En el nombre del padre y del hijo y del espíritu santo, amén Jesús. Con estas palabras tan pintorescas principiaba y concluía su trabajo la muchacha aprendiz recién llegada de Toledo. En desahogos posteriores reveló que le daban igual festivos que laborables, pascuas que noches bárbaras y buenas, para ella cualquier día era el día señalado para que un ser divino y netamente superior le conminara desde el fondo de los auriculares Samsung: María Hermita, atienda, póngase allí o póngase aquí, ahora de espaldas, más deprisa, haga como que ríe, muévase un poquito a la derecha, no se agache, abra la ventana, no conteste a sus preguntas, no, así no, salga ya pitando. Su sumisión, su prontitud, su buen hacer en suma, no parecían tener límites abarcables, o es lo que imaginábamos nosotros, los multiplicadores irreflexivos de su esfuerzo cuando nos acercábamos de puntillas al local para espiar su honradez y las cláusulas de su contrato menos convenientes, claro, después de ciertas horas. Aquel rostro enrojecido, aquellas manos enguantadas haciéndose cruces también detrás de cada apuro, aquel cuerpo estragado por jabonaduras y salmos inequívocos, aquel corazón tan conmovible y todo lo demás, sobremanera todo lo demás, nos iba descubriendo noche a noche bajo su bata azul incómodos pecados adorables.

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