1
Pues no señor, por avería extraña en la consulta tampoco en esta ocasión pude salir de casa y conocer las obras del portal, ni siquiera eso. Queda pendiente la tortura para más adelante, y de nuevo la tensión de la visita.
Las últimas llamadas al hospital, el oír hablar de enfermeras tiernas y de célebres médicos, toda esta parafernalia estúpida, me vuelve a colocar en la órbita desesperada de aquellos días y de aquellas noches. Los artilugios tecnológicos de seguimiento y su corte acompañante, dispuestos a pasar por encima de quien más ajeno estaba a su desaliño, seguirá con su tos, seguramente, precisará de su metadona.

2
La lluvia, después de unos días de bastante calor, se asoma con cautela a su ventana y le dice sin decirlo que aguante un poco más, que se esté quieto y que, sobre todo, por dios, no tosa. Tanta delicadeza le extraña y le roza el júbilo la mejilla, comienza a repetirse y de pronto, casi a regañadientes, le crece la nariz.
Muy lejos de aquí alguien se repone, acaba de llegar a su casa después de una semana en el hospital y viene de comprar yogures y le cuenta al teléfono con su voz cansada que está bien, que no te preocupes.

La lluvia sigue igual, ellos no han llegado todavía, oscurece a unas horas tempranas, hasta habrá tormenta.

3
Corre el rumor de que está cansado. Se dice de él que su crisis le afecta no solamente a los órganos visibles, sino, lo que es muchísimo peor, a lo que apenas si se intuye. Se le ve mortecino, tembloroso y nada sutil. Al atardecer se aburre contemplando frente a él el vacío. Cada vez sabe más del silencio y de sus múltiples rostros, apenas si habla estos días al muchacho. En algún sitio ha escuchado palabras. O no, las ha leído. En algún sitio se detuvo más de la cuenta y paga ahora su crédito como el atolondrado que mira a un lado y otro hasta que se topa con el tren fantasma de las seis y lo arrolla y se sonríe. Es una lástima.
Por las noches se corrompe. Es decir, el musgo cubre sus cabellos con lentitud, las piedras rodean su cuerpo extendido y el mirlo picotea en sus ojos. A veces se extravía por esos lugares donde escribió los poemas más lúgubres y habla con ellos como si conociera la exacta latitud donde vivió para nombrarlos. Es el poeta, el que se murió sin saberlo una vez.
Pamplinas.

Hay quien habla de él como si ya se hubiera ido y lo que ocurre es que tiene ganas de marcharse, sólo eso, y se estremece.

 

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