VI

El moribundo está tranquilo.
La calle
ya no tiene apodos.
Parece que su boca no es la mía
y me descubro besuqueando
su cadáver.
Nada que hacer con su desprecio,
es ceniza de tu alma
que ahora te ha llamado
para que le des las gracias.
Por vivir
sin ninguna gana de vivir con nadie,
a solas en su mundo.
Yo le digo que debe conformarse
con parecer un muerto diferente,
un muerto enmarañado.

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