OFICIOS DE LA NOCHE

Fue por amor, lo juro, que cambié las derrotas
y decidí entregarme arriando mi estandarte
como entrega el corsario la suerte del navío.

Desde entonces me afano en este duro oficio,
el cuaderno que escribo se alimenta de lluvias,
remansa los amargos silencios de la noche.
No hay manos en la leve escarcha de los sueños
y el dolor se consume en las brasas del miedo.

Junto al viejo sextante dispongo las palabras,
brújula y astrolabio ha tiempo que enmudecen
en el viejo rincón de la sentina.
Abro la puerta a nadie y es nadie quien responde
por el lejano fondo de las tumbas del mar.

Desde la orilla gimen
las alondras del día que se anuncia.

 

FLORES PARA MI MADRE

Como quien abre un día las manos y no encuentra
otros dedos desnudos yacentes en los suyos,
así mi corazón se acostumbró al silencio,
al tañer de la nada frente al tiempo.

Desde entonces vivió con media vida,
creció con media muerte sobre el pecho
y sin ti fue más triste y más amargo
aquel paisaje astroso de asfaltos y neblinas.

.
Juan Ignacio González, “Cuando enero fue pasto de las llamas”, Ed. La Cruz de Grado, Gijón 2015. Prólogo de Emilio Amor.

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