portada Luis Llorente
Esa hora de la noche en que engendramos
la oscura luz de lo dormido.
La muerte un sortilegio,
implacable teatro que trasciende,
testimonio que ya habita
la ardida plenitud de la frontera.

Rebelión al viento,
ascendencia
sorda de los pájaros.

Desnuda posesión
para quien sabe amar, y comprender su bosque.
¿Quién puede entre los labios
darle al viento su caricia,
su pequeña muerte que permite
la labranza naciendo de la luz?

Golpead la aldaba,
decidme que las calles
ante esta puerta no son mías,
y queda el residuo en lo sagrado
sobre tanta piedra en la ciudad que canta.

.

Es la flor a la deriva,
su pensamiento entre las cosas.
La desnudez eterna que se extiende
hacia el sonido de lo muerto.
Y el prodigio. Y el tesón en lo que nace.

Nube de juventud para estos labios
que en soledad se muestran y comprenden.
Rumor del ojo, rasgo hacia otra edad,
alzar la suerte y ver el mundo.
Como tiemblan, cuando comen, los gorriones.
El cuerpo del misterio, buche que ha quebrado
su alimento. ¿Estas sílabas de luz
resumen la apariencia?
¿Este canto en cada tarde
de surcos y de mieles?

Has visto
los arados brillar. No te sorprenda
esta alegría, trigo en tu memoria
y en la guarida limpia del verano que se incendia.

Eres la luz de lo aprendido,
la savia que ha regado
la inocencia de la noche.

Luis Llorente
de su libro, de próxima aparición en La Isla de Siltolá, “El vuelo y la mirada”.

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