Donde el dolor guarece su breve música
como un lamento que se dice al pasar la noche.
Muchachas abrazándose a sus libros
para proteger del amor mejor sus pechos,
o sombras reunidas en el callejón oscuro
en el que vive la ciudad el sueño tan mezquino.
Allí encontró la ventura de hallar
un cuerpo en todo al suyo semejante,
con catorce granos en la cara
y el callado perfume que llevarse a la boca
para morir por ella en un descuido
en la última fila del Condado, o en el paseo
sin los grises guardias que miraran.
Y terminó un día el estío con tormenta,
y él no estaba más besándole en los ojos
a la espera del clamor, una forma triste
de acabar con el amor verdaderamente eterno.
Calles dormidas aún que regaban los hombres
disfrazados, y poemas celebrando los muslos
muy abiertos y la frialdad de las putas.
Nadie vio alejarse su cuerpo empapado,
sin norte y sin sus besos que eran el cariño
que dio, mas lo retuvo un instante tan corto,
una loca noche y disfrutada sin nada querer.
A veces la recuerda y se sonríe.

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4 comentarios en “Saludos para A. M.

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