1

Me rechinan los dientes
en este mundo de vísperas de nada, horas calientes como el musgo
con que cubríamos las fosas de los que no tenían derecho a la oración,
horas terribles como las nubes pasajeras que llenaban de sueños el hambre de los niños
arracimados en las escombreras, cerrojos y postigos que nadie podía ver pero se olían
como las bubas que les crecían a los viejos aunque disimularan. A qué otra cosa se asemeja
este azul pútrido que me tuerce los huesos desde que llamo a Dios
porque solo él queda por salir de la casa en que molieron mis reservas
de odio y de esperanza, de suavidad y frío. Hay una calma que no es más
que un reflejo abismal de la fatiga, un asco que se bebe hacia dentro,
la encarnación de lo que ya se ha ido. Sí, creías que el intérprete
de esta pasión era el misterio, pero la ingenuidad se corrige tan pronto
como lavan tu carne con esputos y vergüenzas ajenas. En ese refectorio
donde soñaste ser un santo, comenzaron las obras del demonio, el mismo pan migado
te lo darían después para dejarte insanamente vivo. Ríete tú de la fealdad ahora
y de los ejercicios espirituales que acababan a golpes. La mano ha perfilado su lascivia
para dejar sin una huella las heridas peores y el cosquilleo del aire
puede rasgar tu médula.
Después de tanta noche llevando en las alforjas solamente preguntas,
la soledad fulgura cuando llegan los otros, y adivino en mis manos la intermitencia horrible
del placer y del duelo, siento como si fuera de otro
el corazón muy triste, y alguna compasión por los que quedan.

2

Tus días son demasiados largos para que no haya una palabra que te mutile un poco
y una palabra más que te camufle entre los sanos. La absolución de las monsergas y la paz
como de ratas que te carcomen los tobillos sin que tú te des cuenta hasta que abres la cama
y lo que encuentras es una tempestad sin escollera y las palabras de tu madre caen a plomo,
hijo, hijo mío, pero no puedes evitar no perdonarte.
Ahora te duele más esa esperanza que te acosa en las pupilas de los hijos de otros,
a pesar de que intentas disimular con tu cojera que ya tienes el corazón perdido.
Te agotas pero sabes que no queda ya más último esfuerzo, y que seguir es bello y es humano, y miserable.
La risa tan pesada que te parte los dientes al almuerzo, o una amabilidad que narcotiza tu cansancio,
la ingenuidad de quienes te señalan y algo mucho peor:
la inmaculada alevosía de los que te desean una felicidad que no te puedes permitir.
No es la nostalgia ya, es lo desnudo que uno queda
cuando no existe una mentira que haga un poco de bálsamo. La oyes,
es la voz de tu madre en el teléfono, en el hastío de las conversaciones facilonas,
en la indefensa voz con que resuelves la sucesión interminable de las horas absurdas,
la inservible exigencia de ser alguien.
A carcajadas ya no podrías lamentarlo. No hay un interrogante que admirar, aunque recuerdes
las largas horas meditando las gárgolas del viejo seminario.
En la ventana abierta el gris está llamándote.

.

Salvador Negro
De su poemario inédito “Manual para suicidas”.

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4 comentarios en “Dos poemas inéditos de Salvador Negro

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