Sacrificio para blogín portada

El chico se miraba poco en el espejo, no le gustaba lo que veía y prefería ahorrarse el trago. Pero admitamos antes que un principio es siempre el final de otra cosa, determinante aunque no se diga.
Tenía casi catorce años y un hermano mayor, Julio, con el que se veía obligado a compartir habitación. También tenía o padecía una hermanastra de ocho años, Celia, de quien debía ocuparse más de lo que quería. En cuanto a sus mayores, su madre era empleada de la limpieza en un instituto y cuando acababa el curso se quedaba en el paro; había enviudado joven y algún tiempo después de superar el golpe, la rabia, la depresión, se había dejado arrastrar a unas clases de baile donde conoció a Braulio, separado y padre a su vez, empleado en una sucursal de banco. Vivían los cinco en un piso pequeño y convencional, en un barrio y una ciudad también pequeños y convencionales, y el tiempo pasaba despacio, mucho, o eso le parecía al chico: las clases, las tardes en el parque cuidando de Celia, incluso los ratos que podía pasar con sus amigos, todo transcurría lentamente y como a la fuerza, y le iba dibujando en la cara una expresión conforme o neutra, adulta. A sus ojos, hasta los veranos pasaban más bien despacio y sin demasiados alicientes, aunque siempre iban a algún sitio de vacaciones. Esa era la marcha rutinaria y cansina del mundo, o de su mundo, cuando algo (esto es, alguien) hizo que las cosas empezaran a girar más y más deprisa. Y así conoció el chico el miedo, primero, y el deseo, después, de desencajarse y salir despedido del propio camino y hasta de sí mismo.
Aquel año habían alquilado por quince días una casa en un pueblo de la costa. El folleto estuvo pegado en la nevera mucho más tiempo, anuncio de un paraíso distante y costoso, al que con esfuerzo se aproximaban un poco cada día. Habían calculado que el viaje les llevaría entre cinco y seis horas: un viaje de verdad. Brau, así le llamaban todos, fue el último en coger las vacaciones y
cuando lo hizo ya estaban preparadas las maletas. Se pusieron en camino todos menos Julio, el mayor, el rebelde, que les despidió sin mucho entusiasmo desde la terraza del tercero. Había suspendido demasiadas asignaturas ese año y estaba recibiendo clases particulares. Para que no perdiera demasiadas (y como justo castigo), quedó a cargo de sus abuelos durante una semana más; después subiría a un autobús y se reuniría con ellos. Ése era el plan y por lo tanto el chico dispondría de siete días de libertad, un plazo consolador aunque insuficiente para un ser de ritmo lento, muy lento, como era él.
A ella la vio en el mismo momento en que llegaban a su destino, antes incluso de que el coche se detuviera frente a la puerta con el número que estaban buscando.


Así comienza “Sacrificio”, de Alberto R. Torices, Gadir Editorial, Madrid 2015. Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón 2015.
Una maravilla, léanla si tienen oportunidad.

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