1
El haber pasado por allí, el haber permanecido más días de la cuenta, traen ahora bobos recuerdos, frases entrecortadas y conductas que uno no sabe ya si tomar en serio a estas trasnochadas crestas del relato o qué hacer con ellas. La enfermera mayor, a punto de jubilarse, tan amable el primer día, negando el saludo al enfermo al enterarse de informaciones, de buena tinta perniciosas. Qué decir del sordo, el que más oye, el inevitable iniciador. Y un sinfín de personajes tétricos y vivos que estaban allí esperando a que los viera con los ojos cerrados y sucios del casi sueño, del casi odio. Pues bien, ha pasado el tiempo y permanece aún el susto y el temor, ahí es donde más le ha dolido su discapacidad, su no poder levantarse y comprobar por sí mismo lo verosímil, poder partir la cara a alguien en mil trocitos desiguales. Pues bien, digo, ha pasado el tiempo y todavía dura la sensación de pérdida, de todo haber estado mal, de la mucha soledad, del mucho silencio.
Por estas fechas, hace tantos meses ya, por las tardes, a sus espaldas olía a cigarrillo rubio y se sucedían ruidos raros como pequeños golpes en la ventana de la terraza. Solo eran olores y ruidos, bien es verdad, pero unos pocos días más tarde llegarían las sorpresas. El tabaco y el ruido provenían de la misma persona al parecer, el duro oficio de colocar micrófonos, escuchas. Espías atareados, divertidos y bellos… Ahora que lo piensa, cuánta angustia entonces, mientras hoy sonríe, porque todavía no sabe.
Si fue o no fue, si hubo o no hubo, si era o no era.

2
Rostros que se han ido dispersando sin perder su exacta significación de desvelo o ensueño, rostros que aún hoy alguien enumera sin fortuna, habiéndose marchado, podrido en ceniza e inmensamente cojo. A la hora de la verdad, cuando todo termina y se hace preciso recoger los bártulos que la escritura ha dispuesto día a día, cada tarde más bien, el que se equivoca por costumbre ahora cierra los labios. Se esconde en las palabras de los otros, mide su miedo porque si no no sabría. Rostros que aún se le confunden en el recuerdo.
No quiero seguir más, me aturde este silencio de la casa contrastado con el bullicio, afuera, previo a las fiestas: por las noches las verbenas y el barullo en tus oídos. Menuda suerte: hoy toca Bustamante…
El ángel de la muerte que no atina a visitarlo. Si todo va a terminar, lo mismo que terminan las cosas nauseabundas y los oficios tenebrosos, sin nada más que decir sino que el recuento es terrible y es terrible decirlo una y otra vez como poseído por extraños demonios crápulas. Todavía hoy hablaban después de la siesta del origen, de la primera persona que pensaba que era la culpable para al poco tiempo deducir que no, que era otra, y a la tercera la vencida. A partir de entonces, enhebrar frases, escuchar y ser escuchado sin saberlo. Cuánta delicia.

3
Detrás de los montes, en algún lugar que necesita como el aire para respirar y no es exageración precisamente, la caja o el contenido, ese polvo para esparcir en Montecorral. Poco más. En algún lugar que ya no existe para él.

4
El sábado transcurrió pacífico, alguien se preguntaba en silencio por el día-espejo de hace mucho, de no hace tanto.
El domingo, igual, uno miraba para atrás, se decía los síntomas y recordaba cómo por última vez movía sus manos sobre el teclado del ordenador. El lunes ya no, el movimiento no quiso volver jamás.

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2 comentarios en “Lácteos para la fiebre oscura

  1. No tengo otra cosa que decir que acabo de quedarme impresionado por las imágenes, la nebulosa expresión del escrito, impactado por el realismo puro y duro de la vida. ¡Magnífico!!

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