Este cuento se portada

Palabras con él

La casa tiene un ritmo diario muy especial de horarios puntuales adaptados a su vida. A las doce de la mañana no aparece por arte de magia sentado en la silla de ruedas delante del ordenador, antes hemos pasado por unas horas previas y laboriosas que omitiré. Pero una vez que aparece, la parte de la casa que él habita se convierte en un reducto dedicado a la palabra.

Hace seis meses que no compartimos mesa de escritura. Él frente al mundo de su ordenador y yo frente al mío. Él en paralelo a la ventana y yo de frente. Así puedo verlo como una figura de perfil recortada por la luz que entra. Quisiera ver trazadas las líneas imaginarias que van de su cerebro al ordenador, y regresan y vuelven en un vaivén de palabras interminable. Si hablo un poco alto, se estropea el programa que recoge su voz. Si hago algún ruido extraño, protesta el micrófono. Si suena el teléfono, se colapsa todo. Si él tose, dragón recoge el sonido traducido en palabras extrañas. Me acerco, se lo arreglo y solucionado. Pero lo que para mí es solo una anécdota sin importancia, para él es un gran contratiempo, una pérdida de minutos que lamenta porque no dispone de todo el tiempo del día para escribir, corregir, leer y responder los emails que le llegan. Por lo demás, se entienden de maravilla el programa de voz y él.

Hace seis meses que no compartimos las dudas: Necesito un sinónimo, busco adjetivos que rompan esta rima interna, ese verbo lo repito demasiado… Estos pequeños detalles forman parte del trabajo del poeta y él lo es, lo sé desde siempre, desde el momento en que leí “Variaciones” recién editado, cuando sus pies aún lo sostenían y paseábamos por el camino de Ceide, cuando escribía sin problemas, un poeta niño, el poeta niño que nunca ha dejado de ser y al que la enfermedad le ha ido paralizando el cuerpo. Fue duro ir adaptando el brazo derecho al enorme esfuerzo que le suponía escribir según iba perdiendo movimiento, elegir el bolígrafo o la pluma adecuados, ni demasiado gruesos ni demasiado finos, para que la mano pudiera manejarlos; luego, cuando ya no respondía el brazo y apenas si quedaba el movimiento de la mano, adaptarse al ordenador recién comprado; después ya solo había un mínimo movimiento de un dedo para el ratón del ordenador; hasta que al final entró en casa el dragón, un poderoso programa de voz, y Luis Miguel con mucha paciencia se puso a estudiar lo que había que decirle: Pasar a modo comandos, arriba, abrir, tres a la derecha, a trabajar, a dormir…

Ahora en una especie de simbiosis perfecta navegan juntos durante dos horas por la mañana y dos horas por la tarde. Entonces él está en el mundo y el mundo, un mundo de amigos, está con él. En ese tiempo puedo irme, salir de casa, dejarlo en la más absoluta soledad que tanto necesita para escribir. Con un poco de suerte nada fallará durante mi ausencia y si no es así, a mi regreso lo encontraré en silencio delante de la pantalla mirando la fotografía aérea de Riello que cuelga de la pared.

Ahora somos dos mundos un poco aislados el uno del otro. Le oigo toser y voy hacia él, seguro que el dragón ha desaparecido con el sonido de la tos. Clic aquí, clic ahí y dragón listo para seguir con su dictado.

MJ Romero
Avilés, 1 de julio de 2014

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4 comentarios en “Epílogo de MJ Romero

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