Sin querer, sin mover los labios, sin estar. De ella conmueve la luz que no se apaga entre sus ingles. Nos cuesta escribirlo, no es propio de nuestra ternura convocar su sed así, lamer su garganta con filos apagados semejantes al niño que camina por la finca envuelto en un sudario beige, no se lo proponen. Tampoco debería estar aquí, ella deambula sin cesar por su memoria, se desdice y a la vez les sella los labios con palabras mínimamente soeces. Sin querer, sin haberla llamado nadie, o bien con el cuerpo exhausto de tanto sinsabor, su orgasmo milímetro a milímetro registrado en las libretas múltiples de notas. Nadie la habrá visto. Es la sombra que perdura en la maleza del saúco, al amparo de los mirlos, o no era allí tampoco sino diciendo adiós a alguien que llegaba, pobre pequeña, pobre pequeña. Nada más abrazarla pedazos de su piel entre la mugre de sus uñas, parodia de un amor sin reflexión ni constancia, nada más quererla sin quererla. Está cansada, se parece a nosotros, o eso dilucidan. Su ira entorpece su gemido.

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