José Enrique Martínez / El malestar ha vuelto a cebarse en mi carne

La constancia caracteriza a Luis Miguel Rabanal. Año tras año nos va entregando su poemas en libros que forman ya un corpus considerable. El nuevo se titula Matar el tiempo, setenta y cinco poemas breves y escuetos, en versículos. En contracubierta se nos dice que en el poemario cohabitan gozo y dolor, el cuerpo y su imposibilidad, la redención por la infancia, el deseo, el erotismo y la insumisión existencial. Es algo que se va palpando a medida que avanza la lectura y se nos va imprimiendo una palabra dolorida, apesadumbrada, en un ámbito imaginativo en el que cobran presencia el tiempo, el retorno, el frío, el cuerpo… Pero no es algo explícito. Si hay un relato en el origen de los poemas, se inhibe en favor de la abstracción o de la esencia, con un fraseo cuyos significados huyen de lo concreto, al igual que las figuraciones líricas, que parecen provenir del calor o la fiebre de la imaginación. Al oscurecer sus referencias, el poema cobra un cierto sentido críptico o enigmático. El lector tiene la opción de dejarse arrastrar por el flujo verbal y sus consecuentes intuiciones o, a la vez, indagar en la complejidad del pequeño universo del poema. En el primer poema, por ejemplo, se unen dulzura y dolor y se habla de «alguien te conmueve», de «el ausente» y de «el que regresa», que tal vez sea, en el desvanecimiento de lo palmario o concreto, el propio yo. La pregunta que le surge al lector no se refiere solo al sujeto, sino al espacio y al tiempo de ese regreso. Y lo mismo podríamos decir del poema siguiente, que comienza: «Soy quien no ha llegado aún», que puede suscitar diferentes interrogantes. Por otro lado, conviene advertir que además del yo hay otra presencia, que manifiestan versos como este: «Nada puede ser si tú previamente no lo invocas»; es un tú que tiene que ver con la casa, tan recurrente, el amor, el deseo, los cuidados del «cuerpo gimiente»…

Hace pocas fechas, Rafael Morales publicó, con un buen prólogo de Antonio Gamoneda, una corpulenta antología que tituló Poéticas del malestar; a los veinticinco poetas del volumen los caracteriza el antólogo por la expresión del desasosiego existencial en una escritura antirrealista y fragmentada. En ella podría figurar de modo pertinente Luis Miguel Rabanal, el poeta del inolvidable y salvador Olleir que escribe: «Tanta amargura no ha de ser buena, tanta amargura que apetece escupir» y «El malestar ha vuelto a cebarse en mi carne».

Matar el tiempo, Ediciones Trea, Gijón 2018. 96 págs.

 

DIARIO DE LEÓN, en el suplemento FILANDÓN, domingo 1 de abril de 2018.
También aquí: http://www.diariodeleon.es/noticias/filandon/malestar-ha-vuelto-cebarse-carne_1238322.html

— Cortesía de Álvaro Díaz Huici
— Cortesía de Álvaro Díaz Huici
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