EL POETA DE OMAÑA

CUERPO A TIERRA / Antonio Manilla

Acostado entre dos arroyos, el Ceide y el Ariego, está Riello. Reflejado en el espejo de la literatura, gracias a su poeta, Riello es Olleir para los siglos: un lugar rodeado de montes mágicos en los cuales en lugar de arándanos uno puede toparse con el espíritu azul y desenamorado de adolescentes eternas que responden al nombre de Obdulia o con la memoria buscando sus disfraces entre ramos de urces y moras, pistolas de hojalata, vestigios de la aventura de haber sido niño en un perenne junio iluminado por el verde perfume de los acebos.

A Luis Miguel Rabanal, el poeta que leíamos a los dieciocho junto a Rimbaud y a Lautréamont, al que comparábamos sin desmerecer con René Char, hijo rubio de Omaña, le amaneció un día nefasto, unos de esos días de soles derrumbados, que lo postró a los pies de su interior. Crecieron llamas en los árboles, carne de tristeza, grietas más profundas. Todos somos, por decirlo con palabras de Umberto Saba, un “hombre junto a un límite”. Sin querer abocado al dolor, contemplando cómo se va la vida, el poeta omañés, arropado por su familia, no permitió que el límite fuera el hombre ni que la renuncia hiciera nido entre sus labios hasta apagarlos. Su poesía, con el tiempo, se ahondó en gravedad pero no se ahogó en amargura: vaharadas de ironía y ternura venían a aromar desde esa orilla lejana de la memoria los estrechos márgenes de la compostura. Como cortados con la vara de medir adioses, sus poemas asumieron “ese desdén de grajos” que es la vida pero a la vez aprendieron la esencial lección, tal vez la más importante que existe, de salvar a quien se ama.

Ahora Rabanal presenta nuevo libro. Después de A la que falta, un enfebrecido y salvífico canto a la memoria de la madre fallecida, repleto de palabras escritas con vértigo y caminos vacíos, aparece en Amargord Tres inhalaciones. Conversaciones con la muerte, gestos en el filo, nostalgias de finales conforman un poemario compuesto bajo el frenesí que proponía Cioran: “que tus palabras quemen y que tus expresiones sean tan nítidas que se parezcan a la ardiente transparencia de las lágrimas”. Luis Miguel me dice que puede ser su último libro, que hace tiempo que no escribe versos. Él sabe mejor que yo que no es cierto: simplemente no se puede conjurar aquello que nos es dado.

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