Los poemas de Horacio E. Cluck en El orden olvidado de las palabras 5

 

Esta lluvia que recorre caminos
e invade la vida de charcos serenos
no debe preocuparte, aunque
solo fuera por hacerte reflexionar
sobre cuanto tuviste un día lejano
en la memoria pero que hoy lo vistes
con ropa de domingo,
también para el barro, y dispones
de ayer en adelante tu diferencia.
Amor mío, no tendremos lugar nunca
más hermoso que la luminosidad
después del aguacero, esa tierra
empapada y tuya que guardas
con ahínco.
Miras el cielo y reconoces
haber pasado por allí una tarde,
con el corazón desvencijado y puro.
Qué carta más triste esta lluvia
que atesora la aulaga.

 

“Los poemas de Horacio E. Cluck”, Huerga y Fierro editores, Col. La rama dorada, Madrid 2017. Prólogo de Andrés González.

*

Gracias, Angelina.
https://elordenolvidadodelaspalabras.blogspot.com/2019/10/esta-lluvia-luis-miguel-rabanal.html

A la que falta y Julio Obeso

 

Sobre escribir debe estar todo escrito. Tal vez, algún rincón, un fleco, pasen desapercibidos.

Ayer, un viernes por la tarde, cuarenta personas asisten a un recital de poesía. Al menos cuarenta seres humanos, en una ciudad, deciden que van a invertir su tiempo en escuchar lo que alguien escribió en la intimidad de su cuarto. Son poemas que nacieron a la memoria de una madre, una madre que, posiblemente, ninguno en la sala conoce. Un nombre: “Cristina”. No es su madre pero las palabras del poeta trabajan sus márgenes, perfilan el sentimiento que toda madre destila. Ahora las suyas empiezan a parecerse a Cristina. El quinto, por la izquierda, de la tercera fila, se ha quitado las gafas allí donde el poeta dice:

“Nieva otro poco y ella ha perdido la horquilla, ha perdido los chanclos, ha perdido seguramente por tu culpa los años mejores.”

Las está limpiando con un pañuelo que se parece a otro bordado a mano, pero que ya no, que nunca. Se las vuelve a colocar mientras se pregunta cómo alguien, desde la intimidad de su cuarto, podía conocer a Carmen, la Carmen que le dio las mejores meriendas, el cariño más desinteresado.

Es otra la voz que lee:

“Ojalá estuvieses aquí porque me obligarías a ajustar las cuentas con cuatro años de paseos gloriosos y otros tantos de cenas sin luz y sin sal.”

Al lector le cuesta seguir, piensa que aún la tiene a su lado pero ya van tres semanas sin la visita a Gloria, que las cuentas nunca salen cuando la muerte resta, que la sal solo es un cansancio hipertenso, un cenar por cenar si el paseo, o Gloria, no puede ser de la mano.

Desde la tarima podría jurar que aquella mujer está atravesada por la comprensión. Es deducible, una apuesta a favor del viento. Entiende, de pronto, que una madre es un territorio demasiado grande para un solo hijo, para que un hombre solo, en la intimidad de su cuarto, pueda sentir su ausencia. Comprende por qué todas las madres siempre se citan en las plazas, la razón de cuarenta personas alzando los ojos al nombre propio de un cuello que les quitó tanto invierno.

(A Luis Miguel Rabanal: hoy besé a mamá, por los dos).

*

Recupero hoy el texto de Julio Obeso escrito con posterioridad a la presentación del libro A LA QUE FALTA (Origami, 2013) en Gijón el día 18 de octubre de 2013 e inexplicablemente no colgado nunca en el blog.