Y QUÉ si en soledad me digo
estar ya condenado
al vértigo y a la carne podrida.
Afuera no llueve aún,
e ignoro hasta cuándo ha de durar
este antifaz del dolor insoslayable,
este dolor que desmerece
con su despaciosa prosodia.
Alguna vez fui el encargado
de lanzar la piedra blanca a la terraza
de alguien que huía de mí.
Ahora no me impaciento
cuando cuentan que todo termina.

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