A la que falta portada
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El sobrio, aquel que ensuciaba cuartillas con enajenadas palabras, ha desmenuzado repentinamente el mercurio del espejo y se refriega con camomila y cautela el fondo espectacular de los ojos. Alguna vez se llenó de quemaduras y se tiró a la calle y se borró la cara, pero ya no quiere escribirlo porque cuando la serenidad se transforma en el adolescente de otro tiempo que ríe a carcajadas él se consume de amor. Comienza a dar su fruto la excusa.

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En su rostro deshecho por el olvido y el barro los resentimientos se apuran y bromea el insulso. Porfía la bondad en distraer con malicia las manos atadas y acaecen tristezas, se cuelgan de tu garganta el corazón y las perlas del vil. Caminos sin ti, caminos vacíos que alguien transita desde el espesor pero que casi nadie percibe. Pájaros negros y blancos aguardan que la salud o la fortuna o la nieve retornen. Ya no miro en tus ojos esa distancia subrepticia, ruin e insalvable.

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Si quieres leer más, aquí. Gracias, Alfonso.

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