LAS BOFETADAS DEL FRÍO / Diego Medrano

Luis Miguel Rabanal (León, 1957) es un orfebre de la palabra, su poesía completa o reunida bajo el título “Este cuento se ha acabado” (Renacimiento) generó hordas de perseguidores y fanáticos. Sus libros de relatos hablan frecuentemente de la crueldad callada femenina (“Elogio del proxeneta”, “La verdadera historia de Montserrat C.” en un duelo con el sexo opuesto siempre enriquecedor, otro, embriagante. Su tetraplejia por culpa de un accidente doméstico (mucho ha buscado el recurso legal para una muerte digna) no ha frenado una obra literaria al límite, fecunda, brillante, acostumbrada a la alucinación simple y con la luz de vela de lo confesional, ajena al pudor, casi arañazo o susto convulso. Avilés y su territorio desde hace años, tuvo su homenaje por parte de los jóvenes poetas del Club Leteo de León y es voz nueva, clásica, espectral, honda.

El libro que ahora presenta tiene aires de poemas en prosa muy a su aire, presididos por la brevedad y las luces largas de todo mundo oscuro: “Matar el tiempo” (Trea). El libro tiene un entero sabor a frío y frases como puñales, generalmente como introductorias al convite: «Me sabe la saliva a fuego y no son las cuatro», «Su cuerpo asustado y mi cuerpo asustado», «Soy quien no ha llegado aún», «Mi carne no es la carne que aguardabas», «Vas a saber quién soy yo», etc. El libro se inicia con dos aperturas significativas: «La vida transcurre en el ojo gigante del límite» (MJ Romero), «En el frío que lápida los armarios,/ el hielo que ocupa el espacio entre los huesos» (Ana Martínez Castillo). La crueldad, como a Rimbaud, rejuvenece al poeta: poesía de salir de uno mismo y no acobardarse, poesía de conflicto con el otro y no resolver el propio, monstruario donde la prisión es vida y todo se perpetúa en un extraño sudor a adolescencia. Hay versos donde el tiempo se paraliza y los relojes lloran: «A saber quién es el que me observa y descubre mis piernas cortadas con repulsión, con exagerada ternura». La piedad elidida es otra brújula.

Rabanal es un poeta sin artificios: el lenguaje es directo, no se perdona y en cada línea se la juega. Versos abismados, versos sencillos, donde muerte y frío abren camino, marcan rumbo, hay una extraña música a armonía o conciliación: «Llegan de muy lejos los pájaros». Abundan las reflexiones metaliterarias, forzar un lenguaje, llevar al extremo la lengua: «No veo las palabras, no quiero verlas porque me asusta su sinsentido, su vulgaridad o su asombro». Por último, poesía de la memoria y poesía en llamas, de la soledad y despedida, del duelo y el paso del tiempo. En los momentos cumbre, el sexo como cresta de horizonte donde la vida entera se aplaza para ser solo momento exprimido, jugo de presente: «Ven a mis labios para desaparecer conmigo./ Se pacta el secreto en esta habitación lúgubre, te besaría mucho y no encuentro el lugar para hacerlo». La carne habitada de paciencia; el frío de boca a boca ajeno a cualquier horma: «Ella entreabría su sexo con sonrojo, no fuera que las mariposas tuvieran prisa por ser desconcertadas, mientras tú proseguías con tu faena absoluta./ El amor te aferraba las rodillas y abrasaban sus senos».

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En su columna “Libertad vigilada” de los diarios EL COMERCIO de Gijón y LA VOZ DE AVILÉS, del 19 de marzo de 2018.

 

— Cortesía de Diego Medrano.
— Cortesía de Diego Medrano.

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