El coño de la Bernarda se erizaba los lunes al atardecer con una grandeza digna de admiración, o eso decía el subteniente retirado Urdiales cuando acertaba a enlazar algunas palabras después de aquellos bebedizos de las once y treinta y dos. Ahora bien, lo que no acababan de comprender medianamente los recomponedores de huesos de la zona oeste de la villa era que el verdadero coño de la Bernarda gozaba de vida propia, se derretía como cualquier otro coño de la sin par y gloriosa plazuela de San Ginés, giraba sobre sí mismo y daba gusto oírle gruñir: ya vale, ya vale, ya vale, galán. Corrían rumores, sin embargo, de que no quedaría mucho tiempo para continuar con esta paparrucha, tres semanas más a lo sumo y el coño de la Bernarda sería enclaustrado para siempre en un séptimo piso sin ascensor y sin provecho.

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