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LAS INHALACIONES POÉTICAS DE LUIS MIGUEL RABANAL: UN RESPIRO ESTÉTICO EN LA ÚLTIMA POESÍA ESPAÑOLA

Luis Miguel Rabanal (1957) ha escrito varios libros de poesía y lleva unos cuantos premios a su haber. Ha llamado, ahora último, la atención de Amargord Ediciones, editorial puntera en cuanto a calidad y por su valiente apuesta hacia el riesgo, y ante la adormilada y cómoda poesía española actual.

Creo que los sutiles reconocimientos, el hecho de vivir fuera de las poderosas metrópolis editoriales, han ocultado a una de las más interesantes voces de su generación, manteniendo a este prolífico autor en la penumbra, esperando que de una vez por todas la luz lo enfoque.

Esta luz va dirigida a su nuevo libro, Tres inhalaciones, compuesto por 3 capítulos disímiles que dialogan en torno al significante de la falta.

Las luces largas

“¡Adónde huyes, puto asesino!”, pareciera gritar el lector ante la cruda evidencia de una tragedia, en donde las sombras, los árboles, la penumbra, terrenos solitarios y los pensamientos —si es que en realidad piensan— se dan cita en el horror y en el escape. Víctima y victimario se entrecruzan, se estorban, cambian de rubro, intercambian hálitos, hábitos, inhalaciones: una carrera o carretera desesperada que se alitera en una sintaxis trunca, llena de baches, de espesura, de encabalgamientos torpes, como la de quien huye.

Decíamos que estos textos están definidos por una huida y una falta:

Doblas tu vida como
se resarce uno de
derrumbes, a veces
preguntas quién es el
que faltaba. El que ya
no abre más la puerta. (pag.13)

Precisamente esa carencia es la que creemos evidenciar a los largo de estas páginas, que mutan, estorban y cambian de capítulo y renuevan su sintaxis en vista de producir lo que quiero llamar desconcierto. O mejor dicho, ruptura, desafinación.

En todos estos textos encontramos la experiencia de lo arduo y de lo árido, en la medida que se debe “Sucumbir a lo otro, / en el deseo de correr / insinuarse protegidos”. En narrativa se le llama “corriente de la conciencia” al flujo y reflujo de pensamientos y emociones de un sujeto literario y en este caso poético, que no esgrime la gramaticalidad y la formalidad propia de narrar un hecho, ni quiera contarlo. Encabalgamientos soeces que sólo pueden comprimirse en el formato de un lente o un espejo de coche abandonado en una zanja del camino. Esta es la escritura fragmentaria del dolor, el asesinato, y la fuga.

Dice J. Baudrillard en, “El crimen perfecto”:

La ilusión radical es la del crimen original, por el cual el mundo es alterado desde el inicio, jamás idéntico a sí mismo, jamás real. El mundo sólo existe gracias a esta ilusión definitiva que es la del juego de las apariencias, el lugar mismo de la desaparición incesante de cualquier significación y de cualquier finalidad. No sólo metafísica: también en el orden físico, desde el origen, sea el que sea, el mundo aparece y desaparece perpetuamente.

Esta cita se nos hace productiva y esclarece aún más lo que creemos entender de la fuga de este capítulo que proporciona la ilusión —poética— de un lugar de desaparición, de un orden físico de desaparición y cómo esta ilusión cambia de cuerpo, de sujetos, de personajes, para esbozar una lejana idea de la culpa.

Pequeña galería de poetas sin reloj

En este segundo capítulo se nos propone una selección de ciertas lecturas que, creemos, fueron constitutivas pata la conformación de la subjetividad poética y lectora de nuestro autor. Dice Harold Bloom, en su Angustia de las Influencias, que los poetas leen a los poetas y que generan una relación admiración/superación que en síntesis conforma la identidad poética de quien escribe.

En ese orden, este capítulo hace suya la tradición de autores dispares como Efraín Huerta, Rosa Chacel, Jaime Gil de Biedma, Anna Ajmátova, Philippe Soupault, Pablo Neruda, Unica Zürn, Victoriano Crémer, Auden, etc. que conforman un mosaico tanto como una propuesta expositiva y didáctica en cuanto ofrece señas al lector de los rumbos poéticos por los cuales se mueve esta escritura, que se torna, en este aspecto, clásica y elegíaca. Sorprende la intensidad lírica de algunos versos, oraciones o sintagmas que descolocan al lector ante el antecedente narrativo y árido del primer capítulo. Hablo de belleza.

Pareciera que quien nos propone estos textos parte de la base de desencanto y la sorpresa: “No es un fuego que trastorna la desidia / y traspasa nuestra carne con cicatrices ramplonas. / No es el principio ni el final que nos sueña / con asco, sucede en las casas menos polvorientas / cuando nadie ha venido a dormir junto a ti / sin más argumentos que apuntarse / en la mano estigmas, lunares. / Lo mismo, lo mismo que el dolor”.

Los títulos de estos poemas se estructuran al modo de una ventana periodística. Sujeto, verbo, predicado: como si se tratasen, casi, de un titular de páginas sociales. Ello da cuenta de la ironía y el sarcasmo que el autor atribuye a su particular arte poética, a menudo antecediendo los primeros versos con la fórmula ”Los poetas…”. Con ello creemos descubrir, nuevamente, lo arduo del trabajo y del oficio que nos concierne, y desde luego, también esa precariedad y esa inmovilidad.

Un poema de amor

O de Odio. O de inquina. O de placer exorbitado. O de relación sadomaso. Morir para vivir. Machacar para gozar. Todo ello y más encontramos en este largo, abrupto y entrecortado poema de amor, donde las voces se superponen, como si se escuchara un diálogo a través de un muro sobre una pareja de vecinos imposibles y misteriosos. Un gran poema erótico, en nuestra lectura, que nos imaginamos recitado en un corro performático. Sus susurros. Sus increpaciones. Sus renuncios y propias inhalaciones.

El anacoluto retórico se transforma en aliteración para exponer este murmullo entrecortado, este balbuceo a contratiempo donde “puta asquerosa” se entrelaza distancia a distancia con “zorra endemoniada verás cuando te coja / si no te saco los ojos,” y se vuelve a encadenar con frases como “el cuerpo saciado el cuerpo que sorbe / la luz la promesa los mismos anhelos”, o en “con un tiempo más fértil / en disculpas más dulce que nuestro candor / al sonreír abrazados como las pequeñas”.

Esa dialéctica amor-odio, placer-daño, hace que estos textos no sean escritos sino que suspirados al oído respectivo, en una intrincada felación o follada de los mil demonios.

Se trata de un libro que produce ronchas en el sentido que juega con la expectativa lectora, seduce y desencanta al lector, ante la evidencia de la genialidad de un sujeto, culto, leído, y que no lo da fácil, no lo entrega todo en bandeja, cosa que para nosotros los lectores voyeur de toda la vida, agradecemos.

PEDRO MONTEALEGRE

 

 

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4 comentarios en “Tres inhalaciones y Pedro Montealegre

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