Rafael Saravia, Juan Carlos Mestre y Alberto R. Torices. Cortesía de José Luís Suárez de Dios.
Rafael Saravia, Juan Carlos Mestre y Alberto R. Torices.
Cortesía de José Luís Suárez de Dios.

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A continuación se reproduce el texto Luis Miguel Rabanal, el espejo sonoro escrito y leído por el poeta Juan Carlos Mestre el pasado 19 de mayo con motivo de la presentación en Madrid, en la librería La Central de Callao, de “Este cuento se ha acabado”:

Los deseos en modo alguno garantizan que los cuerpos sean reales, se es el que se desea no ser, así enuncia la alta paradoja que vincula las iluminaciones del pensamiento con los vértigos del cuerpo el sofista Vicente Núñez, otro poeta para quien no existió otra verdad que la conducta inestable del erotismo de las palabras, la exageración pasional de los sentimientos afectivos que, con inverosímil delicadeza, llamamos voces del amor. Queridas amigas y amigos, esta reunión en torno a la vida de nuestro poeta Luis Miguel Rabanal no es la presentación de un libro, sino el acontecimiento siempre literalmente irrepetible de un acto de amor.

Desconozco qué tipo de discurso pudiera dar cuenta fuera de ese ámbito de una tarea tal de intensidad como ha sido la del propio deseo que impulsa la súbita redención que contra todo mal supone la obsesiva salud del bien de estas más de setecientas páginas de anhelante luz, de averiguación expandida hacia la radical alteridad de lo otro, del lenguaje como forma material del deseo, del desequilibrio como naturaleza propia de las posesiones del habla. Este cuento se ha acabado es el inicio de una leyenda, el conocimiento ya irreversible de un poeta en la singularidad de aquellas voces que se constituyen por sí mismas en un acontecimiento, la presencia irradiante de sus radicales simbólicos que sobre los turbios horizontes de la sociología literaria son el instante intenso y la iluminación sustancial del relámpago. Ese relámpago del que Gonzalo Rojas, otro renegado en las cumbres del bello error de la locura, exigía como condición de reconocimiento del poeta en el espacio que hay entre los ojos, allí donde solo cabe el pez del conocimiento y la reyerta de luz de lo quemante.

No soy neutral ante Luis Miguel Rabanal, amo su poesía desde hace cuarenta años, lo admiro y quiero, y ni un solo verso suyo me ha dejado nunca indiferente. Su presencia en la ausencia, su desbordamiento en la carencia, han hecho que su vida y su obra conformen un todo indisoluble, una voluntad unívoca de resistencia ante lo que para la mayoría hubiera sido la adversidad y la derrota, y que él, en un sistema de correspondencias solo vinculante con la vibración misteriosa ha reconvertido en resistencia, en un conjuro contra el daño persuasivo, en una obstinada fortaleza vital contra la conspiración de los augurios de la negatividad y la muerte.

Rabanal solo ha sucumbido a la vitalidad, frente a lo real lacerante ha elevado con los balizamientos admirables de su poética un territorio de salvación e identidad, sin duelos, sin lamentos, con la capacidad negativa de un John Keats, con la causticidad de un Nicanor Parra, con la densificación existencial de un Antoniuo Gamoneda. Hay que decirlo, sin eufemismos ni rodeos, Luis Miguel Rabanal es uno de los grandes e imprescindibles poetas de la poesía contemporánea, así sin matizaciones de ningún tipo, no de la poesía leonesa, no de la poesía española, no de la poesía en lengua castellana, no: de la poesía contemporánea. De la gran poesía que traza destino en la sincronía de lo coétaneo y en los desafios del porvenir, de la poesía que nos adelanta los significados de lo venidero y desde la experiencia de la interioridad del lenguaje proyecta su presencia como discurso de la necesidad hacia el territorio de los encantamientos y la eventualidad utópica.

Páginas del coraje, páginas de la decisión y la osadía de la esperanza enfrentada a los arquetipos semiológicos de la enfermedad y del miedo. Páginas “…de quien / cose en su carne frutos / desesperados y crías / de unicornio…”, páginas donde la indagación de la verdad hace de la herida del propio cuerpo ámbito único de revelaciones, país de lo adverso y de lo favorable, frontera entre la búsqueda de la conciencia del dolor y la averiguación material de la condición espiritual de la naturaleza humana. Y digo espiritual porque el tremendo, por intenso y sin dimensión, acto de amor ante el que nos emplaza su palabra, solo puede ser entendido desde la experiencia profunda de una interiorización sin límites de la realidad, aquella que dota de sentido a la existencia, aquella que dota a la conciencia de una intencionalidad transgresora ante el sufrimiento y unifica en la poética una misma manera de sentir, de pensar y de estar en el mundo.

Nada en Rabanal está subordinado a las circunstancias, nada tampoco añadido a lo conforme de la resignación; la suya es una poética insurrecta, inapelable en su potencia creativa, en su capacidad de desafío y relación de autonomía con los interdictos sociales de la globalidad. Ausente de lo distraído, alejado por completo de la comedia de la abundante publicidad vergonzosa, su obra, es decir su vida, ha transcurrido en la soledad sonora del vulnerado, en el margen extremo de lo otro, lejos de la oportunidad, negado a la ocasión, enfrentado a la cuantía del beneficio. Algo iluminante, serenamente tajante, una actitud que maravilla y emociona como últimas desinencias de una ética de la conducta, algo no ajeno a otros asombrosos poetas de su mismo paso generacional en las tierras del frío como son los admirables Tomás Sánchez Santiago e Ildefonso Rodríguez.

