LAS DIVERSAS CURAS

No es el dolor el hipopótamo que, encaramado a lo alto
de tu estómago, tose y se retuerce y brinca.
Ni tan siquiera es el martillo con herrumbre,
olvidado por alguien, que sin cesar golpea tu sien con método
enérgico y se pasa la noche encantado en el interior de tu cabeza.
Tampoco es el largo trago de alcohol
con que inundas de fuegos artificiales tu garganta,
la hieres de sopetón con vistosos vidrios.
Ni el vendaval que afuera grita de espanto porque acabe
el practicante de ponerte en su lugar el yodo y la morfina.

Nada ya podrá con tu cuerpo de manos amputadas
y cercenadas piernas.
En su vacío sientes el invierno y te apresuras a llamar
para no estar solo y así convocar la destrucción con tu alarido.
Es obvio morir en estas condiciones, sobremanera si alargas
los días y las noches con tu rosario de insultos, so salvaje.
Sobre todo ahora que has descubierto que la vida vale
para otros lo que para ti es basura metafísica,
parsimonia y belleza arrojada a los pollitos.

Deberías admitir que el tiempo corre como la mecha a tu favor,
pues en la calle no hay más que niños llorando
y duras y bellas losas para cubrir los cadáveres.
El dolor es la medida, la estructura gris del vaticinio:
un hombre descompuesto, asomado a la terraza,
que quiere divisar mejor esta ceniza donde se posará su vuelo.

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