Matar el tiempo en El Cultural

 

Desolado y brutal, Luis Miguel Rabanal (1957) desnuda en Matar el tiempo (Trea) tanta tristeza que resulta difícil no leer sus poemas con estremecimiento. No hay concesiones en unos versos desolados que hablan de la imposibilidad de consumar el amor y de casi existir, de días idénticos embarrados de pesar y abandono (“a cada palabra que abriga le sucede una más ruin”).

 

En la pág. 15 de El Cultural del viernes 18 de mayo de 2018.

 

— Imagen cortesía de Álvaro Valverde
— Imagen cortesía de Álvaro Valverde
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“Poemas de la bancarrota y otros poemas”, de Javier Gil Martín

 

LOS POEMAS DE LA MORGUE

I

Dedicado a lo que no se ve y será,
a las semillas o las palomitas,
caminé entre arados los días todos de mi vida.
Seminal en la tierra, quise llegar al cielo
de un salto.

Dando al hombre material de cosecha,
yo creía hacer crecer lo que estaba matando
y he venido a parar aquí,
aplastada la cara contra el suelo.

 

II

El mito de la mujer esperando
incansablemente,
sintiendo la espera como algo más que un ritual de la vida,
como la vida misma,
tiene poco que ver con roles asumidos
y sí con la naturaleza intrínseca del hombre.

El hombre hilando, tejiendo incansablemente,
acumulando puntadas,
metros de hilo y horas,
haciendo un inmenso tapiz
definiría perfectamente mi labor.

Durante años y años me dediqué
a la espera y la contemplación.
Mi afición era camuflarme,
ladrillo en la ciudad,
matorral en la selva,
para poder esperar pacientemente,
incansablemente.

Nunca supe bien qué esperaba,
de quién, cuándo, cómo, por qué,
por quién seguir siempre en mi sitio.

Solo podía esperar.

Nunca supe cuándo, cómo, por qué
aparecí de pronto en esta morgue.

A todos, hasta a los muy pacientes,
nos llega la hora,
pero los ladrillos, los matorrales
y los tapices, de alguna manera,
nunca mueren

 

III

…un cisne muerto por la gripe aviar entre
las aguas heladas del río Drava, en Maribor.
Leído en prensa

Mala temporada, ha muerto un cisne,
se ha suicidado un cisne en Maribor.
Cogí la gripe como quien coge un arma
y ya no tuve miedo de la muerte
aviar. Han puesto sus almas en manos
de doctores de la iglesia, ¡que Dios
nos coja confesados!, y se han dejado ir
miles de aves
por todo el mundo.

*

Javier Gil Martín, “Poemas de la bancarrota y otros poemas”, Ediciones Espacio Hudson, Chubut, Argentina 2018. Prólogo de Carlos Piera.

Matar el tiempo y Carlos Alcorta

 

