II

No tuve miedo de la lechuza blanca.

Desde el columpio de la higuera,
lancé mi corazón hacia la noche.

Jugué con las navajas de afeitar
y acaricié la barba blanca de mi abuelo,
blanca como la espuma de los mares calcáreos
y su voz bronca como el estruendo de las olas.

Me regaló sus libros, su reloj
y una radio,
cuando no quiso vivir más.

Aún lo recuerdo
y recuerdo su amputación envenenada.

.
Emilio Amor, “Territorio perdido”, Heracles y nosotros, n.º 11, Gijón 2014

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