Mi memoria es un coladero de olvidos y acercarse a la ventana provoca un pudor insufrible. Llueve como la última vez, aquel día de descalabros azules que apenas si recuerdas, aquel día de cinturas cortadas por el tajo selecto del deslomador de serpientes. Hoy no es cabal mi memoria tampoco, ni siquiera me acuerdo del nombre que exacerbó con desgaire nuestra mansedumbre al unísono: el rostro verdadero de la usura y la certeza de haber sido negados al azar como locos que pasan riendo por el borde más abrupto de su vida. El que ha llorado sabe por qué.

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