Antonio Gamoneda, Tomás Sánchez Santiago, Rafael Saravia y Alberto R. Torices. Cortesía de Vicente García.
Antonio Gamoneda, Tomás Sánchez Santiago, Rafael Saravia y Alberto R. Torices.
Cortesía de Vicente García.

El escritor Tomás Sánchez Santiago leyó este texto el pasado martes 5 de abril durante la presentación en León del libro que recoge toda la trayectoria poética de Luis Miguel Rabanal, “Este cuento se ha acabado (Poesía reunida 2014-1977)” (Editorial Renacimiento). El acto se celebró en la sala Región del Instituto Leonés de Cultura (ILC), que se llenó de público, y a la mesa se sentaron también Antonio Gamoneda, Rafael Saravia y Alberto R. Torices.

Enfrentarse a toda la escritura de un poeta tiene algo de tumba y abismo, algo así como la exigencia de un atragantamiento que hay que saber salvar. Se mira el volumen con prevención, no tanto por la densidad efervescente que ahí dentro espera —lo sé, sé que hay fósforo en este libro azul de más de 700 páginas que voy llevando conmigo hace tiempo de un sitio a otro de la casa— como por la dificultad de convertir en lectura pura todo ese espesor que en él se encierra: años, inviernos, cuerpos, apariciones… Toda obra completa —y más en poesía— es una extraña catástrofe inevitable a la que el poeta convida. Siempre es así.

Aún más intensidad provoca la poesía reunida de Luis Miguel Rabanal. El título, lapidario, ya estremece: ESTE CUENTO SE HA ACABADO. ¿A qué se refiere el poeta con esa palabra —“cuento”— que recuerda a aquel poema memorable de León Felipe? ¿A la propia vida? ¿A la poesía? ¿O ambas son lo mismo? ¿Qué se nos entrega en el libro, entonces? ¿Una obra o una vida? Como quien elige hacer un álbum desde lo reciente a lo encallado, Rabanal va excavando estratos —o sea, libros— en una tarea geológica hasta llegar al magma del origen. Así se desafía ese proceso que se llama ‘evolución poética’. Más bien parece que el poeta empujase el presente hacia el pasado y lo hundiera en una escritura lejana casi 40 años después. Antonio Gamoneda lo acierta a decir así en sus palabras preliminares: “el presente está siempre cesando”. Y así es en esta escritura de escarbamiento, de remonte. El poeta señala con la memoria espacios, lugares, actos. Y antes de nada se señala a sí mismo en una autoinspección donde hay descarnamiento, corrosión, humor, cautela… Yo mismo traté de decirlo así en el propio libro:

“Te tratas de cerca a ti mismo, como quien pide hacer un zoom en una fotografía para que la carne despotricada ya en las imágenes ingrese en otra dimensión. La dimensión que sabe captar el naturalista. Como en los autorretratos de Bacon, como en los animales despellejados de Soutine o en aquel buey de Rembrandt, que debería tener bajo el marco del museo una palangana donde goteara sangre con constancia irregular, tú nos ofreces el sacrificio de un cuerpo que macera, en su extraña sabiduría, al tiempo de otra manera. Nos desvelas de noche a todos hasta una agitación nocturna con las imágenes que nos plantas ahí, en plena cara, para procurar el ejercicio del mandoble. Por ejemplo, un niño interrogado por un afilador (“IN ICTU OCULI”, sin duda). La muerte y sus ruedas —como las de los santos mártires— que echan chispas. Queda el verso flotando y nos vamos alejando deprisa y a propósito de esa conversación de trallazos que no pueden traer más que la disipación de la benevolencia. Nadie quiere aguantar el peso de la verdad. Quien sabe la verdad es, siempre, el poeta. Nos revela dónde se halla pero se apiada y no lo repite. El verbo del poeta es, también, el verbo señalar. Señalar por una vez. Y basta”.

El otro eje que podría sostener buena parte de la poesía de Luis Miguel Rabanal es ‘la carencia’. Toda la poesía en general va hacia ella; persigue, como es sabido, un adelgazamiento en busca de las últimas láminas justas del abecedario: la verdad suficiente. Pero también el comportamiento de este libro retroactivo se aparta de esa costumbre. La progresión, aquí, es ir hacia atrás. ¿Hacia dónde? Hacia los estambres finales de un tiempo seminal. Así podría lograrse salir del tiempo histórico y detenerse por fin en ese otro tiempo sin norma, tiempo primordial —porque fue el primero— en que se plantearon sin saberlo las palabras decisivas sobre las que crecieron todas las otras, que vendrían luego. No en vano algunos títulos de poemas escritos —¡atención!, a finales de los años 70 del siglo XX y que de repente han sido destinados a ocupar las páginas finales de esta poesía reunida— son “Silencio”, “Son los silencios”, “El furgón del recuerdo dijo adiós” o, el último de todos en el libro, “Final de las palabras”. En uno de ellos se lee este verso con voluntad terminal:

“No se hable más que los dioses nos oyen”

Tomemos por el tallo ese verso. Han llovido sobre él casi 40 años y el poeta ha seguido escribiendo encima de él en esa escritura que hemos llamado estratificada. No desplegar la secuencia horizontal del tiempo sino poner un libro encima de otro, una baraja completa —eso dice él— llena de registros y timbres bien distintos pero que nunca se han alejado lo suficiente de aquellas propuestas iniciales, como si frente a la duración el poeta prefiriese la intensidad; a eso me quise referir en las últimas palabras que dejaban el libro servido:

“Dinos a nosotros en qué almacén de intensidad encontraste esa manera de negociar con los nombres como si fueran moluscos que viven arrastrándose hacia el origen y saben descifrar el forro oscuro de los abecedarios. Nombres como Olleir, como Ecrem, con el esfuerzo de sus sílabas a contracorriente, tal como si no quisieran entrar con los demás nombres en los desgastes que el tiempo y el uso desmedido deja en la piel amostazada de todo cuanto sirve para creer en las designaciones.

El habitante inestable de tus poemas nos ha ido hablando de todo eso. Tú lo proclamaste en el lenguaje de las noticias que expiran en sí mismas y no admiten acudir a la prueba del nueve para mostrarlas en el espejo glacial de lo que puede comprobarse:

Existió en las ventanas
un muchacho
que dibujaba la melancolía subido a los árboles en julio

De ese muchacho sin suelo —desolado— aprendí que el gesto súbito de los relámpagos y la maquinaria del cuerpo en el amor tienen que ver también, como la aparición de los recuerdos, con la ley furiosa de la improvisación. Leerte, desde entonces, es salirse del cauce de los actos y tomar el lenguaje por la sílaba que más arde. Y a ver qué pasa. Para volver a saber que hay alguien que vigila las palabras y las cepilla a contracorriente, como se cepillan los trajes de las ceremonias infantiles y el cabello azulado de las mujeres que aún viven contigo en las primeras baldas de la alacena de tu corazón, jamás domesticado”.

© Tomás Sánchez Santiago 2015

Gracias, Eloísa, por el préstamo. http://tamtampress.es/2015/05/07/palabras-al-oido-del-poeta-luis-miguel-rabanal/

Este cuento se portada

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