EL VERDADERO ENOJO discurría
en aquellos árboles terribles
donde un hombre colgaba sin edad,
como nosotros.
Hubo una ocasión de emboscados acechando
el peligro, y apenas sus dedos aferraban
la ternura todo fue estrecho,
erróneamente numerable.
Un día volvió para contar la sombra
del roble que cobijó tanta soledad
y era muy tarde,
y era muy niño quien contaba el gesto
amoratado, ya sin gloria para siempre,
del Terroso.
Jamás el bosque conciliará las brumas
y el musgo de aquel cuerpo que jugó
con los soldados
a ser nuestro pasado cruel que miras,
con desprecio y desgana.

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