O ESPERA EL INVIERNO

Nadie ha vuelto a visitar sus viejas paredes
ni a reír entre las zarzas comunes que rompen
el desencantado paisaje.
Solamente el tiempo cada día lava
con aflicción su rostro, y a veces se ciñe
a su cintura porque es preferible morir
a alguien abrazados que ver las tardes,
sin otra compasión, desaparecer con las nubes.
Nadie más ha llegado
a preguntarse aquí sus certidumbres,
las hazañas de los muchachos y las muchachas
en el pasto tendidos
y creyéndose fatalmente mayores.
Ahora tú creas la obertura en el poema
y buscas entre las ramas de los árboles
bultos que no fueron de abubilla, cuevas de hule
para ocultarse de aquel sicario tan feroz.
También el tiempo era en Olleir
una estancada sucesión de diversos sosiegos
y confías entre ellos confundirte,
ser uno más que ya no conmine nunca a la vida,
pero la vida perversa, la del minuto a minuto
y el pecho semejando ser cerraduras vulgares,
no la vida que salva y exime al dolor
de cualquier menosprecio.
Que este veredicto se precipite en tu mirada
y el amanecer enjugue con algo de calor tus ojos.
Nadie, sin embargo, te espera.

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