HABRÍA QUE INVENTARLO otra vez,
el tiempo.
Escribirlo de golpe
en las paredes derribadas
del cariño,
infinitamente odiarlo pues se fue
sin nosotros.
Deberíamos partirle el corazón,
llorar su orgullo con recelo
para siempre.
Nos engañó el cobarde,
olvidaba las promesas que juramos
y las esparció al viento
helado de febrero,
lejos de Olleir.
Ahora quién nos abrirá la casa
cuando la melancolía,
también ella, no pueda
recordarnos.

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