Ya con la herramienta habitual en orden volvió a la faena y se topó con que Silvana rogaba tales agasajos que él mismo no se oponía a regalar y creyó oportuno trasmitir a la chiquilla un aliento diferente, un “tempo” sin el cual nadie podría asegurar que aquello no sería más que un trámite del odio y de la duda. Procedió a encaramarse a su costado. Le propinaba unas palmaditas de control apenas inflamables. La animó a serenar su ansiedad con cólicos nefríticos y bebés descabezados. La penetró en silencio. La penetró en silencio, insisto, con una amplia manoletina que dejó a la afición, inexistente a no ser que contemos a la Jennifer recuperándose con lentitud y a Mari Carmen que volvía a cogerle gusto al fisgoneo, absorta, temeraria. La poesía es una mierda, como todo lo demás, musitó sin ningún reparo el bienhechor, tras lo cual se dispuso a estimular el incidente porque bueno, ya se sabe que terminar sin terminar las preferencias es de revolucionarios y de angostos.

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