Que llueva siempre y Carlos Alcorta

 

Una despedida no exenta de incógnitas

El deseo de que llueva siempre parece, más que una aspiración que puede albergar connotaciones positivas (la lluvia como elemento fecundador de vida), un epitafio, el lema de una renuncia, si entendemos la lluvia como sinónimo de oscuridad, de nostalgia, de recogimiento vital. Luis Miguel Rabanal (León, 1957), autor de una extensa obra poética que agrupó en un magnífico volumen, “Este cuento se ha acabado. Poesía reunida 2014-1977”, publicado en 2015, ha escrito este libro de poemas como si fuera, parafraseando a Francisco Brines, el “ensayo de una despedida”, pero quienes escribimos sabemos que el oficio de escribir está sujeto a ciertas servidumbres, a ciertas prescripciones que exceden la voluntad del poeta, por eso, pese a que, como veremos, la muerte —«Ahora es el tiempo de merecer, / sin más ni más, la muerte», escribe en «Lugares comunes»— ronde en algunos de los versos más desgarrados de “Que llueva siempre”, creemos que responde más a un estado temporal de desesperación que a una intención consolidada, a pesar de que el último poema del libro cierre el círculo cuyo punto de partida estaba en el primer poema y redunde en este propósito, o quizá por esa misma razón, ya que la latente ironía rebaja el impacto de la tragedia: «Aleluya pues, amigo mío. / Despídete de todos y de todo, y para la ocasión vístete / de etrusco en celo o de policía nacional endomingado. / Cuentan por ahí que vale más quien enumera sus errores que el que se ciñe a la ferviente / inmensidad opaca de su culpa».

La poesía de Rabanal se ha caracterizado siempre por la profusión de detalles, por el deseo de verbalizar la totalidad de la experiencia, lo que le lleva, en ocasiones, a rozar la exuberancia verbal. Y es que no resulta fácil mantener un tono reflexivo de alta textura emocional cuando el poema se dilata métricamente y el ritmo se “corrompe” por la necesidad de enfatizar un determinado sentimiento, sea el que constata la fragilidad del amor o el que provoca asumir que la enfermedad y el dolor son inseparables de la propia experiencia. Las particulares condiciones de la vida del autor afectan ineludiblemente a su escritura y el lector que esté al tanto de esas limitaciones no puede ignorarlas cuando se dispone a leer sus poemas. Sin embargo, es oportuno preguntarse hasta dónde son capaces de percibir las causas de ese sufrimiento los lectores que desconozcan esa terrible circunstancia. Muchas son las pistas que Rabanal va dejando en sus poemas. Ya en el primero, ya mencionado, «Un hombre que dice adiós», escribe: «Es el apestado que sobrevive a su propia / y profunda mala suerte». Unos versos más adelante hace alusión a su padecimiento, aunque utilice como máscara una distante tercera persona: «Si quisiésemos podríamos golpearlo sin dolor, / con solo hacer burla de sus piernas que no existen». Como sabemos, el personaje que protagoniza los poemas es solo a medias independiente del poeta, del hombre que escribe. Comparte, sí, vivencias, ambiciones, sueños, pero dicho personaje, y a eso ayuda el distanciamiento antes aludido, es visto no solo desde el interior, sino a través de un periscopio que emerge a la superficie y observa el entorno y, a su vez, es observado casi como si fuera un extraño para sí mismo. Esa es una de las virtudes de la poesía, la capacidad de desdoblamiento: «Es el personaje que tose desde su silla / ensangrentada y tiene mucho, mucho, mucho frío. / Nos ha mirado con pena y nos señala / por casualidad las flores», pero también es el que «cualquier día comenzará nuevamente a caminar / por la casa…». De forma paralela a la narración de estos hechos presuntamente objetivos, se desarrolla una visión del mundo que tiene poco que ver con la realidad y mucho con la alucinación, con una más que probable influencia de José Hierro. Ambienta una gran parte de los poemas una iluminación onírica que alimenta esas alucinaciones al parecer solo momentáneamente, porque pronto «la realidad [las] convierte en monsergas».

