SE ADUEÑARON del enigma
las palabras, no por necesidad,
por amargura.
Borró el sol de sus ojeras
la risa y el escarnio,
quiso endiosarse
y fue la boca que niega su deseo.
De nuevo las palabras brotaron
en la noche,
como el humo aborrecible
y sudado de los cuerpos.
— Toma mis manos,
escríbelo con ellas.
La mansedumbre existe,
y las monedas turbias,
y los bares solos.

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