portada Se ruega silencio
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Hace un frío asesino. Dentro de la casa la temperatura es tan baja como en la calle. Aquí no hay calefacción y tampoco puedo usar un calefactor porque saltan los plomos cada dos por tres. La instalación eléctrica es de la época de Matusalén y se sobrecarga con solo mirarla. La única forma de calentarme es ponerme capas y capas de ropa. Aun así, sigo congelado. Sobre todo los pies. Lo bueno del asunto es que Nico está bien. Ya come de su cuenco y, poco a poco, va recuperando peso. Además, el color amarillo ha desaparecido de sus orejas y hocico. Me siento muy feliz de volver a verle sano. Llaman al timbre. Es el cartero. Me entrega una carta certificada. Mal asunto. Es la multa por posesión y consumo de narcóticos. Por lo que leo, el plazo de pago ha cumplido y me sancionan con un recargo de un veinte por ciento del total de la deuda. No entiendo nada. Parece ser que ésta es la segunda carta que recibo, aunque, es la primera que me llega.

Bajo al portal para mirar en el buzón. A primera vista está vacío. Para asegurarme lo abro y meto la mano dentro. Hay una gruesa capa de polvo que se ha ido acumulando con las obras, debajo se oculta un sobre. Estoy jodido. Con el dinero que tengo no puedo hacer frente a la multa. Lo malo es que cuanto más tarde en pagar, más aumentará la deuda.

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Pepe Pereza, “Se ruega silencio”, Lupercalia Ediciones, Alicante 2015

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