LEALTAD AL PODER DE LA ESCRITURA

De Luis Miguel Rabanal podemos decir cualquier cosa menos que mate el tiempo, si entendemos esta frase hecha en su sentido original, que no es otro que el de estar aburrido, estar sin hacer nada (es también el título de una película dirigida por Antonio Hernández en 2015, pero eso ahora resulta anecdótico). Evidentemente, Rabanal no escribe porque le invada el hastío o para mitigar el “dolce far niente” sino por necesidad, una necesidad (Ted Hughes dice —en traducción de Jordi Doce— al respecto que «Muchos escritores escriben abundantemente, pero muy pocos escriben más que una mínima cantidad de artículo genuino») que le impele a escudriñar desde todos los ángulos posibles una realidad hostil, dolorosa y arbitraria. Los últimos años han sido especialmente prolíficos en la trayectoria de Luis Miguel Rabanal. En 2015 publicó “Este cuento se ha acabado. Poesía reunida. 2014-1977”, un volumen de más de 700 páginas; en 2016 el libro de relatos “La verdadera historia de Montserrat C. y otros relatos no menos imposibles” y el pasado año “Los poemas de Horacio E. Cluck”. Recién iniciado 2018 nos ofrece este “Matar el tiempo”, un extenso libro de poemas en prosa que cifra en el dolor y el quebranto físico su argumento: «Se hace imprescindible otro cuerpo que responda a la desventura con idioma importante, vas a venir y estarás ocupado, vas a serle fiel y averiguarás sin ceder la calumnia», escribe al comienzo del poema XLVI. No es este un libro amable ni condescendiente. Las difíciles circunstancias vitales del autor quedan de manifiesto en versos crudelísimos, como estos: «Si por lo menos yo fuera yo y no ese muñeco vil que ronda por la casa como energúmeno, con daga y caldero para el vómito […] Con sangre en la comisura de la boca y el valor como si quisiera ser destartalado». Como vemos, aunque la biografía sea la fuente principal que alimenta los poemas, no estamos ante una poesía confesional al uso, porque los elementos irracionales y un grado variable de hermetismo, siempre presentes en la poesía de Luis Miguel Rabanal, se encargan de levantar el vuelo y mostrar desde una perspectiva ennoblecida una cotidianidad que se sabe inhospitalaria. El día a día es una especie de pista americana de entrenamiento. A medida que se suceden las horas se van minando las fuerzas, se va aplacando el deseo de mantenerse activo, de ahí que el autor leonés radicado en Avilés ensaye en la escritura la forma no ya de matar el tiempo, sino de darle vida imaginando ser quien pudo ser. Muchos son los versos que hablan de esta insatisfacción existencial. Son como una corriente subterránea que recorre todo el libro. Veamos algunos: «Soy el que no ha llegado aún. // Soy el que nadie esperaba que llegase, el que confía en el idiota misterio, siquiera el de saberse desahuciado como cualquier huido en el interminable fondo del bosque» (II); «Yo soy otro yo, y si lo deseas escribe en este poema con más delectación que de costumbre» (LVIII); «Si yo fuera otro» (LXXI). El autor esta confabulado contra sí mismo, contra el cuerpo en el que habita, un cuerpo imposibilitado al que debe sumisión, un «cuerpo atado al cuerpo que ya no le sostiene, [un] cuerpo que se rompe en la saturación y en lo absoluto». Solo la rememoración del pasado mitiga, aunque sea de forma temporal, la angustia. La memoria actúa en estos poemas como un bálsamo. No cura heridas, pero tonifica la mente. La visión retrospectiva concede una tregua y la escritura pasa de ser autodestructiva a cultivar cierta resignación, eso sí, no siempre benéfica: «También yo supe un día que el amor se escribe con humedad en el borde deplorable de las ingles y que el amor se aborda con el tiempo y lo cercenamos deprisa con manos invisibles de cabrón». “Matar el tiempo” es el libro de un poeta que lucha contra el deterioro y contra la degeneración física. Luis Miguel Rabanal demuestra una lealtad sin fisuras al poder, si no sanador, sí aliviador, de la escritura. El esfuerzo por mantenerse a flote, por encontrar en ella una razón para vivir es absolutamente admirable. Al comienzo de estas líneas hablaba de la escritura como necesidad, pero la necesidad muchas veces está reñida con la calidad. No es este el caso. Rabanal ha moldeado a lo largo de su obra una voz inconfundible, con un timo propio que logra mantener un excelente equilibrio entre las pausas estróficas y las métricas. Así crea graduaciones de expectación, aunque estos, generalmente, desemboquen en la desesperanza, porque de lo que se trata, en su caso, es de «verbalizar el caos y conciliar sus arrugas con la viva aspereza del amor haciéndose». En “Matar el tiempo” no hay lugar para la tibieza, es un libro desgarrado y despiadado que uno lee con un nudo en la garganta.

 

Reseña publicada en el suplemento cultural SOTILEZA de EL DIARIO MONTAÑÉS, el viernes 20 de abril de 2018
También aquí: https://carlosalcorta.wordpress.com/2018/04/23/luis-miguel-rabanal-matar-el-tiempo/
Gracias, Carlos.

*

Matar el tiempo. Ediciones Trea. Poesía. Gijón 2018