1

¿Qué habrá sido del más dulce y tierno escuchador? ¿Cuáles serán hoy sus palabras duraderas y exactas? ¿Se habrá calmado ya su odio o aún soy yo, o mejor dicho, mi ruindad, el atento inventor de su desgracia? ¿O será él el sustancioso manipulador de la mía?
Todavía lo veo pasar, en ocasiones, por aquel pasillo maloliente de Ducados, cercana ya la madrugada, con su rigor y su ropa avejentada. Lo veo y no lo veo, puesto que nunca lo vi a no ser en el oído y en el olfato. Me digo que no es posible todo esto, que a estas alturas no puede ser posible. Pero me da igual. Precisamente a estas alturas del cuento no me importa en absoluto. Perder el tiempo aquí, con la voz a duras penas entre la garganta maltrecha y la desconsideración hacia los otros, debería comportar algún tipo de tratamiento: pastillas para el mareo de la memoria producido por el vaivén de los acontecimientos, de las cosas terminadas e inolvidables, de las horas más tristes. Como en la radio: si me escucha, un fuerte abrazo, no demasiado letal a ser posible.
El hospital en calma, las sucesivas habitaciones por las que no pasé con sus tres camas repletas de muchas historias y de mucho dolor…

2

Cara a cara con la vida, como queriendo manifestarse ante ella de un modo diferente, explicando su postura incómoda y muy poco efusiva en el momento intermitente del cariño, cara a cara con la vida, dice, estrujando su carne desde el amanecer hasta la noche porque si no tendría que ser otro el que hurgase en su entraña como un advenedizo. Cara a cara, bien es cierto, y así transcurre el tiempo en el eje desordenado de esta hora que se esfuma, que se evade como él, que rompe cualquier rutina con su ausencia de ruido y de catástrofes. Mañana será el día menos pensado y habrá sido suficiente con saber que no sabe lo suficiente para poder vivir con esa duda.

3

Esas palabras apenas misteriosas que se confiesan a un desconocido en la noche más terrible y por eso mismo la menos lúcida. Da pena ahora volver sobre ellas, aclimatar su áspera melodía o su torpe sinsentido a otras palabras que duran aún en la memoria de aquel bar. Lo dices merodeando el bostezo, como si alguien todavía vigilase tus actos a la hora menos imprudente de los afectos. Escribes el pudor a cuentagotas, viajas con ímpetu a la calcinada tierra de la infancia pero allí no vive ya nadie, son renglones que se alargan a la izquierda de nada igual que un gemido de dolor, de los de antes.
Así tendrían que ser las adivinanzas, los adverbios de modo, las mujeres de espuma que pueblan los sueños de los gigantes. Tú no hagas caso, déjalo estar, que te ningunee si así lo desea. El muy bárbaro.

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2 comentarios en “Sin cafeína

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