1

Secretas palabras para no tener la obligación de identificar al culpable. Mi despropósito: conocer el sitio donde estuvo, recordar la mágica tragedia y devolver la cena sin contemplaciones. A fuerza de costumbres uno se enfurece, inventa los insultos más desapacibles y otra vez a comenzar de nuevo.
-Uno se desprecia.
Algún día, aún, las visiones de entonces quieren reproducir el ambiente de temor y sueño, de enfermedad y asco, que me asediaba. Basta con eso, hacer como que me iba, pero de dónde. Un lugar que nadie conoció o, mejor dicho, que nadie quiso reconocer, el olor de las camas o era el de la herida. Los juguetes pequeños de Memé, las batallas reproducidas en los ojos de par en par abiertos a lo que alguien rumiaba muy cerca de mí, la falsedad o no tanto.
Y ahora, mirando cómo se van completando los renglones de esta pantalla, casi temblando por enésima vez de miedo. Afuera hay sol. Las siete de la tarde y la playa, es probable, repleta de niños y mujeres, del mirón que se ofrece y de la muchacha triste por sus caderas grandes.

2

Te asoma la desesperación o algo similar por encima de las manos, en ese espacio muerto de las manos que no tienes, atribulado y necio, desde hace más de un lustro, qué cosas. Será el azar o más bien su falta de contemplaciones en el preciso minuto del desastre. Te ves mejor así, malgastando el tiempo en dictar tonterías como si de esta guisa te fuera a ser más fácil partir tu vida en dos. Alguien vigila denodadamente desde el mirador de aquella memoria inusual, por decrépita, alguien que conoces y que abrió un pasadizo en tu carne un día de septiembre.

3

Ahora toca adivinar qué circunloquios y disparates habitan su mundo. Precisamente hoy un pequeño conflicto con la úvula le lleva de la mano a los días perversos de hospital, la úvula inflamada entonces de forma exagerada y de extraña manera y lo que conllevó. A saber, una vez más, aquel hombre imprevisto mitad sueño mitad ogro, y las secuelas físicas que aún soporta. Pues bien, hoy no es nada terrible, según dijo la médico.
Nada tiene que ver y todo es menoscabado, llegan a sus ojos imágenes descarnadas y precisas que en un tiempo significaron inmenso pavor y soledad. Se le ve allí encogido sin siquiera poder encogerse, con calor, el calor de los encamados y de los que no se les baja la fiebre por mucha basura que les den. No aciertan todavía sus palabras a decir los lugares comunes que no holló, no por otro motivo que el de no haber estado allí jamás. Le parece.

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2 comentarios en “La fiebre oscura

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