Francisco Caro / Carta pública a LMR por “Que llueva siempre”

Querido Luis Miguel, como en tantos, no nos hemos tratado personalmente. Tan sólo a través de estas ventanas maravillosas que tanto bien pueden hacer. Conocí de esta manera tu poesía, también por algunas lecturas públicas de algunos amigos comunes en Madrid. Sé de tu estado. Ahora nos llega este Que llueva siempre (Huerga & Fierro), en una colección de empuje, Rayo Azul, que vienes anunciando como cierre de tu producción édita. No sé si es un rapto emocional o una voluntad meditada. Pero sí, todo el libro, sobre todo en los principios y en los finales destila un sabor a hortensias en flor y en despedida. Es un texto sembrado de coraje, pero también de desaliento. Hubo y hay razones para escribir, no dudes eso nunca. Y las habrá. Dónde si no se hubieran alojado los labios y las blusas, la memoria de los montes, la desazón de la nieve; qué otro arroyo sino el papel para tus risas, para el sufrimiento. Llueves desde un lenguaje poderoso, sin velos, ni atajos. Viertes, desde las raíces, la oscuridad que esperas, que esperamos. No estás solo. Ni en el alcohol ni en las espumas. Sólo que en ti crecen con más ahínco los rincones de la infancia, las esquinas de una juventud que alguien detuvo. Por eso, en el centro del libro, entre las amenazas y los abismos que a mitades buscas y abandonas, hierven los poemas a los que más he vuelto. Esos que hablan de lo que fuiste y sigues siendo, de los prados y los riscos, de la noches y las chicas abrazadas, del porvenir, de los amigos, de la ilusión en alza, de cuanto te visita saltándose fronteras. Dices en un primer verso Deja que la noche te abrase la memoria. Ojalá y te leyeran todos los poetas de nuestra lengua, ojalá y aprendiéramos a decir lo que importa, ojalá y llegásemos como tú a la desembocadura en donde los poemas ya no pueden volver, mentir ni traicionarse. Escribes desde ese Olleir de hierro y mar donde resides. La dureza de un presente tan continuado no puede con los montes de blanco, aunque esta primavera tan extraña haga que los neveros comiencen su deshora. Quiero decirte desde Mientras la luz que es imposible no volver, no regresar a tus poemas, a tu libro –que las “nuevas amazonas” me trajeron–, a tu fiebre y tu dicha. A nuestra fiebre y dicha. El libro, con el que cierras la serie Postrimerías, hace del ayer un presente instantáneo, gozoso y dolorido, picaporte de una puerta que deja entrar en lo que fuimos y seremos. Tan sólo tiempo, no otra cosa. Lo no borrable mientras seamos hombres. Ni siquiera con aquellas MILAN, de mansedumbre al tacto, que poblaron nuestra escuela. Sólo tiempo. Tú y tu libro estáis allí, estáis aquí, en el preciso instante en el que el miedo y los deseos copulan, algo que no pueden ocultar las distorsiones pronominales –yo, tú, él– con que acostumbras. En algún lugar dices que haber vivido mucho es como soñar muchachas en las noches de junio. Es junio, y es la apetencia serena de los días nuevos. Sólo decirte que tu Que llueva siempre es poesía tendida sobre el lenguaje, como sobre una cama deshecha que conoce los rastros del amor.

Recibe, Luis Miguel, el abrazo que desde aquí te envío.

 

EN LAS ERAS DE C.

Mira la bruma que envuelve, como un ogro,
la pradera sin críos, los frutales
cargados y el afable tiempo por venir.
Mira ese mundo y se confunde, la misma ropa
repasada, el mismo perro que se deja coger,
el mismo hermano que solloza amargamente
porque se hace, de súbito, de noche.
Mira las últimas casas y hay fuego en ellas,
o es un resplandor que engaña
y después se debilita como sucede
con todos los cariños, mira mira mira
también la soledad que tuvo.
Allá lejos se insinúan abrazos
y se descifra complejamente el sufrimiento,
un hombre con sangre manando de su cabeza
y muy abiertos los ojos.
Mira el invierno que pasa como pasan lobeznos,
con destreza aprendida, por esa calle solemne
y silenciosa de marzo.
Y apenas si ve nada, un niño amortajado
sin deberes, las eras que se agostan,
las ancianas de negro y la iglesia vacía,
o el cuerpo que fue suyo,
con piernas que corrían, sobre la nieve,
en Montecorral.
Muy poquitas cosas que reescribir con gozo.

 

 

Y NUNCA VOLVER

Bajo este cielo frío se le encoge el corazón
una última vez y es discurso apagado
el amor, al menos el cuerpo que llamaba al amor
por su cordura, y es celebrado ahora lo inevitable
del recuerdo, tantas blancas camisas de puños
devorados por algas,
tantos labios arrancados de golpe
por el extranjero que vive hoy a su amparo.
Nada es preciso cuando el adiós es alguien
que solloza permanentemente en una silla
con ruedas prestada al destino,
su misma culpa de los mismos muchachos,
y nos espía la zozobra de abandonar
el monte de la Otrera, allí
donde fuimos niños sin quererlo
un verano o a lo sumo una vida.
Bajo este cielo helado el hombre se adelanta
a partir a ningún sitio, le exige al tiempo
más usura y recoge un puñado
de tierra en los frascos con óxido.
Todo ha sido dicho.
Todo contemplado con los ojos de la angustia
como el estafador que huyese, pero hacia atrás,
hacia su propio origen y su muerte descrita.
Sin ninguna piedad, es cierto.

*

Gracias, Francisco.
https://mientraslaluz.blogspot.com/2020/06/carta-publica-y-dos-poemas-de-luis.html

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