Homenaje a Marian Suárez

 

  

Aunque tarde, como siempre, una semana después del homenaje que el Ayuntamiento de la ciudad le brindó a la poeta Marian Suárez, vaya con estas líneas y con la reproducción de su poema inédito mi abrazo virtual.

 

 

 

 

 

 

COLOR DEL MUNDO GRIS, CASI NEGRO

 

 

Para la Dra. Barreiro del Hospital

Universitario Central de Asturias, con gratitud.

 

 

 

 

Intento, al igual que otras noches, leer,

pero no puedo. Necesito dormir:

-ea, ea, ea, nana, nanita ea-

entrar sin hacer ruido, lentamente, en mis sueños,

pero es que no puedo.

 

 

 

Y es que, mis ojos, como siempre, dan la nota,

dialogan entre si,

me ofrecen pactos, prolongación, espacios nuevos,

para expresar cuanto decir ahora no pueden,

las palabras.

 

 

 

Mientras, el dolor, guadiana de mi aliento,

asiente, sin decir nada al abandono de las horas.

Horas que nunca fluyen, no mitigan,

ni siquiera un instante,

el quebradizo itinerario de mis huesos.

 

 

 

No obstante, y en las demarcaciones de tanta soledad,

soy otra solamente conmigo.

Ya no extraño ni mano, ni tacto ni caricias;

el fuego en mis heridas permanece encendido,

crepitan cerca de mí, perseverantes,

las cenizas.

 

 

 

Penas

 

 

De súbito quieres repetir las palabras. Hay caminos que llevan a su sueño y otros más desmañados aún que retroceden ante el grito, no puede ser, en la vida hay dulzuras que no reconoces. Cualquiera conseguirá aproximarse y sellarle en los labios la promesa cuantiosa, la malaventura inclusive, el azar que martilla sus sienes de nuevo para causarte más lástima. En lo sucesivo te tendrás que cerciorar de que el amor renuncie también al almagre, a la ignominia. Lo crees sencillo, dirimir entre sus abrazos la pródiga destreza, la geometría de su carne establecida sin ti mas cerca de ellos, como un paso equivocado que dieron las muchachas al quererlo despacio y al quererlo desnudo, adentro, más adentro. Ahora mismo ya es posible gozar: mostrar sobre su retina el espanto y también la proeza que significa no estar aquí, pero tampoco haber estado nunca, permitir que sus pezones ablanden la bruma, que nadie lo sepa sin embargo, ocultar el asombro cuando llaman a la puerta, confesarse sublime. Dejas que llore. A una distancia exagerada de tu cuerpo se halla su fantasma más fiel, deja que llore, que te enseñe los cromos y las guerras de aquel verano, que chupe y que chupe hasta confundirse con el semen de L.

 

 

 

 

Babas

 

 

Cada día un diferenciado terror. Les queda por comprender cuándo será el instante óptimo para alejarse y no escuchar más su condolencia: a partir de ahora sólo apreciar el perfecto matiz de sus arrugas. Para que no los vea, para que nadie interrumpa su clausura, igual que los enfermos se debilitan con la necia visita de los necios, para que no los vea y no llore más por ellos. El cuarto de costura está casi vacío, las sombras lo desvelan, no hace frío ni sopor tampoco. Quizá ella querría ser destruida sin ninguna parsimonia. Hubo una época en que sí era diferente octubre con su manto de ceniza y de agua turbia, clávame tus dedos, decía entre dientes, hazme prisionera. La foto conserva ese preludio, se olvidarán de todo, harán fuego con la imagen o se masturbarán con ella. G. ha querido que así ocurra, con papel se limpia el diminuto arroyo que fluye entre sus piernas, se da la vuelta más y se ofrece más impúdica que antes. Ya es el momento de regresar, le susurra sin congoja, no existe esa pequeña muerte a la que aludes, no me dejes tan campante. Daremos lo no vivido por pasado.

 

 

 

Encuentros en la tercera o cuarta clase

 

 

Por si fuera de interés:

 

 

 

El próximo viernes día 1 de febrero, en Gijón, a las 20 horas, tendrá lugar en el marco de los Encuentros Poéticos en el Antiguo Instituto la lectura del libro “Mortajas”, inédito de un servidor. Coordinado el evento por Antonio Merayo, la presentación correrá a cargo de Fernando del Busto, correspondiendo el recitado al rapsoda Miguel Ángel Caballero y a la actriz Yasmina Álvarez. El Grupo Gijón de Pulso y Púa interpretará diversas músicas.

 

 

Se rumorea que la Organización tiene previsto hacer entrega a cada asistente de una bolsa de chucherías repleta de pipas, nevaditos, gominolas y chufas para paliar el más que posible aburrimiento del amable público. Si hasta estoy por ir.

Cremas

 

 

Querrá ser como ella, se pondrá de pie con el entusiasmo que acaece cuando uno menos sufre. Allá abajo, en la plazoleta nueva, el mundo prosigue mientras tanto con su farsa y sus niños más obtusos, claro que sí, y tú te desentiendes del cuerpo que aborreces. A su vez, ella hará con su cabello una flamante mentira, va a ser fiel a su modo y añade mendacidad a su desgarro. Sí que la reverencias, como los sonámbulos honran sus cadenas lívidas, su espanto. Ya no habrá por hoy más granizadas. Y crees sin embargo que el deseo se parece a esa proclama que no se sustenta por sí misma: ¿Quién es el culpable de tanto desamor? ¿Cómo es que ella disfruta sin querer con la desidia de los demás? Y por último, ¿será cierto que no miente más su espejo que otros días y que no le aterran las perentorias súplicas de A.? Querrá ser como ella, estás casi seguro.