La presunta despedida es el hilo argumental que conecta estos poemas divididos en tres secciones con títulos muy aclaratorios: «Despojos de la vida alegre», «Todavía es memoria» y «Los sueños raros». No hay diferencias sustantivas entre los poemas que integran cada una de las partes, si acaso en la última, ese halo onírico está más presente que en las anteriores. “Que llueva siempre” cierra la trilogía que con el título común de “Postrimerías” forman “Los poemas de Horacio E. Cluck” y “Matar el tiempo”. Cualquier lector puede advertir que la muerte está muy presente en todo el ciclo, pero en este último libro prevalece por encima de esa presencia opresora otra de signo vitalista que nos hace, además, albergar la esperanza de que la citada despedida sea solo un repliegue momentáneo. Hablamos del componente erótico, de la recreación en el cuerpo objeto del deseo visto sí, desde la nostalgia, pero una nostalgia nutricia, asociativa: «La vida era otra cosa y apetecía encararla / desnuda, violenta o agotada, quitándose el vestido, / y muy cerca de nosotros oler su piel». La combinación de ambos aumenta las incógnitas que el lector futuro deberá ir despejando.

Que llueva siempre, Huerga y Fierro Editores, Col Rayo azul, Madrid 2020.

 


Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 12/06/2020
También aquí: https://carlosalcorta.wordpress.com/2020/06/12/luis-miguel-rabanal-que-llueva-siempre/
Gracias, Carlos.

Que llueva siempre en Mientras la luz

 

Francisco Caro / Carta pública a LMR por “Que llueva siempre”

Querido Luis Miguel, como en tantos, no nos hemos tratado personalmente. Tan sólo a través de estas ventanas maravillosas que tanto bien pueden hacer. Conocí de esta manera tu poesía, también por algunas lecturas públicas de algunos amigos comunes en Madrid. Sé de tu estado. Ahora nos llega este Que llueva siempre (Huerga & Fierro), en una colección de empuje, Rayo Azul, que vienes anunciando como cierre de tu producción édita. No sé si es un rapto emocional o una voluntad meditada. Pero sí, todo el libro, sobre todo en los principios y en los finales destila un sabor a hortensias en flor y en despedida. Es un texto sembrado de coraje, pero también de desaliento. Hubo y hay razones para escribir, no dudes eso nunca. Y las habrá. Dónde si no se hubieran alojado los labios y las blusas, la memoria de los montes, la desazón de la nieve; qué otro arroyo sino el papel para tus risas, para el sufrimiento. Llueves desde un lenguaje poderoso, sin velos, ni atajos. Viertes, desde las raíces, la oscuridad que esperas, que esperamos. No estás solo. Ni en el alcohol ni en las espumas. Sólo que en ti crecen con más ahínco los rincones de la infancia, las esquinas de una juventud que alguien detuvo. Por eso, en el centro del libro, entre las amenazas y los abismos que a mitades buscas y abandonas, hierven los poemas a los que más he vuelto. Esos que hablan de lo que fuiste y sigues siendo, de los prados y los riscos, de la noches y las chicas abrazadas, del porvenir, de los amigos, de la ilusión en alza, de cuanto te visita saltándose fronteras. Dices en un primer verso Deja que la noche te abrase la memoria. Ojalá y te leyeran todos los poetas de nuestra lengua, ojalá y aprendiéramos a decir lo que importa, ojalá y llegásemos como tú a la desembocadura en donde los poemas ya no pueden volver, mentir ni traicionarse. Escribes desde ese Olleir de hierro y mar donde resides. La dureza de un presente tan continuado no puede con los montes de blanco, aunque esta primavera tan extraña haga que los neveros comiencen su deshora. Quiero decirte desde Mientras la luz que es imposible no volver, no regresar a tus poemas, a tu libro –que las “nuevas amazonas” me trajeron–, a tu fiebre y tu dicha. A nuestra fiebre y dicha. El libro, con el que cierras la serie Postrimerías, hace del ayer un presente instantáneo, gozoso y dolorido, picaporte de una puerta que deja entrar en lo que fuimos y seremos. Tan sólo tiempo, no otra cosa. Lo no borrable mientras seamos hombres. Ni siquiera con aquellas MILAN, de mansedumbre al tacto, que poblaron nuestra escuela. Sólo tiempo. Tú y tu libro estáis allí, estáis aquí, en el preciso instante en el que el miedo y los deseos copulan, algo que no pueden ocultar las distorsiones pronominales –yo, tú, él– con que acostumbras. En algún lugar dices que haber vivido mucho es como soñar muchachas en las noches de junio. Es junio, y es la apetencia serena de los días nuevos. Sólo decirte que tu Que llueva siempre es poesía tendida sobre el lenguaje, como sobre una cama deshecha que conoce los rastros del amor.

