V

Algo habita
en este bar cobrizo
con combustión de queroseno.
Actúa
una especie de ansia saturada
que retuerce
las fibras de mis músculos
y me hace llorar.
Franqueo la puerta,
miro –sin querer ver– al interior,
sacudo la nieve de mis solapas
y al tomar el vaso
lo presiento.
Comienza
como un vacío sentimental,
un resorte de humana
codicia
que se va ulcerando
hasta crisparse
en la boca del estómago
transmitiendo
sus ramificaciones
hacia el corazón.
Después llega la náusea
contenida
y las lágrimas
que derriten el entorno.
Intento disimular.
Pero me han visto
y comenta mi aspecto
de animal asustado,
la soledad o desolación
de mis ojos.
Vigilo la calle
como cuando te esperaba.
No sé
qué va a ser de mí.

.

XIX

Superpongo
la vista
al tejido de esta oquedad sin ti
y veo
mi propia hipnosis: las constelaciones
que fuimos dejando
atrás,
recién lavadas por la borrasca,
chorreantes
y aromáticas
como yeso mojado.
Pero eso ya nada importa.
Es medianoche.
Me bloquea aquel ardor
de tu pulso
cuando froto con asfixia
la tensión de las manos
y se despuebla mi voluntad
con ritmo aleatorio.
Destapo entonces las muñecas
y adivino
esos potenciales cortes
paralelos, su viscosa
dentera, la sutura
que tal vez los reseque
o la cuchilla
en cámara lenta
rebotando contra los mosaicos.
«Rigel
está a 1300 años-luz
de nosotros
y es de color añil»
te diré
sin que tú me escuches
mientras muero.

.
Luis Ángel Lobato, “Dónde estabas el día del fin del mundo”, Cálamo/Poesía, Palencia 2014

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