 

 

Sombras

 

 

Sin querer, sin mover los labios, sin estar. De ella conmueve la luz que no se apaga entre sus ingles. Nos cuesta escribirlo, no es propio de nuestra ternura convocar su sed así, lamer su garganta con filos apagados semejantes al niño que camina por la finca envuelto en un sudario beige, no se lo proponen. Tampoco debería estar aquí, ella deambula sin cesar por su memoria, se desdice y a la vez les sella los labios con palabras mínimamente soeces. Sin querer, sin haberla llamado nadie, o bien con el cuerpo exhausto de tanto sinsabor, su orgasmo milímetro a milímetro registrado en sus libretas múltiples de notas. Nadie la habrá visto. Es la sombra que perdura en la maleza del saúco, al amparo de los mirlos, o no era allí tampoco sino diciendo adiós a alguien que llegaba, pobre pequeña. Nada más abrazarla, pedazos de su piel entre la mugre de sus uñas, parodia de un amor sin reflexión ni constancia, nada más quererla sin quererla. Está cansada, se parece a nosotros, o eso dilucidan. Su ira entorpece su gemido.

Caricias

 

 

Con la brevedad de las horas que ya han sido vividas, con la náusea que producen los días de excesiva lluvia, con la mirada de los que no han vuelto el rostro para mirar por última vez, con el desprecio de las niñas, aquellas criaturas diminutas que ponían sus manos en las tuyas provistas del barro de cada una de las necesidades que se fueron, con el cuerpo cansado y en peligro la noche… Con todo ello van a poseerte. Se conoce que han visto detrás de ti las casonas y el viento, las muchachas heridas y esa carraspera rancia por el vodka. De todas las maneras no te fíes de ellos, son los menos indicados para amarte, les tiembla mucho el pulso si te tocan, se les cae el cabello al mordisquear alrededor de tu lengua, de tanto anhelarte hasta han envejecido. Con solemnidad, con la que apuran en tus pechos los bandoleros más grises, como si nunca hubieras existido. Como él.

Lágrimas

 
 

 

Muéstrale el rostro que jamás escondiste a no ser a quien te obtuvo bajo su desprecio. Dile que no, que hoy llevas ocupada casi la mañana. Junto a ti el sonido del mar ofrece ostentación al vigilante de los cuerpos, como si se tratara de un mercado insólito, el roce que te falta te lo daré de buen grado si me ayudas a entrar en ti, exclama, como si fuese día de extremada tristeza también, su boca en su boca y su glande haciéndose el bruto. Dile que no otra vez, para que se habitúe al sermón del silencio, las palabras que rompen su simetría porque sí, porque sin ellas el fastidio debería ser el límite. Si solamente es tu vientre, ¿de dónde han surgido? A menudo cuentan por los dedos el tiempo que les falta por contar: argüir la postración, herir más deprisa de lo necesario, insultar a quien aún no tiene nombre. ¿Cómo es de desproporcionado su sexo si lo besas?

Abrazos

 

Se aviva con el fuego, es decir, vienen y se van las cosas que menos se han amado, se escucha el gorjeo del niño que no nos ha hecho siquiera sonreír con el disparo de su rifle, por lo demás alguien lo anota. Pasan cerca de ti milanos o si no, será en tu memoria. Creyó ver moverse con lucidez sombras que dan sustos, criaturas de vientre inexplicable. Ahora llueve y sobre sus caderas el frío cuesta contenerlo, mortificar con desdén su enorme paciencia y su rito absurdo. Ya no lo toleran más. Se abren como puertas desmedidas, saben su ingle porque ya se fue la destemplanza a sorber sus ponzoñas. ¿Para qué tanta necedad?, dicen. Le aterran cuando arañan su piel y queman con cigarros el fondo hueco de sus párpados, nadie ha venido a por ti. Nadie ha llegado en tu socorro, se conoce que no ignoran que la ceguera o el desamor existen.

  

Nudos

Desde aquel lugar observan el paso de las horas, se hacen recelosos a partir de su exasperante penuria y al final les sobreviene el hastío. Es el mismo paraje de todos los días, donde de noche buscan y no encuentran jamás el cuerpo que les falta. Ni siquiera averiguan por qué, es como si les aterrara el demonio de la carne descompuesta, el del dolor que llama a su ventana sin ninguna constancia, sin mansedumbre. Hay quien ha visto su rostro y lejos de sus manos, como en determinada indigencia que vuelve, se dejó vencer y escupió su flema que tampoco era de este mundo. Ya no pueden tardar. Cuando la lluvia se eterniza más y la calle se puebla de sombras domésticas y plantas que dan tos, cuando ya las palabras han confesado su penúltima sorna y el poema cierra su equilibrio con esfuerzo, entonces ocurre el milagro, M. se duerme y el deseo les cruza los ojos como húsar abstemio. Un cuerpo más que tiene que volverse ante la dulzura que no le corresponde. Nadie termina del todo todavía y sin querer el puño de cristal se clava en su seno, discurre por la habitación la sangre que ahora mismo el visitante mezcla con saliva, con esperma, con mucha soledad.