Nada añade a la identidad de lo poético los materiales ajenos al carácter de su propio destino: la reinstauración en el sueño de lo pendiente de ser soñado, la voluntad adictiva al desasosiego del nombrar, las inquietudes del habla por hacerse presentes en la zona inaudita de las significaciones. Rabanal es un poeta inmenso como el silencio del que procede la raíz lúcida de su comportamiento verbal, el estrago de los grandes relatos simbólicos de la dificultad humana, de la prolongación de las fundaciones ilusionantes derribadas como la torre por el rayo. Rabanal es un poeta en la extranjería del acuerdo, en las afueras de esa capital corrupta donde desembocan todos los afluentes del autoenorgullecimiento. Su diálogo es el del meditante que cautela una fuente poseído por la gran sed de infinito. Luis Miguel vive de memoria, no de la memoria, pervive en la memoria de esa ancestralidad súbita que se hace presente sobre las erosiones del olvido para dignificar la condición humana, para ennoblecerla, para intensificar con sus interrogaciones las grandes construcciones imaginarias del tiempo de los dioses huidos y la felicidad de regreso a los espejismos de su noche.

Quién sabe cuál de las especies del deseo anima estas páginas y la perpetuación de su enigma. Esta extensa partitura lo es, paradojicamente, de una improvisación. Boca muda de la que brota el habla más locuente. Un lenguaje que se adelanta al fracaso irremediable de toda duración y aspira con una delicada desobediencia a ser el espejo sonoro de lo otro. No de la voz como compensación de las prudentes palabras que conducen al hombre, no la estabilidad frente a las tensiones de las desemejanzas entre lo imaginado y lo presente como Paraíso de la fracturada belleza, el lugar en el que no hay centro, la noche en la que no hay obscuridad, el amor sin corporeidad, el lugar sin lugar donde resuelven su mutua alianza el siempre y el nunca.

Viven en asamblea los poetas amigos en esta inmóvil casa de huéspedes que abre de par en par sus puertas a los ángulos del enigma. “No sé si Lacan o Confucio, pero venía / a decir que menuda papeleta la ecuanimidad / del moderado y la ponderación del intrigante”. Tsvetáieva y Cernuda, Carlos Edmundo de Ory y Cesare Pavese, sombras bajo un mismo disfraz, lo ineludible de lo audible en el coro sin concertar de las cenizas vivas, de los centinelas, de los nuevos hermanos que se derraman sobre los nevados paisajes de Riello como la leche del hervidor.

Son los ojos cerrados los que ven todo esto, quienes han visto la vida hasta desnudar su última verdad invisible. Son los ojos que sexualizan la visión estética de los límites y subvierten la gramática de los comportamientos lingüísticos. Son los rostros modificados por la percepción poética y el imaginario de la narración de la vida: el placer que no es de nadie que no sea pensamiento de su propio y contrario placer, una experiencia interior que deviene en lo que era para Bataille ese “desequilibrio en el cual el ser se replantea a sí mismo y de un modo consciente… el Ser que se pierde objetivamente… el Ser que se identifica con el objeto que se pierde”. Esta es la gran seducción de Luis Miguel Rabanal, lo que seduce como posibilidad de acceder a lo secreto, a la oculta desnudez de lo fascinante, a la visión de las zonas vedadas a la nostalgia de infinito, sin otra razón de la de ser espacio de las revelaciones.

Escribir en Rabanal es desear, retornar más allá de los límites físicos al primer extravío de la razón del niño, allí donde ningún placer estorba y el descubrir carece de temor, el niño emboscado en las palabras hermosas. El niño extraviado en sí mismo, el niño frágil distraído en los cálculos de la música para torpes. Luis Miguel reúne su poesía completa, y su vida queda liberada en estas páginas, la misma conciencia de juego y la misma certeza de pérdida, siempre juntas, siempre al unísono de un mismo énfasis moral regido por las insubordinaciones de la imaginación.

Hablamos de un poeta cuya intimidad vertebra y da sentido a la inestable cordura de su propio silencio, la soledad de la salvación, ser tu solo él conmigo, ser tu otro yo contigo, en las múltiples semejanzas con lo otro. Una poética de la vida que le ha arrancado sus máscaras a los discursos dominantes y a la farsa de las autoridades estéticas, una poética ante la que el conformismo de los límites y los géneros no le cabe sino capitular, ceder ante la evidencia del verdadero rostro de la poesía: un deseo sin parcelas de propiedad, un deseo sin territorios de dominio, una espontánea insumisión a las limitaciones, a lo normativo, a la imprevisible contrariedad de cuanto tiene de perturbador el destino y las fugitivas promesas de la felicidad.

“El enamorado sabe – escribe Tomás Sánchez Santiago – que deja algo en cada cuerpo rozado. Uno sale de un cuerpo con un déficit que nunca sabe concretar. No existe en el amor la palabra luego. Cuando llega este adverbio a pedir cuentas, nos encuentra siempre inermes e inexactos, fuera de los horarios y de las filas sociales de los hombres”. Luis Miguel Rabanal es ese enamorado celeste, ese hombre único y poeta irrepetible, ese amigo para el que no hay ni habrá mayor elogio que el de abrir y leer este cuento que, tengan la certeza, nunca ya se habrá acabado.

Juan Carlos Mestre

Este cuento se portada

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