EL HOMBRE DESPOJADO

Es joven, tiene un cuerpo entrenado en las tareas cotidianas de la vida, en los dulces rituales del deseo. Está desbordado de amor por dos mujeres, su esposa y su madre. Además, tiene una amante, apenas clandestina pues presume de ella con sus amigos, con la que practica el amor libre: la poesía. Tiene un talento brillante, un montón de proyectos e ilusiones, esperanzas, muchas esperanzas. Lo tiene todo, cuando una estúpida caída en el pasillo de casa le rompe. ¿O fue un dios demente quien se ensañó con él, como con los héroes de las tragedias griegas, para arrebatarle cuanto tenía?

¿Se atreverá el poeta algún día a escribir cómo fue su estancia, su doloroso trayecto por el vasto territorio del infierno? Quién, que no sea él, podría imaginar siquiera el sufrimiento de sus noches, el despojamiento en vida de su cuerpo joven, el humillante sometimiento al cuerpo nuevo que no reconoce, Prometeo encadenado a un cuerpo inerte que es su tortura. Quién podría asomarse a la desgarradora ruptura del que fue, el que escogió y se llevó a la boca los mejores frutos del huerto, y el que es ahora, el hombre que le odia porque gozó los placeres de la vida de forma casi inconsciente, dejando al recién llegado sin nada, sólo con un tibio rencor. Tal vez un día, quién puede saberlo si él no se decide a contarlo, tuvo la percepción de que su joven cuerpo, instrumento del amor y sus delicias, se alejaba de sí, de que se le escapaba hasta dejarle abandonado en un terreno de nadie, lejos del tacto de la carne amada, de las caricias de su madre, de su hijo. Todo perdido. Todo no, para su mayor tortura le quedó el cerebro, perfectamente engrasado y a punto, aislado como un brillo de la desgastada patena de la iglesia, un punto de luz sobre la torre esquelética de un faro alumbrando la inmensidad del mar, donde resonaban en las noches interminables los ecos implacables de la memoria.

“Aléjate de mí, execrable / memoria, muchacho sin figura”

LA POESÍA SALVADORA

Y entonces, como en los cuentos milagreros que nadie cree, pero que alguna vez suceden para salvarnos en los momentos de mayor desolación, su amante juvenil le dio la mano y le condujo volando a Riello, el protector territorio de su infancia, a reencontrarse con la vida en su intacto esplendor. Quien conozca la poesía de Luis Miguel Rabanal no dudará ya nunca del milagro de las palabras.

Después de Mortajas, el libro más estremecedor del s. XX, en el que Rabanal expone su poética de la desesperación con una sutil frialdad fúnebre que traspasa al lector y le deja congelada la entraña, cabe preguntarse si ¿el libro de su infierno sería necesario? Probablemente no, porque es difícil alcanzar cotas más altas en el dolor humano y la excelencia poética de Mortajas, cuya desnuda verdad nos enfrenta al lado pavoroso de nuestra propia miseria y desvalimiento. Sin embargo, en mi humilde opinión, lo que está claro es que sería un libro único y sanador.

Elvira Daudet

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Mortajas escan

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7 comentarios en “Carta de Elvira Daudet

  1. La inteligencia de Elvira atraviesa los cuerpos del dolor. La poesía es también la claridad de saberse a dos, aún en la lejanía.

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