anunciarse en el aserto que aglutina el tercer apartado “Imploró llamas y adivinos”. Porque el amor no basta y el presente despliega su grisura con su magra cosecha de sueños por cumplir, es necesario desplegar. La muestra final “El viaje” establece un claro paralelismo entre el viaje y el itinerario vivencial, en la línea de tantos autores clásicos; los poemas recuerdan el discontinuo gotear de la memoria para dejar estampas adormecidas de otro tiempo, con una geografía cómplice y cercana. Si el cuerpo de la amada es el primer plano del laberinto en el tiempo que permite sobrevivir a la incertidumbre, también se hace presencia la contemplación del propio destino con la mirada del observador que descubre los claroscuros y asimetrías de la identidad. El pasado ha perdido su luz onírica y ahora aparece como expresión de una mentira a la que no se puede regresar; lo mismo sucede con la casa que añade moho y derrumbe a sus cimientos o con las vivencias del discurrir siempre confrontadas con la grisura de la soledad.

En Los poemas de Horacio E. Cluck asistimos a un largo proceso de análisis interior. La derrota invita a reacomodar lo cotidiano y salir al día para buscar al yo trasterrado. Fiel a sus constantes poéticas, Luis Miguel Rabanal despliega intimismo y nos revela esas sombras de arena que duermen en la biografía del yo escindido. En ella se guarda un calor de vida ya gastada, la sensación compleja de haber sido.

José Luis Morante

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“Los poemas de Horacio E. Cluck”
Luis Miguel Rabanal
Huerga & Fierro / La rama dorada
Madrid 2017

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Gracias, José Luis. https://puentesdepapel56.blogspot.com.es/2017/06/luis-miguel-rabanal-los-poemas-de.html

Los poemas de Horacio E. Cluck en el blog Fuego con nieve

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OTRA DEFINICIÓN DE LA POESÍA

Poco después de entregar su producción poetica de muchos años en un grueso volumen, Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977), el leonés de Riello Luis Miguel Rabanal publica ahora Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga & Fierro). Me ha recordado a Rafael Adolfo Téllez y sus Los cantos de Joseph Uber (2011), donde el andaluz creaba también un heterónimo que se desenvolvía en el mundo rural tan bien conocido por el autor. Una selección de los poemas de Téllez, incluidos los cantos, ha visto la luz hace pocos meses en la antología La soledad del aguacero (Renacimiento, como la poesía reunida de Rabanal) con prólogo -volvemos al simétrico reparto geográfico- de Andrés Trapiello y epílogo de José Julio Cabanillas.

Rabanal, que ya había usado a Cluck hacía tiempo, lo recupera en este valioso libro mediante composiciones en verso que no adormece en el previsible ritmo y poemas en prosa que tienen no poco de narrativo, de episodios de una historia. Hay en él una labor de recuperación del lenguaje, también con el uso de palabras aldeanas -cilleros, tenadas, piérgulas, trébede, ganzas, aguzos- que no rescata la arqueología sino que se basta para ello el trapo limpio de la lengua, un tejido, un hilado que crea -y aquí viene esa posible definición, tan sugestiva- la poesía, “araña de efusión esplendorosa”.

Antonio Rivero Taravillo

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Gracias, Antonio. http://fuegoconnieve.blogspot.com.es/2017/06/otra-definicion-de-la-poesia.html

Los poemas de Horacio E. Cluck en La Ciudad Sinnombre

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POSOS

El derviche trenzaba la soledad, construía con su gesto otro gesto invariable, serenaba el contagio y colocaba esponjas impregnadas de colonia con dulzura en tu vientre. Prefieres el regocijo que sobreviene cuando ya no hay remedio: la garganta muy atribulada, magnolios podados en el Parque, nada de color rojo a pesar tuyo en los sueños. Cualquiera podría ser el comprador privilegiado de tu culpa, bajarte la nube y de un solo esbozo imaginar desvaríos. Alguien mima su teclado, se oye desde aquí el leve lenguaje que no acierta jamás, te amaré eternamente, le escribe en el papel invisible. Se apartan por fin como dos enamorados que sufren al unísono el celo asustado del infierno, se arrancan la ropa y suben cada uno sin cesar a su hastío, que es vendaval o que ya no es la usura. Ya no debes al derviche la risa, ahora tu oración es puntual y tristísima, enredas los dedos alrededor de un ínfimo espacio que no obtienes al rendir su tributo. Seguro que sufre, recordará sus montañas más tarde o temprano, si no se lo impides morirá junto a ti. A tu cuerpo le falta la sombra.

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De todas las ciudades que creí ver
como un lamento que nadie imaginaba,
solo en tu cuerpo encontré las calles perdidas
y el licor necesario.
Después vendrían otros cuerpos a soñarme
y a ofrecerme su costumbre por monedas.
Nada ya sería igual.
Hoy las estaciones
han cerrado sus puertas sin remedio.
El viaje hacia uno mismo no termina nunca,
idéntico a la muerte, idéntico a nosotros.
De todas las ciudades, te dije,
me quedo con tu boca,
un largo túnel para esperar la lluvia.
Recuerda entonces que soy débil.

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, Huerga & Fierro Editores, Col. La rama dorada (Poesía), Madrid 2017. Prólogo de Andrés González.

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Gracias, MJ. http://alfaro-laciudadsinnombre.blogspot.com.es/2017/06/los-poemas-de-horacio-e-cluck-luis.html