DE MUCHACHOS era conveniente
tener miedo a la enfermedad
y ruborizarse por todo.
Asustaba
la insoportable tos del moribundo,
su voz en cálida penumbra
y sus hijos malditos.
Tanta congoja y tanto dolor
para enseñarnos a morir
más despacio que nadie
y sin que nadie lo sepa.
Para colmo allí se encontraban
los buenos amigos y las muchachas
que pretendían ser viles.

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