Las puertas del reposo se esconden de él igual que lagartijas. En el momento menos pensado surge la desesperación del niño que no termina de comprender el insolente dibujo de la casa. Alguien sueña muy lejos con resguardarse un día del dolor o si no de su asco. Enseñar al enfermo a dar de comer al que no sabe. Odio esas luces, repite el emigrante mientras busca en su cartera de goma el mendrugo de pan y la cajita de grillos. A ver quién es el primero en cortarle las alas sucias al tiempo, decirle palabrotas de frente y masturbarle con clemencia después de cenar. Vestir a los muertos y liberar al desnudo. A veces nos conformamos con clavar en su dedo la punta de un alfiler espantoso.

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