SU PROPIA SOLEDAD era el horror.
Se entrometía en los sermones
como un ladrón de trapo que revuelve
en lo que fue sólo la intriga y el cierzo
que lo helaba.
Malditos agoreros de su edad.
Nos debía casi la vida y lo vemos hoy
pasear la vejez de su mano,
el niño y su mortaja.
El poema vino después, cuando ocurre
el desastre de no pertenecer
a lugar alguno,
como los vencejos de abril.
Cayó del aire y respiraba todavía,
se lo llevaron a un sitio lúgubre
que llaman Las Casetas.
O no recuerdo bien.

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