Recibe, Luis Miguel, el abrazo que desde aquí te envío.

 

EN LAS ERAS DE C.

Mira la bruma que envuelve, como un ogro,
la pradera sin críos, los frutales
cargados y el afable tiempo por venir.
Mira ese mundo y se confunde, la misma ropa
repasada, el mismo perro que se deja coger,
el mismo hermano que solloza amargamente
porque se hace, de súbito, de noche.
Mira las últimas casas y hay fuego en ellas,
o es un resplandor que engaña
y después se debilita como sucede
con todos los cariños, mira mira mira
también la soledad que tuvo.
Allá lejos se insinúan abrazos
y se descifra complejamente el sufrimiento,
un hombre con sangre manando de su cabeza
y muy abiertos los ojos.
Mira el invierno que pasa como pasan lobeznos,
con destreza aprendida, por esa calle solemne
y silenciosa de marzo.
Y apenas si ve nada, un niño amortajado
sin deberes, las eras que se agostan,
las ancianas de negro y la iglesia vacía,
o el cuerpo que fue suyo,
con piernas que corrían, sobre la nieve,
en Montecorral.
Muy poquitas cosas que reescribir con gozo.

 

 

Y NUNCA VOLVER

Bajo este cielo frío se le encoge el corazón
una última vez y es discurso apagado
el amor, al menos el cuerpo que llamaba al amor
por su cordura, y es celebrado ahora lo inevitable
del recuerdo, tantas blancas camisas de puños
devorados por algas,
tantos labios arrancados de golpe
por el extranjero que vive hoy a su amparo.
Nada es preciso cuando el adiós es alguien
que solloza permanentemente en una silla
con ruedas prestada al destino,
su misma culpa de los mismos muchachos,
y nos espía la zozobra de abandonar
el monte de la Otrera, allí
donde fuimos niños sin quererlo
un verano o a lo sumo una vida.
Bajo este cielo helado el hombre se adelanta
a partir a ningún sitio, le exige al tiempo
más usura y recoge un puñado
de tierra en los frascos con óxido.
Todo ha sido dicho.
Todo contemplado con los ojos de la angustia
como el estafador que huyese, pero hacia atrás,
hacia su propio origen y su muerte descrita.
Sin ninguna piedad, es cierto.

*

Gracias, Francisco.
https://mientraslaluz.blogspot.com/2020/06/carta-publica-y-dos-poemas-de-luis.html

Que llueva siempre y Francisco Álvarez Velasco

 

LAS MIGAJAS DEL TIEMPO / Francisco Álvarez Velasco

De cuanto huye, de cuanto duele / en el penúltimo anochecer, de las migajas del tiempo / nos queda la razón / de haber soñado mucho […]”. El penúltimo anochecer de la existencia es metáfora del final próximo. Nuestro poeta lleva anunciando desde hace meses que este libro –el tercero de “Postrimerías”- es el último que publicará. Algunos títulos de sus poemas apuntan a ello. Dice también que tiene tres o cuatro decenas de inéditos, pero que ya no se siente con fuerzas para publicarlos y que prefiere morir tranquilamente. Esperemos que no siga en su testamento a Virgilio o a Kafka. Y si lo hiciese, que quien tenga la decisión haga que no se cumpla su voluntad.

