Las cavernas las inventó el maligno una tarde de abultados y sonoros ocios: se dijo que de mañana no pasaría la tormenta más dulce, o si no, que tarde o temprano tendría que llegarle a la risa del cobarde su enaltecimiento o su desposesión, que para el caso que nos atañe tampoco va a importar demasiado. Teniendo en cuenta que de la vida solo se salvan algunos tiovivos, las muñecas de azul y dos o tres linternas para poder desaparecer con ellas sin una pizca de cuidado, teniendo en cuenta eso y lo que se calla el archiduque, digo, es lícito aseverar que estamos a disposición de quien quiera venir a rematarnos. Claro que sí, besarse como si fuese, sin nosotros, a terminarse el tiempo.

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