EL HIJO del inválido toca su música
y la casa es una sombra
que cobijar donde los cromos.
Ya casi nunca lo llevan a la calle,
y ve cómo los dos
y de la mano
cruzan bajo la lluvia la avenida.
El hijo no sabe aún la tabla
del nueve y desespera.
Es posible que sus mazurcas
también abrasen en la noche,
y que desde la ventana el intruso
los vea llegar.
Con mucha, muchísima alegría.

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