Que llueva siempre es, a mi entender, posiblemente el mejor libro de Luis Miguel Rabanal. Un libro muy trabajado, que no es una colección de poemas, como tantos de los que se publican, sino elaborado con una voluntad de arquitectura que ordena el discurso: Un tríptico cuyas primera y tercera tabla tienen el mismo número de poemas -16- y la segunda solo tres más. Los títulos de la primera y segunda son muy denotativos: “Despojos de la vida alegre”, “Todavía es memoria”. También pienso que la dureza existencial que le ha marcado está ahora menos aminorada que en su obra anterior, donde se distanciaba mediante la ironía, el humor o el sarcasmo. El lector sabe lo que le espera después de leer el epígrafe de MJ Romero “[…] tus huesos porosos como estrellas de mar / resecas sobre un mes de julio sin lluvia.” Se distancia también enmascarando preferentemente el yo poético en la segunda y tercera personas gramaticales.

“Que llueva siempre” o, también, “Que nieve siempre”, que bien podría ser otro título. Luis Miguel Rabanal es poeta al que entenderá mejor quien sepa de la naturaleza de Riello y la toponimia de su entorno –su Olleir-, donde la nieve está muy presente y se prolonga más allá de sus estaciones naturales hasta los desnevios. Pero la Naturaleza se ve mejor desde su efecto personal o en los otros: “En tanto la nieve, o era su predestinación, / un año más, cubriría las calles de mujeres / abrigadas y hermosas, y de niños ruidosos”.

Rabanal no es poeta de fácil lectura porque sus poemas abundan en claves personales -de la niñez especialmente, también de sus sueños o pesadillas- que el lector desconoce, aunque están apuntadas en toda su obra. Su poesía es fuente de aguas vivas a la que fluyen escondidos veneros de dolor y nostalgia buena.

Predomina el dolor. Y, sin embargo, el lector se consuela y se detiene complacido en ciertos momentos optimistas:

Lo que más importa es vivir, es cierto, o beber
en silencio del licor mientras escribes
una carta de lealtad al inútil pasado.
Lo que importa es vivir ese lúcido desgarrón
de tu vida y decírselo, cariñosamente,
a ella.

Un libro atravesado por las heridas del amor, de la vida y de la muerte. Y con palabras que se encuentran y entrecruzan por vez primera para crear asociaciones que envidiaría Buñuel o los mejores surrealistas.

Muchas gracias, Luis Miguel, por lo que ahora nos entregas.

 

Luis Miguel Rabanal, “Que llueva siempre”, Huerga y Fierro Editores, Col. Rayo azul, 2020.

*

Publicado por Francisco Álvarez Velasco en su muro de Facebook el 4 de junio de 2020.

Dos poemas de “Lo que dejamos fuera”, de Regina Salcedo

 

Piensa en una fotografía de tu infancia
y ahora escarba una madriguera de polvo,
oscuridad
y tiempo.
Abandónala allí
y añade tierra,
tierra,
más tierra alrededor,
como estrechando un cerco.

¿Qué crepita en tu pecho?
¿Qué ser pequeño muere?
¿Cómo la llamarás cuando se olvide?

¿Hace ruido una imagen al caer rodeada de espectros?

 

 

Todo es símbolo. Somos como una espuma
que lo rellena todo. Nuestra mirada de agua
necesita adaptarse a un recipiente. No concibe
el mundo sin la forma. El suceso
sin causa y consecuencia.
Las manos martillean,
clavan, ensamblan, trenzan,
lo mismo que los ojos.
Nuestra mente
crece en la analogía,
hace su nido en ella.

*

Regina Salcedo, “Lo que dejamos fuera”, Huerga y Fierro Editores, Col. Rayo azul, Madrid 2020.