Presentación a la que falta
Cortesía de Manuel Acebal

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Texto de Félix Fernández

Buenas tardes Aunque este acto consiste en la presentación de un libro de poesía, me van a permitir que dedique las primeras palabras a recordar que su autor está en este preciso instante pendiente de este lugar, de este momento, de estas palabras que él no oye, de estos rostros que no ve. En ausencia, en la ausencia más presencial que se puede concebir, él asiste a esta presentación. Yo tampoco lo veo a él, aunque ciertamente lo presiento. No lo he vuelto a ver desde otra tarde como ésta, en este mismo salón, ocupando un espacio de primera fila ¿Te acuerdas, Luis Miguel? ¿Te acuerdas? Hoy, como entonces, vuelvo a tener la suerte, la inmensa suerte de que este poeta, tan vuestro, me haya llamado una vez más, para decirme que presente su libro en Riello. Yo sé que en el fondo él alberga la esperanza de que alguna vez, a base de insistir, yo aprenda a presentar libros como dios manda. Siempre en Riello, en Olleir; en el paraíso, como él lo llama. En ese paraíso que me atrapó, también a mí, de palabra y presencia hace mucho tiempo y que ya es una tierra común. Buena tierra. Buena tierra que reconoce y quiere a los suyos, a todos los suyos. A Luis Miguel también. A él lo ha hecho poeta en su tierra. Y a esta tierra vuelve el poeta hoy, con su aliento derramado en las páginas de un nuevo libro A LA QUE FALTA. Un libro dedicado llanamente a su madre, a Cristina, a su presencia constante en la vida de los suyos; en la del poeta también. No es este libro el primer recuerdo escrito en este sentido. Ya en 2008 Luis Miguel dedicó a la memoria de su madre el poemario CAMINEROS, JÍCARAS, VERDUGOS. Yo diría que esta nueva memoria, que este nuevo recuerdo lo ha vuelto todo más sencillo en las palabras que nos susurra o en las que nos zarandean línea tras línea.

[La vida acaba mal, conforme. Si acostumbrabas a dar vueltas y más vueltas a su alrededor. Si coincidiste con ella en las fiestas de guardar y en las otras, sobremanera en las otras. Si suprimías su nombre advenedizo de las estampas con más colorines para vengarte prematuramente de alguien. Si has llegado incluso tú solo hasta aquí, ya puedes contar con los dedos las páginas apesadumbradas del libro de horas. Y llorar a raudales. Y abrirte las venas con una hoja de lata sin importancia ninguna.]

Dejaré para los críticos y estudiosos que nos hablen de la forma deliberada de la sintaxis de estos poemas, del criterio enriquecedor que contiene su léxico, de los argumentos para la morfología imposible de algunas frases. Dejaré que ellos comenten analogías, sinestesias, la rudeza de tal o cual metáfora, la estética variable de las estructuras simples, y de las complejas. Dejaré que ellos adivinen por qué cálculo ha sido dividido el libro en tres partes y por qué las ha llamado CENIZAS, DAÑOS, DESNEVIOS. Y por qué en ese orden. Yo sólo me dedicaré a ir de uno en otro verso o párrafo, como quien atraviesa una niebla hecha de velos sutiles, una bruma fría y luminosa que a cada soplo cambia la esencia de los hechos. Solo leeré para detenerme en algunas palabras con nombres conocidos, en lugares conocidos que se intuyen más allá de la impersonalidad general. Esa impersonalidad que descubre en el prólogo del libro Ana Martín Puigpelat cuando dice: “Perder a la madre es quedarse al raso y sin abrigo, es sentir cómo la muerte se lleva la parte más certera del alma o el tiempo comienza a caminar de una manera diferente la muerte y sus andanzas”. Y añade: “El poeta Rabanal – vuestro Luis Miguel – ha compuesto un tapiz de una belleza trágica como una luz que se pierde entre el bosque llevándose el último vuelo del aire. Aquí el poema consigue deshacer la niebla”.

[Las casas, o mejor dicho las sombras inofensivas de las casas. En tanto cae la noche y la lluvia corea su fraseo favorito como si de un ritual desdeñable se tratase, vigila las pisadas circunspectas del que llamaban mal el Emigrado. Desde que ella se fue escriben al alimón un nombre en el álbum de los insepultos los niños, se lanzan a la cara cientos de buganvillas como sentido homenaje a los que no podrán regresar. Desde que ella se fue no es igual despedirse que abrirse paso entre la multitud de madrinas que se sonrojan por temor a los nauseabundos bichos del sendero en penumbra. Las sombras, desproporcionadas, eso sí, de las casas.]

Sé que a estas alturas ya debería haber hablado de T.S. Eliot, porque aparece en el libro, pero prefiero el nombre común, más común de los DESNEVIOS, que me vuelve a traer a esta geografía de Omaña, compuesta de palabras, de topónimos, de nombres de seres, de adjetivos que conozco. En este libro, A LA QUE FALTA, Olleir es un espacio apenas intuido, un telón de fondo muy liviano que se diluye tras el tema principal: la madre, la ausencia de la madre, que el poeta conjuga en todas sus formas para que nunca se adueñe totalmente de él, de ese niño que fue, de los años que siguieron, del dolor y de los disfraces que lo componían. Sólo estas razones que quedan dichas bastarían para leer cada texto, todo este libro. Y sin embargo quiero añadir otras palabras, que escribió Ciorán en sus Silogismos de la amargura: “Despojar la literatura de su disfraz, ver su verdadero rostro, es tan peligroso como desposeer a la filosofía de su jerga ¿Las creaciones del espíritu se reducen a la transfiguración de bagatelas?” La respuesta está en este libro. Aquí está el verdadero rostro de la poesía. No hay transfiguración de bagatelas. El recuerdo, el olvido, la vida, la ausencia, el silencio están dichos sencillamente, sin disfraz. Son la forma más poderosa de la literatura.

[MAMBRÚ

Si el dolor era eso,

parajes que la memoria repudia
al final de un pasadizo invisible,
las grietas en las manos
porque llueve
como aquella tarde. Mirabas
y mirabas por última vez
mi rostro.

Si el dolor eran las palabras
escritas con vértigo.
Palabras torturadas que prohíbe
él en su boca por temor
a no pronunciar el deseo
algún día, algún día.

Palabras que improvisaré para ti.

Lo mismo que se lamenta
al presagiar la confidencia
más triste.
Desorientada en mi lecho,
postergando la secreción de las
llagas, la conjura
nos finge importantes.

No debes volver.
Si el dolor fuera eso.]

Esto está terminado. Pero a la manera española que, tras acabar algo, añade varios párrafos con o sin despedida. Yo sólo añadiré uno, de reivindicación de Luis Miguel como poeta, como el poeta para el que siempre solicitaré todos los reconocimientos que tan inmerecidamente se otorgan a otros; reivindico el reconocimiento para Riello, para Olleir, para este paraíso poético situado a espaldas de muchas sorderas oficiales, y oficiosas, pero real y magnífico en todas sus esencias. El paraíso de Luis Miguel. Reivindicación de vosotros, omañeses, público amigo del poeta y atento a su poesía por encima de cualquier convención. Gracias a todos por acudir también a este homenaje tributado A LA QUE FALTA.

(El violín de Javier González Vicente amenizó la velada con piezas de Vivaldi, Tchaikoski, Shostakovich y J.S. Bach)

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2 comentarios en “Presentación en Riello

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