revista shangrila 25

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Selección y composición en prosa, realizada por Mariel Manrique,
de fragmentos de la obra poética de Luis Miguel Rabanal recogida
en Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977),
Sevilla, Editorial Renacimiento, 2015.
(La composición del primer párrafo
recoge un poema inédito del mismo autor,
escrito para Shangrila)

Al contrario que ellos, se ha vuelto a mirar la esquina más dulce de la casa, la que fue su olvidado temblor cuando llovía a mares, el mar en sus ojos. Que el instinto no proceda de aquello que enajena, dijo el muchacho que aprendió de dónde procedía la sal y el perfume agrio de su cuerpo tan rígido. (Hasta he pretendido abrir mis manos con la cuchilla especial, la de posponer los milagros). Habrase visto un viento como este al salir de noche el fantasma, son hombres grises, son niñas grises que se han vuelto a equivocar con el nombre del frío.

*

Alguien, sin conocerme, arrancará de mi pensamiento los sonidos. El cuento de quien cose en su carne frutos desesperados y crías de unicornio. Sudar como si hoy no estuvieras. Al cuerpo que fue nuestro aliado, el asesino lo soñó con incalculable dignidad.

Las poetas gritan de goce al sonar la hora igual que gritan los chicos de clase de griego. Las poetas se suicidan de pie como heroínas de musgo.

por favor
no me mires llorar no me veas
llorar no me mires llorar

pégame duro, da igual, ya no siento nada, debo de estar muerta

Ojalá estuvieses aquí porque me obligarías a ajustar las cuentas con cuatro años de paseos gloriosos y otros tantos de cenas sin luz y sin sal. Mientras, David Gilmour se ha vuelto taciturno en All Lovers Are Deranged y es hábil no con la placidez de la música sino con la inmarcesible desesperación de los otros. Ojalá tocaras mis pupilas y se completase el milagro de golpe.

Para que la muerte no tenga razón le hiciste una sugerencia generosa que daba la risa y para mudar de aires al dolor le propondrás menos discernimiento junto con un tarro de crema y unos rollos de tanza. Respirar y respirar y respirar como un fragor y un abuso.

Después, después de la pelea y los gritos, llueven cucharas. Todo es posible en sosiego si hundes tus ojos en el territorio cabal. Son ecos de la vida pasada.

Sé que no me reconoce debido a sus pómulos fríos, cuando la beso y no está frente a mí. Yo sé que no me quiere ahora porque no se acuerda.

La única certidumbre se apiada de ti y atraviesa tus piernas con alambres de espino.

No recuerdo castigos, si me tocas el cuello y me hablas despacio, no recuerdo las lágrimas que trago sin recompensa ninguna, me acerco a ti como el hijo invisible que no es de verdad.

Cerca de nosotros, la edad tenebrosa.

Transcurrían los días sin tormentas y una anciana que traes a la memoria muy bien leyó en la palma de tu mano percances diversos, qué gracia. Por todos los demonios, se disculpa el desmejorado cuando vomita en el balde. Y el balón, a sus pies, no era suyo y, encima, se le prohibía sudar. Devoraba la tarta de galleta, es el colmo.

El niño se levanta con dos dientes menos, eran de leche.

Luego de unas horas, ya meteremos los renacuajos en botes.

Yo reconozco haber andado a ciegas, en esa hora fatídica, con la pesadumbre y el pretexto de no ser yo mismo.

Acaso sea preferible olvidarse de ti y tocar madera, o lo que es lo mismo, declarar que nada es como tendría que haber sido. Bueno, suena Ben Webster, lo escucharás y tomarás un sorbo.

Cuando tu cuerpo no se interesa por el mundo infalible que aviva tus sentidos cual tormenta, cual una gran disputa que rifará tus miembros: esta mano para que no se la coman los búhos de la noche, este pie para acompañarte cerca del brasero, este muslo que se resquebraja sin que se entere, el muy bruto. Es la aflicción ahora la dueña del colmado, se mesa los cabellos dándonos a entender que está desesperada, que está cerca de aquí para bañarse, por fin, como una faraona. Son sombras que acceden a enfermar lo mismo que un intruso, señalan tu rostro para clavar en él augurios raros, agujas de tejer, son tan graciosas.

Las palabras no describen el pesar que nos aterra.

(…)

— Es una pequeña parte de mi contribución para la revista Shangrila, n.º 25, “La supervivencia. Herramientas mínimas”, noviembre 2015, Santander.

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Aquí la introducción y el sumario: http://shangrilaediciones.com/pages/bakery/shangrila-revista-25-133.php

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